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Hacia las diez, se abrió la puerta desconchada y apareció él. Estaba muy guapo con su camiseta amarillo limón y su chaqueta deportiva de color tostado. Si iba a conducir hasta el aeropuerto, parecía lógico que saliera a esa hora. Es más, incluso llevaba una maleta. Se sintió aliviada.

Luego observó cómo Craig se subía a su BMW negro. El pelo, peinado hacia atrás, todavía estaba húmedo de la ducha. Su atractivo era natural, pensó Nora. Ya le echaba de menos, y ni siquiera había salido de la ciudad.

Dio marcha atrás y giró hacia donde estaba Nora. Esta se agachó apresuradamente en el asiento delantero, esperando a que él pasara de largo. El Jaguar verde no era más que otro coche aparcado junto a la acera, aunque era el más bonito.

Le seguiría durante unos minutos, hasta que estuviera claro como el agua que iba camino del aeropuerto. Todo iría bien. Mejor que bien. Él la llamaría desde Chicago aquella misma noche y ella le diría cuánto le echaba de menos, cosa que no le costaría demasiado. Los dos bromearían con sus orgasmos telefónicos. Nora sonrió al pensar en ello. ¿Qué le estaba ocurriendo?, se preguntó.

Estaba siguiendo a Craig a unos diez metros de distancia; éste se dirigió hacia el sureste, camino del aeropuerto, una ruta que ella conocía bien. Durante el camino se regañó a sí misma. «Mejor exagerar que lamentarlo» era su mantra favorito, pero tenía la sensación de que esta vez se había pasado un poco.

También antes había albergado las mismas dudas respecto a Craig y, al igual que en la primera ocasión, seguirle no le descubría nada nuevo. Hasta que vio que ponía el intermitente.

84

Había muchos caminos para llegar al aeropuerto de Westchester; por desgracia, aquél no era uno de ellos. Ni siquiera se podía considerar la ruta panorámica. Cuando Craig señalizó y giró, Nora lo comprendió de inmediato: tenía otro destino en mente.

No quería aventurar conclusiones. Existía algo llamado mentiras «piadosas» y prefirió mantener la esperanza. Tal vez estuviera preparando una sorpresa para ella.

Unos kilómetros más tarde, cuando vio ante sí una señal anunciando Greenwich, Connecticut, pensó en Betteridge, su joyería favorita de aquella localidad. Intentó imaginarse a Craig llevándole una cajita con un lazo encima y diciéndole que había inventado lo del viaje a Chicago, una mentirijilla inocente al fin y al cabo, para poder sorprenderla con un regalo.

Pero Greenwich pasaba de largo. Y con él, la mayor parte de las esperanzas de Nora. Seguía sin querer aventurar conclusiones, pero estaba lo más cerca de la ira que se podía estar. Ira, dolor… un montón de emociones encontradas, y ninguna de ellas positiva.

Craig entró en la localidad de Riverside, Connecticut. Por el modo en que conducía, era evidente que la zona le resultaba familiar. Pero ¿por qué? Finalmente, se metió por una calle sin salida.

Nora se quedó en la esquina, donde se detuvo. Miró a su alrededor. Las casas no eran muy grandes, pero se encontraban en buen estado. Nada que ver con el apartamento de Westchester.

¿Qué estaba haciendo Craig en Connecticut? ¿Por qué llevaba una maleta? ¿Por qué le mentía?

A media calle, más o menos, su BMW aparcó en un camino de entrada que había después de un buzón rojo. Nora observó atentamente, forzando la vista para ver a mayor distancia, mientras él salía del coche.

Craig se desperezó y se encaminó hacia la escalera principal de la casa, un edificio blanco de estilo colonial con persianas de color verde selva. Antes de llamar, la puerta se abrió de golpe y salieron corriendo un par de chiquillos. Se echaron en sus brazos y él los abrazó y los besó de tal modo que enseguida quedó descartada la posibilidad de que fuese su tío, su primo o su cariñoso hermano mayor. Sin duda alguna, Craig Reynolds era su padre.

«¿Significa eso que está… casado?»

