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– ¿Reconoce a esta mujer? -pregunté, sosteniéndola frente a él.

Se inclinó sobre su mesa y respondió con rapidez.

– No, creo que no.

Extendí el brazo para que pudiera verla mejor.

– Mírela un poco más de cerca, por favor.

Cogió la fotografía y, con una habilidad digna de un actor de serie B, hizo como si la estudiara: frunció el ceño, entornó los ojos largo rato y, finalmente, se encogió de hombros de forma exagerada y sacudió la cabeza.

– No, no me resulta familiar -dijo-. Pero es una mujer hermosa.

Steven Keppler me devolvió la fotografía y me rasqué la barbilla.

– Es muy extraño-dije.

– ¿El qué?

– Que esta hermosa mujer tuviera en el coche su tarjeta de visita sin conocerle.

Se agitó incómodo en su silla.

– A lo mejor se la dio alguien -dijo.

– Sí, supongo que sí. Pero eso no explicaría por qué me dijo esa mujer que le conocía.

Keppler se llevó una mano a la corbata, al tiempo que se arreglaba los pelos de la calva con la otra. Su nerviosismo alcanzaba niveles desmedidos.

– Déjeme echar otro vistazo a la foto. ¿Puedo?

Se la tendí y observé, con la certeza de que estaba a punto de asistir a otra muestra de pésima actuación. En efecto:

– ¡Ah, espere un minuto! Creo que ya sé quién es. -Golpeó la fotografía varias veces con el dedo índice-. ¿Simpson, Singleton…?

– Sinclair -dije.

– Eso es, Olivia Sinclair.

– En realidad se llama Nora.

Sacudió la cabeza.

– No, estoy casi seguro de que se llama Olivia.

Y lo decía un tipo que hacía un minuto aseguraba que no la conocía de nada.

– ¿Debo suponer que es una clienta? -pregunté-. Acaba de decir que es una mujer hermosa; me sorprende que no se acordara de ella.

– Hice algún trabajo para ella, sí.

– ¿Qué clase de trabajo?

– Agente O’Hara, ya sabe que no puedo hablar de eso.

– Claro que puede.

– Ya sabe lo que quiero decir.

– ¿Lo sé? Lo único que sé es que ha afirmado que no reconocía a una de sus clientes, que resulta ser el objeto de mi investigación. En otras palabras, ha mentido a un agente federal.

– ¿Tengo que recordarle que está hablando con un abogado?

– ¿Tengo que recordarle que puedo volver dentro de una hora con una orden de registro para poner su oficina patas arriba?

Me quedé mirando a Keppler, a la espera de que dejara de responder y se doblegara. En lugar de eso, el tipo demostró tener agallas. De hecho, tomó la ofensiva.

– Es posible que sus absurdas amenazas funcionen en alguna parte -dijo levantando la barbilla-, pero yo protejo la privacidad de mis clientes. Y ahora, márchese.

Me levanté de mi silla.

– Tiene usted razón -dije suspirando hondo-. Tiene derecho a mantener el secreto profesional y yo no me puedo inmiscuir en eso. Le pido disculpas. -Busqué dentro de mi chaqueta-. Mire, aquí tiene mi tarjeta. Si cambia de idea, o si quiere solicitar protección policial, llame a mi despacho.

Su expresión se volvió sombría.

– ¿Protección policial? ¿Me está diciendo que esta mujer es peligrosa? ¿Olivia Sinclair? ¿Por qué la están investigando?

– Me temo que no puedo decírselo, señor Keppler. Pero, oiga, estoy seguro de que, si ella le ha confiado sus negocios, debe de estar convencida de que usted nunca diría una palabra sobre sus actividades.

Su voz subió una octava.

– Espere un momento… ¿dónde está ahora Olivia Sinclair? Quiero decir… la están siguiendo, ¿no?

– Esa es la cuestión -dije-. La seguíamos, pero ahora no sabemos dónde está. Señor Keppler, no le puedo dar detalles sobre este caso, pero le diré una cosa: incluye el asesinato. Y, posiblemente, más de uno.

Aquello era demasiado para las agallas del abogado y su custodia del secreto profesional. Cuando por fin fue capaz de articular palabra, me pidió que volviera a sentarme.

