Me detuve en la última para estudiarla. En la imagen aparecía hablando con la hermana de Connor, Elizabeth, en la escalera de entrada. Nora iba de negro y llevaba las mismas gafas de sol que había llevado puestas el día del picnic. Elizabeth Brown también era muy atractiva, aunque se trataba de una rubia californiana; arquitecta, por lo que yo sabía.
Me incliné hacia delante y miré la fotografía de cerca. A primera vista no se veía nada raro. Pero ésa era la cuestión. Percepción frente a realidad. O Nora no tenía nada que ocultar… o había engañado a todo el mundo. A la policía, a los amigos, a Elizabeth Brown… Dios, ¿era capaz de charlar tranquilamente con la hermana del hombre al que había asesinado? ¿Tan persuasiva era Nora? ¿Y tan calculadora? Lo que la hacía tan peligrosa era que no estaba seguro de poder contestar. Ni siquiera ahora.
Sólo sabía una cosa: apenas podía esperar a verla otra vez. Cerré el documento, advirtiéndome a mí mismo que estaba fuera de control. Tenía que hacer algo: me había acercado demasiado a las llamas y el calor empezaba a ser excesivo. Necesitaba alejarme. «Tranquilízate, O’Hara.» Al menos por unos días.
Entonces tuve una idea. Tal vez hubiera encontrado el modo de volver a ordenar mis prioridades. Llamé a Susan de nuevo y le dije lo que pretendía hacer.
– Necesito un par de días libres.
79
El miércoles por la tarde, Nora subió en ascensor hasta el octavo piso del centro psiquiátrico Pine Woods. Bebió un sorbo de agua, se la terminó y tiró la botella vacía a la papelera. Como de costumbre, se dirigió al puesto de enfermeras. Pero aquella tarde no había nadie. Ni Emily, ni Patsy. «Qué nombre tan acertado.» Nadie.
– ¿Hola? -llamó.
No obtuvo más respuesta que el eco de su propia voz. Nora dudó un instante antes de decidirse a continuar por el pasillo. Después de todos esos años, no era necesario que firmara.
– Hola, mamá.
Olivia Sinclair se volvió hacia su hija, que estaba de pie en el umbral de la puerta.
– Hola -respondió con su habitual sonrisa inexpresiva.
Nora le dio un beso en la mejilla y acercó una silla.
– ¿Te encuentras bien?
– Ya sabes que me gusta leer.
– Así es -dijo Nora. Dejó su bolso en el suelo y metió la mano en la bolsa de plástico que había traído. Sacó un ejemplar de la última novela de Patricia Cornwell-. Aquí tienes. Esta vez no me he olvidado.
Olivia Sinclair cogió el libro y, despacio, pasó la palma de su mano por la cubierta. Con el dedo índice, repasó las letras en relieve del título.
– Se te ve mucho mejor, mamá. No sabes cómo me asustaste la última vez.
Nora observó que la mirada de su madre se quedaba fija en la brillante cubierta. Por supuesto, no se daba cuenta de nada. Los muros que había levantado alrededor de su mundo eran demasiado gruesos. Pero este hecho, que normalmente era un motivo de dolor para Nora cada vez que venía de visita, ahora la hacía sentirse aliviada.
Desde el momento en que su madre había sufrido el ataque de epilepsia, le había preocupado ser ella la culpable. Sus lágrimas y emociones, su repentino impulso de confesar sus pecados (algo que no tenía por qué traer consigo a aquella habitación)… todo eso había desencadenado esa reacción. Cuanto más pensaba en ello, más se convencía Nora de que eso era lo que había ocurrido.
Pero ahora ya no. Mirando a su madre, tan lejana y ausente, comprendía que el incidente no había tenido nada que ver con ella. Por extraño que pareciera, la idea de que ella podía haberle causado el ataque de epilepsia había sido un motivo de esperanza.
– Creo que este libro te va a gustar, madre. Kay Scarpetta. Ya me lo dirás el próximo día, ¿vale?
– Ya sabes que me gusta leer.
Nora sonrió. Durante el resto de su visita habló sólo de cosas positivas y entretenidas. De vez en cuando, su madre la miraba, pero la mayor parte del tiempo contemplaba el televisor apagado.