Los ojos de Nora se clavaron en la puerta de entrada por si aparecía alguien más. Su corazón latía fuerte y le entraron ganas de vomitar. Pero en cuanto Nora vio a la mujer que estaba allí de pie, comprendió que no podía estar contemplando a la señora de Craig Reynolds. A menos que a éste le gustaran las ancianas extranjeras. Aquella mujer llevaba la palabra «niñera» escrita en la frente.

La mirada de Nora captó a alguien más. Asomada a la ventana del segundo piso había otra mujer, de un atractivo provinciano. Le hacía señas a Craig. En su frente había escrito algo diferente.

«Esposa.»

Nora echó la cabeza hacia atrás, contra el asiento del Jaguar, y maldijo como una loca, con todos los insultos que se podrían encontrar en un manual.

– ¡Craig, eres un mentiroso despreciable, un cerdo, un farsante!

Nora siguió mirando mientras él conducía a los dos niños dentro; era incapaz de apartar los ojos. Intentaba encajar las piezas, pero había algo que seguía sin tener sentido: ¿por qué tenía un apartamento en Westchester si vivía ahí?

Cuando aún no había terminado de reflexionar sobre esa cuestión, la puerta se abrió de nuevo. Craig y sus dos hijos salieron riendo y dándose golpecitos juguetones en los brazos. Ahora, cada niño llevaba una mochila y Craig, un petate. Entraron en el BMW. Se marchaban. Pero ¿adónde?

Nora echó un vistazo a la señal de «Camino sin salida» que había frente a ella. Puso la primera. No podía permitir que Craig pasara por delante de un Jaguar aparcado por segunda vez en una mañana.

Al girar por la siguiente calle, se detuvo allí durante un rato, pasándolo mal y pensando qué iba a hacer. Le importaba un comino adonde llevara Craig a sus hijos. Seguro que no era a un seminario en Chicago, en el que él figuraba como ponente. ¿Qué más había que comprender, aparte de que estaba engañando a su mujer?

Nada.

Decidió que regresaría a Westchester y puso el coche en marcha. Más tarde, en algún momento a lo largo del día, Craig la telefonearía. Seguro que sería una llamada muy interesante.

Pero, antes de volver a la carretera, Nora no pudo evitar echar un último vistazo a aquella preciosa casita de las afueras, de cerca. Apenas podía creer lo que había visto en los últimos minutos. Estaba claro que Craig fingía ser otra persona. De hecho, se parecían más de lo que ella hubiera podido soñar. ¿Tal vez por eso le atraía tanto?

Giró por la calle donde vivía Craig y se aproximó despacio al camino de entrada. De repente, dio un frenazo y miró fijamente. En uno de los lados del buzón había un nombre grabado, medio borrado pero legible. Nora no podía creer lo que veían sus ojos. El nombre escrito en el buzón era «O’Hara».

85

Espoleada por la rabia y la traición, incluso tal vez con el corazón algo roto, Nora condujo de vuelta a Westchester como alma que lleva el diablo. Estaba fuera de sí y rebosaba desdén.

Pero también le asediaban peligrosas preguntas sin contestar. ¿Por qué O’Hara había organizado esa artimaña? ¿Existía realmente alguna póliza de seguros? Y en cuanto al sexo… ¿qué papel tenía en todo aquello? Lo único de lo que estaba segura era de que le habían mentido, y lo había hecho un experto.

«¿Qué te parece, querida mía? Engañada por un profesional.»

Cuando llegó a la casa de Westchester, entró en ella arrasando y rompiendo valiosos objetos a diestra y siniestra. Tiró una mesa al suelo y rasgó un cuadro. Estampó un jarrón de Baccarat contra la pared y los pedazos de cristal se esparcieron por el suelo.

Entonces fue Nora la que se quebró.

Se bebió más de media botella de vodka, farfullando para sí misma, hasta que sus palabras se convirtieron en un balbuceo. Juró venganza, pero tendría que esperar para pensarla y tramarla. Hacia media tarde estaba tumbada sin conocimiento en el sofá del salón.

No se despertó hasta la mañana siguiente. La resaca fue casi una bendición, por terrible que fuese, pues inmediatamente apartó de su mente el motivo por el que había empezado a beber. Aunque no por mucho tiempo. Mientras se preparaba un café, la cólera regresó. El detonante fue el aroma: vainilla con avellanas. El mismo café que había compartido con Craig después de que éste se presentara.