Выбрать главу

Pero eso era precisamente lo que su mejor amiga estaba haciendo mientras cenaban aquella noche, arropadas por las paredes de obra vista en The Mercer Kitchen, en el SoHo. De hecho, «hablar» no era la palabra que mejor lo describía. Más bien parloteaba por los codos. Nora no era así.

– Es que bajo aquella fachada tiene una energía increíble, una seguridad tranquila que me encanta. Y aunque tiene los pies en el suelo, es muy especial.

– Uauh. ¿Quién iba a decir que los tipos de los seguros podían ser tan sexies? -bromeó Elaine.

– Yo no, la verdad -dijo Nora-. Pero Craig… en fin, él no debería ser agente de seguros.

– Háblanos de lo más importante: ¿cómo viste? -preguntó Alison, la eterna periodista de moda.

– Lleva trajes bonitos, nada rancios. Le gusta ir con el cuello de la camisa abierto, creo que nunca le he visto con corbata.

– Muy bien, vayamos al grano -dijo Elaine gesticulando con la mano-. ¿Qué tal es tu chico en la cama?

Alison puso los ojos en blanco.

– ¡Elaine!

– ¿Qué? Siempre nos lo contamos todo.

– Sí, pero se acaban de conocer. ¿Cómo sabes siquiera que ya se han acostado?

Alison se volvió hacia Nora con una pícara sonrisa.

– Nos hemos acostado.

Elaine y Alison se inclinaron hacia delante apoyándose en los codos.

– ¿Y? -preguntaron las dos al mismo tiempo.

Nora, qué dominaba por completo la situación, bebió tranquilamente un sorbo de su Cosmopolitan.

– No estuvo mal… No, estoy bromeando: fue increíble.

Las tres se pusieron a reír como adolescentes.

– ¡Qué envidia! -dijo Elaine.

De repente, Nora se puso un poco seria, sorprendiéndose incluso a sí misma.

– Cuando estoy con él nunca me siento sola. Hacía mucho tiempo que no me sentía así. Creo… creo que somos muy parecidos.

Elaine miró a Alison.

– Tal vez hemos buscado en el lugar equivocado. En una ciudad con un millón de hombres solteros, ella encuentra al señor Increíble en provincias.

– Lo que no nos has dicho todavía es qué estabas haciendo ahí -preguntó Alison.

– Tengo un cliente en Briarcliff Manor -dijo Nora-. Yo estaba en un anticuario de Chappaqua y ahí estaba él, buscando viejas cañas de pescar. Las colecciona.

– Y el resto es historia -dijo Alison.

– Le echó el cebo allí mismo -añadió Elaine-. Lo repito: ¡qué envidia!

En realidad no sentía envidia, y Nora lo sabía. Lo único que sentía Elaine era felicidad, pues su amiga, que al parecer era incapaz de seguir adelante con su vida, había conocido a alguien. Y Alison estaba igual de contenta por Nora.

– ¿Y cuándo conoceremos al tal Craig? -preguntó.

– Eso -dijo Elaine-. ¿Cuándo podremos conocer al señor Increíble?

82

Cuando Nora regresó a su apartamento después de cenar, sólo podía pensar en una cosa: en Craig. Con toda esa cháchara sobre su vida sexual, le habían entrado ganas de estar con él. Pero tendría que conformarse con oír su voz. Después de ponerse el pijama, se metió en la cama y marcó su número. Sonó cinco veces antes de que contestara.

– ¿Te he despertado?

– Qué va -dijo él-. Estaba leyendo en la otra habitación.

– ¿Algo bueno?

– Por desgracia, no. Cosas del trabajo.

– Suena aburrido.

– Lo es. Razón de más para alegrarme de tu llamada.

– ¿Me has echado de menos?

– Más de lo que crees.

– Lo mismo digo -contestó-. Ojalá estuviera allí contigo. Me da la sensación de que no estarías leyendo.

– Ah, ¿no? ¿Y qué estaría haciendo?

– Me estarías abrazando.

– ¿Nada más?

Nora respiró hondo.

– Y me estarías besando.

– ¿Besándote dónde?

– En los labios.

– ¿Suave o fuerte?

– Primero suave y luego fuerte.