– Bueno, creo que voy a marcharme -dijo Nora al cabo de una hora.
Vio que su madre cogía el vaso que tenía encima de la mesilla de noche. Estaba vacío.
– ¿Quieres un poco de agua? -preguntó Nora. Su madre asintió y ella se levantó para coger la jarra-. Vaya, también está vacía. -Nora se llevó la jarra al cuarto de baño-. Vuelvo enseguida.
Su madre asintió de nuevo.
Entonces esperó. En cuanto oyó el ruido del grifo, Olivia sacó de debajo de la colcha la carta que había escrito. En ella explicaba muchas cosas que había querido decir a su hija desde hacía años, aunque sabía que no podía. Ahora creía que debía contar la verdad a Nora.
Olivia sacó sus pies descalzos de la cama y se abalanzó sobre el bolso abierto de Nora, apretando la carta con fuerza en su mano. La dejó caer dentro. Después de todo ese tiempo, fue tan sencillo como extender un brazo.
80
– ¡Aquí está!
Emily Barrows, sobresaltada, levantó la mirada desde su asiento en el puesto de enfermeras y vio a Nora de pie frente a ella; estaba espléndida, por supuesto, como siempre. No había oído sus pasos al acercarse: estaba demasiado ensimismada en su libro.
– Ah, hola, Nora.
– No la he visto al entrar.
– Lo siento, querida. Debía de estar en el cuarto de baño -dijo Emily-. Esta tarde estoy yo sola.
– ¿Qué ha sido de la otra enfermera, aquella que usted estaba enseñando?
– ¿Te refieres a Patsy? Ha llamado y ha dicho que no se encontraba bien. -Emily señaló con la cabeza el libro que tenía abierto ante sí-. Gracias a Dios, hoy tenemos un día tranquilo.
– ¿Qué está leyendo?
Le mostró la cubierta. La hora de perdonar, de Jeffrey Walker. Nora sonrió.
– Es bueno.
– El mejor.
– Y tampoco es desagradable a la vista, ¿eh?
– Supongo que no, si te gustan los hombres altos y de una belleza salvaje.
Emily miró cómo Nora se reía. Desde luego, no era la mujer tensa y arisca de la última vez. En todo caso, parecía estar de buen humor, mejor de lo que había estado nunca.
– ¿Ha sido agradable la visita a tu madre, Nora? Al menos, eso parece.
– Sí, así es. Sin duda, mejor que la última vez que estuve aquí. -Nora se apartó el pelo detrás de las orejas-. Lo que me recuerda… -dijo-. Quería pedirle disculpas por mi comportamiento del otro día. Estaba muy afectada. Sin embargo, usted se hizo cargo de la situación con gran aplomo. Estuvo estupenda. Gracias, Emily.
– De nada, pero para eso estoy aquí.
– Bueno, pues me alegro de que estuviera aquí ese día. -Nora miró el libro de Emily-. ¿Sabe qué? Cuando Jeffrey Walker publique otro libro, le traeré un ejemplar firmado.
– ¿De veras?
– Claro. Conozco al señor Walker. Trabajé para él.
Emily sonrió radiante.
– Ay, Dios mío, eso me alegraría el día. ¡Y la semana entera!
– Es lo menos que puedo hacer. -Nora le dedicó una cálida sonrisa-. Después de todo, ¿para qué están los amigos?
Aunque sólo fuese una forma de hablar, Emily sabía que era una frase llena de amabilidad. Finalmente, Nora se despidió con la mano y se dirigió al ascensor.
Después de verla apretar el botón de la planta baja, Emily volvió a su novela de Jeffrey Walker. Pero cuando oyó cerrarse las puertas del ascensor, volvió a levantar la vista. Y entonces lo vio: el bolso de Nora estaba en el mostrador.
Emily supuso que se daría cuenta de su descuido antes de llegar a la recepción. De todos modos, llamó a seguridad. Después de colgar, reanudó su lectura. Antes de que pudiera terminar una frase, sus ojos volvieron a ese bolso tan caro y bonito.
Y se dio cuenta de que estaba abierto.
81
Elaine y Alison apenas podían creer lo que oían. No era normal que Nora les hablara de otro hombre… no desde la repentina muerte de Tom, su marido.