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– ¿Qué pasa? -pregunté.

Espiró pesadamente y me di cuenta de que también había estado conteniendo la respiración.

– No puedo hacerlo -murmuró con frustración.

– ¿Hacer qué?

Ignoró mi pregunta.

– Mira, Bella ¿no has tenido nunca un secreto que no hayas podido contar a nadie?

Pensé de inmediato en los Cullen. Él me miró dándome a entender que lo sabía. Esperaba que mi expresión no pareciera demasiado culpable.

– ¿No hay nada que hayas ocultado a Charlie, a tu madre…? -insistió-. ¿Algo de lo que no hayas hablado ni siquiera conmigo? ¿Incluso ahora?

Sentí que se me tensaban los ojos. No respondí a la pregunta, pero supe que él lo interpretaría como una confirmación.

– ¿Entiendes que tal vez me encuentre en la misma clase de… situación? -no encontraba las palabras y parecía esforzarse por expresarse de forma adecuada-. A veces, la lealtad se interpone en tus deseos. A veces, un secreto no te pertenece y no lo puedes revelar.

Bueno, eso no lo iba a discutir. Para ser exactos, tenía razón. Yo poseía un secreto que no era libre de contar, más aún, un secreto que me sentía obligada a proteger. Un secreto del que, de pronto, Jacob parecía saberlo todo.

Seguía sin ver la forma de aplicar aquello a él, a Sam o a Billy, ¿Qué importancia tenía para ellos ahora que los Cullen se habían ido?

– No sé por qué has venido, Jacob, si vas a limitarte a ofrecerme acertijos en vez de explicaciones.

– Lo siento -susurró-. ¡Menuda frustración!

Nos miramos el uno al otro durante bastante tiempo en la penumbra de la habitación con la desesperación escrita en el rostro.

– Lo que me mata -dijo de repente- es que en realidad ya lo sabes, ¡te lo conté todo!

– ¿De qué me hablas?

Dio un respingo de sorpresa para luego inclinarse sobre mí, mientras su expresión pasaba de la desesperanza a una centelleante energía en un segundo. Me miró implacablemente a los ojos y me habló deprisa y con avidez. Pronunció las palabras junto a mi rostro. Su aliento abrasaba tanto como su piel.

– Me parece haber encontrado la forma de que esto funcione… ¡porque ya lo sabes, Bella! No te lo puedo decir, pero tú sí puedes adivinarlo. ¡Eso me sacaría del atolladero!

– ¿Quieres que lo adivine? ¿Qué he de adivinar?

– ¡Mi secreto! Puedes hacerlo porque conoces la respuesta.

Parpadeé dos veces mientras intentaba aclarar las ideas, Entonces, su rostro volvió a crisparse por el esfuerzo.

– ¡Un momento, a ver si te puedo echar un cable! -dijo. Fuera lo que fuera que intentara, resultaba tan arduo que acabó jadeando.

– ¿Un cable? -pregunté, tratando de mantener el contacto. Mis labios querían permanecer sellados, pero les obligué a abrirse.

– Sí -contestó, respirando con dificultad-. Algo así como pistas.

Tomó mi rostro entre sus manazas demasiado cálidas y lo sostuvo a escasos centímetros del suyo. Me miró a los ojos mientras hablaba en susurros, parecía que comunicase algo más que las palabras que pronunciaba.

– ¿Recuerdas el día que nos conocimos en la playa de La Push?

– Por supuesto que sí.

– Háblame de ello.

Tomé aliento e intenté concentrarme.

– Me preguntaste por mi monovolumen…

Asintió con la cabeza al tiempo que me instaba a continuar.

– Charlamos sobre el Golf.

– Sigue.

– Fuimos a dar un paseo por la playa…

Mientras hacía memoria, el contacto con las palmas de sus manos iba calentando mis mejillas, aunque él no se percataba al tener tan alta la temperatura de la piel. Le había pedido que caminara conmigo para luego flirtear con él -con tanta torpeza como éxito- a fin de sonsacarle información.

Jacob asentía, ansioso porque continuara.

Mi voz apenas era audible.

– Me contaste historias de miedo, leyendas quileutes…

Cerró los ojos para reabrirlos de nuevo.

