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Él le dedicó una sonrisa burlona.

– Lo que haga falta.

– Me encanta.

– A mí me encantas tú.

Se besaron y se desnudaron, camino de la cama. Él la levantó con suavidad, como si fuese una pluma entre sus robustos brazos. La tumbó encima del edredón y se detuvo antes de acostarse junto a ella. Ni siquiera pestañeaba: lo único que quería era disfrutar de lo que veía. Y Nora le dejaba hacer. Se merecía contemplar su desnudez; era demasiado bueno para ella.

Hicieron el amor; al principio despacio, luego de un modo febril y sin freno. Sus brazos y sus piernas se entrecruzaban y se confundían. Hasta que, al fin, estallaron. Al menos, Jeffrey; en cuanto a Nora, representó su papel a la perfección, tan bien como Meg Ryan en Cuando Harry encontró a Sally… aunque no con la intención de resultar graciosa.

Estuvieron un minuto abrazados y en silencio. Con un hondo suspiro, Jeffrey se hizo a un lado.

– Tengo hambre -dijo-. ¿Tú no?

Nora apoyó la cabeza en la almohada. No podía dejar de ver su retrato en la pared y, por un instante, se quedó mirando sus propios ojos. Se preguntaba si existiría otra mujer en el mundo igual que ella.

– Sí -respondió finalmente Nora con suavidad-. Yo también tengo hambre.

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Nora estaba contemplando la brillante tapa de acero inoxidable de los fogones Viking, tan hermosa como si saliera de un sueño, cuando Jeffrey entró en la cocina.

– Tenías razón -dijo-. La ducha me ha sentado muy bien.

– ¿Lo ves? Te lo dije, haz caso a Nora.

Él echó un vistazo a la sartén por encima del hombro de ella.

– ¿Estás segura de que no hay nada que pueda hacer aquí?

– Nada de nada, cariño. Lo tengo todo bajo control.

Cogió la espátula. Realmente, no podía hacer nada, ¿no era cierto? Ya estaba todo decidido. Mientras él se sentaba, ella le dio una última vuelta a la tortilla.

«Ya no hay vuelta atrás. Tengo que hacerlo. Y tiene que ser esta noche.»

– Ah, olvidaba decirte una cosa -dijo él-. El fotógrafo de aquella revista vendrá el próximo fin de semana. Estará aquí el sábado por la tarde y nos sacará unas fotos para el artículo.

– ¿Significa eso que lo has pensado bien y has tomado una decisión?

– ¿Sobre contarle al mundo lo afortunado que soy? Sí. Jeffrey Walker y Nora Sinclair son una pareja felizmente casada. En todo caso, me siento más convencido ahora que está a punto de hacerse público.

Ella soltó una risa sofocada.

– ¿Qué?

– Parece como si se tratara de vender unas acciones -dijo-. Como si fuese un negocio.

Nora se volvió hacia los fogones y volcó la tortilla de Jeffrey en un plato. Había llegado su hora de comer. Durante un silencioso minuto, se sentó a la mesa junto a él y observó cómo se la comía, bocado tras bocado. Parecía feliz y contento. ¿Y por qué no?

– Cuéntame algo más de la novela -dijo al fin-. ¿Termina con un ahorcamiento?

Él asintió.

– Hasta ahora he hablado de guillotinas, duelos de espada y pelotones de fusilamiento, pero nunca de un buen ahorcamiento a la vieja usanza. -De repente, se llevó las manos al cuello y tosió como si se atragantara, antes de dar rienda suelta a la risa. Nora hizo lo posible por sonreír también ella-. Nora, ya sabes que tenemos que hablar de…

– ¿Qué te ocurre?

Jeffrey abrió los ojos despacio.

– Nada -dijo, con la garganta temblorosa. Luego se la aclaró-. ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí… tendríamos que hablar de…

Se detuvo de nuevo. Nora miró su rostro con atención. La sustancia estaba causando efecto, pero temía haberse quedado corta con la dosis. «Debería estar peor a estas alturas. Algo va mal.»

– ¿Qué estaba diciendo…? -preguntó él, forzando la voz para que sonara calmada. Cuando aún no había terminado de formular la pregunta, comenzó a tambalearse en su silla. Parecía un disco rayado-: Deberíamos hablar de… hablar de… la luna de miel.

