Sólo que no era Craig. Nunca lo había sido.
Por fin, la resaca disminuyó. Con la cabeza más despejada, volvió a las preguntas sin respuesta. La primera y más importante: ¿por qué simulaba O’Hara que era otra persona? Dejando a un lado la póliza de seguros, ¿existía la compañía Centennial One? Después de ver la oficina en la ciudad, había dado por hecho que así era. Ahora, en cambio, no apostaría nada por ello. Nora descolgó el teléfono. Marcó el número de información de Chicago y preguntó por la supuesta oficina central de Centennial One.
– Por favor, anote el número -dijo el telefonista.
Pero Nora estaba convencida de que eso no demostraba nada. Lo apuntó y marcó.
– Buenos días, Seguros de Vida Centennial One -dijo una mujer de voz agradable.
– Sí; ¿puedo hablar con John O’Hara, por favor?
– Lo siento, el señor O’Hara está de viaje.
– ¿Puede ponerme con su buzón de voz?
– Desgraciadamente, nuestro sistema de buzón de voz en estos momentos no funciona -dijo la mujer.
– Qué casualidad.
– ¿Disculpe?
– No, nada.
– Si quiere, puedo tomar nota de su mensaje.
– No, no tiene importancia. -Nora estaba a punto de colgar-. Perdone, ¿cómo se llama usted?
– Susan.
– La verdad, Susan, es que tengo otra pregunta. ¿Puede decirme si Craig Reynolds todavía trabaja en esa empresa?
– Un momento, déjeme consultarlo. Ha dicho Reynolds, ¿verdad?
– Sí.
– Ah, aquí está. El señor Reynolds está en una de nuestras oficinas de Nueva York. En Briarcliff Manor, para ser exactos. ¿Quiere que le dé el número?
– Claro.
Nora lo anotó.
– Gracias, Susan.
– De nada, señorita… -Hizo una pausa-. Perdone, ¿cómo ha dicho que se llama?
– No lo he dicho.
Nora colgó. Inmediatamente cogió su bolso y rescató la tarjeta de visita que «Craig» le había dado. En efecto, los números coincidían.-Vaya, eres bueno, O’Hara -masculló para sí misma mientras cogía las llaves del coche.
«Pero la luna de miel ha terminado.»
CUARTA PARTE. Hasta que la muerte nos separe
86
Nora estuvo pulsando el botón de búsqueda de la radio, saltando de una emisora a otra, durante todo el camino hasta Briarcliff Manor. No había una sola canción que quisiera escuchar. La mayoría era basura; tenía ganas de gritar. Y al final, eso es lo que hizo. Estaba ansiosa, inquieta, y no sólo por todo el café que se había bebido. Pensar en O’Hara la había dejado muy alterada.
Cuando sonó el móvil, casi se salió de la carretera. «Es él.»
Lo primero que se le ocurrió fue hablar con él allí mismo, decirle cuatro cosas para darle a entender que sabía quién era en realidad. Pero al coger el teléfono, decidió que no. O’Hara no saldría tan bien parado.
Nora miró el identificador de llamadas. Con el resplandor del sol, no podía ver el número. Aun así, estaba segura de que era él.
– ¿Dónde has estado?
Vaya con los presentimientos. Aquella voz ligeramente enfadada pertenecía a Jeffrey. No había contestado a sus llamadas en los últimos dos días.
– Lo siento mucho, cariño, quería llamarte -dijo-. Te has adelantado.
Su voz se suavizó enseguida.
– Dios mío, he estado preocupado, cielo. No sabía dónde podías estar.
Necesitaba una excusa, y de las buenas.
– Es por aquella maldita clienta mía, la insoportable. ¿Recuerdas? La misma que amenazó con despedirme si no iba con ella personalmente a recoger el género.
– ¿Cómo podría olvidarme? Me costó un fin de semana contigo. -Nora se quedó callada… un silencio que no presagiaba nada bueno-. Oh, no -dijo él-. No me lo digas.
– Intentaré librarme de ella.
– ¿Qué te ha pedido esta vez?
– Quiere que vaya a su casa de East Hampton para que vea su nuevo invernadero. Es una buena clienta, una de las mejores que tengo.