– Sí -respondió en tensión, febril, como si se encontrara al borde de algo de vital importancia. Habló despacio, pronunciando con cuidado cada palabra-. ¿Recuerdas lo que te dije?

Tuvo que ser capaz de ver el cambio de color de mi rostro incluso en la oscuridad. ¿Cómo lo iba a olvidar? Sin darse cuenta de lo que hacía, Jacob me había contado exactamente lo que necesitaba saber ese día, que Edward era un vampiro…

Me miró con los ojos de quien sabe mucho y me dijo:

– Piensa, haz un esfuerzo.

– Sí, me acuerdo -exhalé.

Inhaló profundamente mientras se debatía.

– ¿Recuerdas todas las histo…? -no fue capaz de terminar la pregunta. La mandíbula le colgó y quedó con la boca abierta, como si se hubiera atragantado.

– ¿Todas las historias? -inquirí.

Asintió en silencio.

Sacudí la cabeza. Sólo una de las historias importaba de verdad. Sabía que él había comenzado con otras, pero no recordaba el preludio intrascendente, y menos con la mente nublada por la fatiga. Comencé a sacudir la cabeza.

Jacob gimió y saltó de la cama. Presionó sus puños contra las sienes y empezó a respirar agitado y deprisa.

– Lo sabes, lo sabes -murmuró para sí.

– ¿Jake? Jake, por favor, estoy derrengada. En este momento no tengo la cabeza para nada. Tal vez por la mañana…

Recuperó una respiración acompasada y asintió.

– Tal vez lo comprendas luego. Creo adivinar por qué sólo te acuerdas de una historia -añadió con sarcasmo y amargura mientras se dejaba caer en el colchón a mi lado-. ¿Te importa que te haga una pregunta al respecto? -inquirió, aún sardónico-. Me muero de ganas por saberlo.

– ¿Una pregunta sobre qué? -repuse, a la defensiva.

– Sobre la historia de vampiros que te conté.

Le miré con cautela, incapaz de responder, pero, de todos modos, formuló la pregunta.

– Sinceramente, ¿no lo sabías? -su voz se tornó ronca-. ¿Fui el único que te reveló qué era él?

¿Cómo sabía eso? ¿Por qué había decidido creer? ¿Y por qué ahora? Me rechinaron los dientes mientras le devolvía la mirada sin intención de contestar. Él se dio cuenta.

– ¿Entiendes ahora a qué me refiero cuando hablo de lealtad? -musitó con voz aún más ronca-. A mí me ocurre lo mismo, sólo que peor. No te haces idea de cuáles son mis ataduras…

Aquello no me gustaba. No me gustaba la forma en que cerraba los ojos, como si le doliera la simple mención de sus lazos; más que disgusto, comprendí que lo que yo sentía era odio, odiaba cualquier cosa que le hiciera daño. La odiaba con ferocidad.

El rostro de Sam ocupó mi mente.

Para mí, en lo esencial, el sentimiento de lealtad era algo voluntario. Más allá del amor, protegía el secreto de los Cullen sin que me lo hubieran exigido, eso era cierto, pero no parecía ser igual en el caso de Jacob.

– ¿No hay ninguna forma de que te liberes? -le pregunté mientras le acariciaba la dura superficie de su pelo rapado.

Le temblaron las manos, pero siguió sin abrir los ojos.

– No, estoy metido en esto de por vida. Es una condena eterna -soltó una risotada triste-. Tal vez, incluso más larga.

– No, Jake -gemí-. ¿Qué te parece si nos escapamos? Tú y yo. ¿Qué te parece si dejamos atrás nuestras casas… y a Sam?

– No es algo de lo que yo pueda huir, Bella -susurró-, aunque me fugaría contigo si pudiera -ahora también le temblaban los hombros. Respiró hondo-. Bueno, debo irme.

– ¿Por qué?

– En primer lugar, parece que vas a quedarte traspuesta de un momento a otro. Necesitas dormir… Necesito que te pongas las pilas. Vas a averiguarlo, debes hacerlo.

– ¿Y el segundo motivo?

Torció el gesto.

– Tengo que irme a escondidas. Se supone que no debo verte. Estarán preguntándose dónde estoy -esquinó la sonrisa-. Imagino que habré de dejar que se enteren.