– Será un placer -dije.

93

El tema de Jeffrey había quedado zanjado. Su cuenta corriente casi había sido vaciada y las autoridades no sospechaban nada. El fotógrafo del New York Times nunca tendría sus fotografías y la entrevista se había ido al traste. En general, Nora sabía que debía sentirse satisfecha por cómo habían ido las cosas en Boston. Pero, de vuelta a Manhattan y a su loft del SoHo, fue consciente de que todo iba mal.

Pensaba en O’Hara.

Se detuvo un momento antes de coger el móvil y se advirtió a sí misma de que no podía mencionar lo que sabía. Finalmente, marcó un número y pulsó el botón de llamada.

– ¿Sí?

Vaya, vaya; era el chico malo en persona.

– ¿Es mi amante telefónico? -preguntó Nora.

Él respondió riendo entre dientes:

– ¿Mamá? ¿Eres tú?

A pesar de todo, ella se rió.

– Eres un cerdo.

– Me estaba haciendo el gracioso.

– Dígame, señor Craig Reynolds: ¿por qué no me llamó desde Chicago? ¿Demasiado ocupado?

– Lo siento -dijo él-. Estuve muy liado con el seminario.

– Vaya seminario debe de haber sido. ¿Estuviste bien? ¿Les demostraste todo lo que sabes?

– No tienes ni idea. -Nora contuvo la risa. «Tengo más idea de lo que tú crees, John O’Hara»-. Escucha -continuó él-, te compensaré.

– Sí, lo harás. ¿Qué haces esta noche?

– Lo mismo que he estado haciendo toda la tarde: trabajar.

– Creía que para eso te habías ido de viaje.

– Lo creas o no, tengo que redactar un informe sobre el seminario. Estoy hasta las orejas de…

– ¡Eso son gilipolleces! -interrumpió Nora-. Te estoy viendo ahora mismo: estás mirando la televisión. Parece un partido de béisbol, si no me equivoco.

Sólo fue capaz de decir dos palabras:

– Pero ¿qué…?

– Mira debajo de tu casa, Craig. ¿Ves el Mercedes rojo? ¿Ves a una hermosa joven en el asiento delantero? Te está haciendo señas. ¿Qué tal, Craig?

Nora vio a O’Hara aparecer en la ventana, tan atónito como dejaba entrever su voz.

– ¿Cuánto hace que estás ahí? -preguntó.

– Lo suficiente para saber que me has mentido. ¿Béisbol? ¿Prefieres el béisbol a mí?

– Me estaba tomando un descanso en mitad del informe, eso es todo.

– Sí, seguro. Entonces, ¿puede Craig salir a jugar, o qué?

– ¿Por qué no entras tú?

– Prefiero que vayamos a dar una vuelta en coche -dijo ella.

– ¿Adónde?

– Es una sorpresa. Ahora, deja tu trabajo a un lado.

– Hablando de trabajo… -la detuvo él.

– ¿Qué pasa?

– Me temo que las circunstancias de nuestra relación están empezando a afectarme -dijo-. Técnicamente eres mi clienta, Nora.

– Es un poco tarde para tecnicismos, ¿no te parece? -Él no respondió, así que Nora siguió presionando-. Vamos, Craig, sabes que quieres estar conmigo… y yo quiero estar contigo. Es así de sencillo.

– Ya, pero es que he estado pensando en ello.

– Y yo he estado pensando en ti. No sé por qué, pero no te pareces a ninguna de las personas que he conocido hasta ahora -dijo-. A ti te lo puedo contar todo.

Se hizo una pausa en la conversación.

Él suspiró.

– Una vuelta, ¿eh?

94

Realmente no estaba de humor para dar un paseo a la luz de la luna, pero ahí estaba de todos modos. A solas con Nora Sinclair.

El techo del descapotable estaba bajado y el viento de la noche soplaba fresco y vigoroso. La carretera, las señales… todo se desdibujaba. Nora conducía por la carretera comarcal de Westchester como si fuese su autopista privada, y yo la acompañaba en su paseo.

«¿Qué diablos estoy haciendo?»