– Mañana es viernes, Nora. ¿Cuándo aprenderás?
«Está enfadado. Sólo me llama Nora cuando se enfurece.»
– Te llamaré esta tarde. Créeme: la idea de pasar otro fin de semana con esa mujer me mata. Te echo de menos.
– La verdad es que noto el cansancio en tu voz, cariño. ¿Va todo bien?
– Sí, ningún problema, -La imagen de O'Hara pasó por su mente-. A veces una sola persona es capaz de acabar conmigo, ¿sabes?
– Razón de más para estar con la que puede hacer que te sientas mejor -dijo Jeffrey-. ¿Me llamarás luego? Te quiero.
Nora respondió que sí y se despidió, poniendo fin a la llamada con un «Yo también te quiero». Se sentía satisfecha de su improvisado «mantenimiento marital»… aunque tampoco demasiado. Cada vez era más difícil seguir el rastro de sus propias mentiras, cosa que conllevaba un riesgo. No obstante, no pensaba comprometerse con Jeffrey para el fin de semana sin tener una idea más clara de lo que estaba tramando O’Hara.
Un minuto después, llegó al centro de la localidad de Briarcliff. Milagrosamente, encontró un sitio para aparcar, salió del coche y miró el rótulo que había sobre las ventanas del segundo piso: «Seguros de Vida Centennial One». Leyó el nombre despacio, como si hubiera pasado algo por alto la primera vez. No quería dar nada por sentado.
«Ya no, O’Hara.»
87
– Hola, ¿puedo ayudarla?
A través de las gafas de sol, Nora observó a la alegre jovencita que estaba sentada al otro lado de la mesa: veintitantos, mirada inteligente… más que cualificada para ese trabajo.
– Sí, vengo a ver al señor Craig Reynolds. ¿Está aquí?
Se dio cuenta de que la joven dudaba un poco.
«También ella tiene que estar metida en el ajo. Y la verdad es que no lo hace mal.»
– Lo siento, el señor Reynolds no se encuentra aquí.
Nora miró su reloj.
– ¿Está comiendo? ¿En el Amalfi’s, quizá?
– Está de viaje.
– ¿Sabe cuándo volverá?
– Creo que el lunes -dijo la joven-. ¿Tenía una cita con él? ¿Quiere que le concierte una?
– No. Craig me dijo que me pasara, sin más. Pero quizá pueda ayudarme usted: quería una copia de una póliza de seguros.
De nuevo apareció aquel ligero titubeo, acompañado de un rápido movimiento de ojos. Aparte de eso, la chica representaba su papel perfectamente.
– ¿La póliza es suya? -preguntó.
– No, pero yo soy la beneficiaria.
– Entiendo. -La joven sacudió la cabeza-. Por desgracia, sólo puedo proporcionarle una copia al asegurado.
Nora miró la placa con el nombre que había en la mesa.
– Molly, ¿verdad?
– Sí.
– Verá, Molly, eso va a ser un poco difícil en este caso. Y el motivo es que el asegurado está muerto.
– Oh, Dios, lo siento.
– Sí, yo también. Era mi prometido.
Molly la reconoció.
– Usted es la señorita Sinclair, ¿no es así?
– ¿Cómo lo sabe?
Molly se giró un poco y miró hacia atrás, como para señalar las pequeñas dimensiones de la oficina.
– Aquí sólo trabajamos dos personas, así que estoy familiarizada con su caso. Una vez más, lo siento muchísimo.
Nora se quitó las gafas de sol y miró a Molly directamente a los ojos.
– Entonces, supongo que no habrá ningún problema para darme una copia de la póliza, ¿no?
Molly parpadeó un par de veces antes de sonreír.
– Claro que no. Voy a ver si la encuentro en el despacho del señor Reynolds.
Mientras se levantaba y se dirigía a un despacho situado detrás de ella, Nora miró a su alrededor. Era una oficina pequeña y parecía ser lo que era. Vio varios archivadores y algunos folletos. Y aun así, había algo que no encajaba, especialmente en Molly: para ser alguien que pretendía estar al corriente de todo lo que pasaba en la oficina, improvisaba demasiado. Molly volvió del despacho… con las manos vacías y sacudiendo la cabeza.