– ¿Dónde tendría las manos? -preguntó, él.

– En distintos sitios, todos ellos interesantes.

– ¿Dónde, exactamente?

– En mis pechos. Para empezar.

– Mmm. Un buen comienzo, por lo que recuerdo. ¿Dónde más?

– En el interior de mis muslos.

– Oh, eso me gusta.

– Espera, se están deslizando hacia arriba. Despacio. Te estás excitando.

– Eso aún me gusta más.

Nora se mordió el labio inferior.

– La verdad es que a mí también.

– ¿Puedes sentirme? -susurró él.

– Sí.

– ¿Estoy dentro de ti?

¡Clic!

– ¿Qué es eso? -preguntó Craig.

– Mierda, me llaman por la otra línea.

– No hagas caso.

Nora miró su identificador de llamadas.

– No puedo, es una amiga mía.

– Ahora estamos hablando -dijo él entre risas.

– Muy gracioso. Espera un segundo, ¿vale? Acabo de cenar con ella y si no contesto se preocupará. -Descolgó la otra línea-. ¿Elaine?

– Todavía no estabas durmiendo, ¿verdad? -preguntó.

– No, estaba más que despierta.

– Oye, parece que te hayas quedado sin aliento.

– Estaba en la otra línea.

– No me lo digas… ¿Craig?

– Sí.

– Y yo he llamado justo a la mitad, ¿no es así?

– No pasa nada.

– Telecoitus interruptus. Lo siento.

– No te preocupes.

– Sólo quería repetirte lo contenta que estoy por ti, cariño. Ahora vuelve a lo que sea que estuvierais haciendo.

– Creo que es lo que haré.

– ¡Qué envidiaaaa!

Clic.

– ¿Sigues ahí? -preguntó Nora.

– Sigo aquí -dijo él.

– ¿Dónde estábamos?

– Habíamos llegado a tal punto que definitivamente no podré dormir esta noche.

– Yo tampoco. Mañana pasaré a verte y lo haremos de verdad.

Nora esperó a que él dijera algo. En lugar de eso, se hizo el silencio. ¿Qué estaría pensando?

– Mañana no puedo -dijo al fin.

– ¿Por qué no?

– Tengo que ocuparme de cierto asunto en la oficina central de Chicago. En realidad, por eso estaba leyendo a estas horas.

– ¿De qué asunto se trata? ¿No te lo puedes saltar y ya está?

– Lo haría; es un seminario. Pero soy uno de los ponentes.

– ¡Oh! -exclamó ella, desanimada-. Vaya.

– Estaré de vuelta dentro de unos días.

– ¿Me llamarás desde Chicago?

– Ya sabes que sí. Quizás incluso podamos retomar el tema donde lo hemos dejado.

– Quizá, si te portas bien.

– Oh, seré bueno, te lo aseguro -dijo-. No te preocupes por eso.

83

Pero Nora se preocupó. Toda la noche, para ser exactos. Había dicho que no podría dormir y estaba en lo cierto. Lo que quería, lo que anhelaba, era saber si Craig le había dicho la verdad. Estaba inquieta por el modo en que se había referido al seminario. Había sentido el mismo atisbo de duda que el día en que se conocieron, como un presentimiento de que algo no iba del todo bien.

A la mañana siguiente, Nora se despertó al alba. Ni se duchó, ni se maquilló: no había tiempo que perder. Con una vieja sudadera y una gorra de béisbol calada hasta los ojos, se dirigió en coche a Westchester. La primera parada fue la casa de Connor, en Briarcliff Manor, donde hizo un cambio: dejó el Mercedes rojo descapotable y cogió uno de los dos coches que acumulaban polvo en el garaje, un Jaguar XJR verde. De este modo, Craig no la reconocería. Además, el Jaguar le gustaba casi tanto como el Mercedes.

Veinte minutos más tarde, aparcaba al final de la calle donde estaba el apartamento de Craig, esperando con un gran vaso de plástico lleno de café en el regazo. Bebió unos sorbos mientras vigilaba.

La primera vez que le había seguido, ignoraba cuánto tiempo iba a esperar. Esta vez era distinto: él le había dicho que tenía un vuelo a mediodía.