Se agarró el estómago, jadeando de dolor, y miró indefenso a los ojos de Nora. Esta se puso en pie y fue hasta el fregadero, donde llenó un vaso de agua. Vuelta de espaldas, vació rápidamente un polvo en su interior: una considerable sobredosis de prostigmina o, como le gustaba llamarlo a su primer marido, Tom el cardiólogo… «el destructor». Combinada con el fosfato de cloroquinina que Nora había puesto en la tortilla, aceleraría el colapso respiratorio y, al fin, el paro cardíaco mientras su sistema lo iba absorbiendo por completo.

– Toma, bebe esto -dijo a Jeffrey mientras le ofrecía el vaso.

Él tosió y carraspeó.

– ¿Qué… qué es esto? -preguntó, incapaz de enfocar bien aquel brebaje efervescente.

– Tú bébetelo -dijo Nora-. Esto se encargará de todo. Plop, plop, ssh, ssh…

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Quería obtener respuestas, necesitaba conectar los cables correctos, dotar de sentido a las piezas del rompecabezas. De repente, se había convertido en un asunto personal para O’Hara… o el Turista.

El misterioso archivo que había recuperado a la salida de la estación Grand Central.

La lista de nombres, direcciones, cuentas bancarias y capitales.

Un repartidor de pizzas que había intentado matarlo.

Pero ¿quién estaba detrás de todo aquello? ¿El primer vendedor, el chantajista?

¿Su propia gente?

¿Qué querían? ¿Sabían que había copiado el archivo? ¿Lo sospechaban siquiera? ¿O simplemente se guardaban las espaldas por si acaso?

«No confían en mí y yo no confío en ellos. No es algo muy agradable. Pero así funciona el mundo hoy en día.»

En cualquier caso, dedicaba sus ratos libres -después de pasar su gran día con los chicos en el estadio de los Yankees- a trabajar con los nombres del archivo, intentando recomponer las piezas. Sin embargo, tenía que admitir que no era un genio en este tipo de cosas.

A pesar de todo, había llegado hasta aquí. Todos los individuos que aparecían en el archivo guardaban su dinero ilegalmente en paraísos fiscales. Más de un billón de dólares. Se había puesto en contacto con algunos bancos de la lista, pero seguramente ése no era el camino. Había llamado a casa de algunos de los tipos mencionados en ella, pero ése también era un mal sistema: ¿qué esperaba que admitieran?

Era domingo por la noche y estaba leyendo la sección de moda del New York Times. No por interés, sino por otros motivos. Por Nora Sinclair. Buscando temas de los que poder hablar con ella.

¡Y ahí estaba! ¡Sí! ¡Bingo!

Tres, cuatro, cinco, nueve, once nombres de «la lista», todos ellos en la misma fiesta para peces gordos que se celebraba en el Waldorf Astoria.

Y por fin lo comprendió. El chantaje, todo el embrollo, el pánico creado… incluso el hecho de que le hubieran llamado a él para asegurarse de que todo iba bien. Y luego, la razón de que alguien lo quisiera muerto, sólo porque tal vez sabía algo. Lo que, tal como iban las cosas, definitivamente era cierto. O'Hara sabía mucho más de lo que hubiera deseado. Sobre los dos casos en los que trabajaba en secreto.

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«Vamos, vamos. Muévete, O’Hara.»

Susan quería un arresto, y eso significaba que debía darme prisa y que, en principio, no pasaba nada si me saltaba unas cuantas reglas. Al menos, así lo interpreté yo. Por supuesto, a veces oigo sólo lo que quiero oír.

Mientras estaba sentado en una silla frente a Steven Keppler, no pude evitar darme cuenta de unas cuantas cosas. La primera de ellas, que el abogado llevaba un peinado realmente horrible. Demasiada superficie a cubrir para tan poco pelo. En segundo lugar, que el tipo que se ocupaba de los impuestos de Nora estaba nervioso.

Claro que mucha gente se ponía nerviosa cuando se encontraba frente a un agente del FBI, y la mayoría sin razón alguna.

Prescindí de la cháchara superflua y saqué una fotografía de mi chaqueta. Era la impresión de una de las imágenes digitales que había sacado el primer día en Westchester.