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– ¿Para qué, si me permite que se lo pregunte? ¿Qué podía hacer Harold en la habitación de la señorita Octavia en mitad de la noche? Ése sólo tiene ojos para Dinah, ¿será desgraciado?, aunque de poco le sirve.

– ¿Y Percival? -Hester dijo por fin lo inevitable.

– Ése podría ser. -La señora Boden apartó a un lado el resto del riñón y alcanzó el mortero lleno de harina ya amasada. Extendió la masa sobre el tajo, la espolvoreó con harina y comenzó a trabajarla con ayuda del rodillo dándole unos golpecitos enérgicos y certeros primero a un lado y, tras darle la vuelta con un solo gesto, al otro lado-. Éste siempre se ha figurado que es más de lo que es, pero nunca me habría figurado que pudiera llegar tan lejos. Maneja mucho dinero, y no me lo explico -añadió con aire avieso-. Tiene mala laya el chico ese, se lo he notado más de una vez. Mire, el agua de la marmita está hirviendo, no me vaya a llenar la cocina de vapor.

– Gracias -dijo Hester dándose la vuelta para acercarse al hornillo, apartar el hervidor del fuego con ayuda de un agarrador, y escaldar la tetera, vaciándola después para preparar el té con el agua restante.

Monk volvió a la casa de Queen Anne Street porque tanto él como Evan habían agotado todas las demás vías posibles de investigación. No habían encontrado las joyas desaparecidas ni esperaban tampoco encontrarlas, pero se sentían obligados a seguir las investigaciones hasta el final, aunque fuera sólo para dar satisfacción a Runcorn. También habían recogido todas las referencias personales de los criados que trabajaban con la familia Moidore, habían hecho las comprobaciones pertinentes en casa de sus anteriores amos y no habían encontrado ningún dato desfavorable que diera motivo para pensar ni de lejos que ningún criado era dado a violencias o actos como el que se había producido. Tampoco habían encontrado historias de amores oscuros, ni acusaciones de robos o inmoralidades, sólo vidas muy normales de trabajo y vida doméstica.

No quedaba más remedio que volver a Queen Anne Street e interrogar de nuevo a los criados. Hicieron pasar a Monk a la salita del ama de llaves, donde se quedó esperando a Hester con impaciencia. Tampoco esta vez explicó a la señora Willis la razón de querer ver a la enfermera, pese a que no estaba en la casa cuando ocurrió el asesinato. Monk era plenamente consciente de la sorpresa que despertaba en la mujer y de las considerables críticas que suscitaría. La próxima vez que tuviera que verla tendría que pensar alguna excusa.

Dieron unos golpes en la puerta.

– Adelante -dijo Monk.

Entró Hester y cerró la puerta detrás de ella. Tenía muy buen aspecto y un aire muy profesional, llevaba el pelo recogido en la nuca, lo que le prestaba una apariencia muy severa, y además un vestido de paño de un color gris azulado sin adorno alguno, encima del cual resaltaba el delantal de restallante blancura. Era una vestimenta práctica, aunque en exceso gazmoña.

– Buenos días -dijo Hester con voz monocorde.

– Buenos días -replicó él y, sin que mediara preámbulo alguno, comenzó a hacerle preguntas sobre los días transcurridos desde que la había visto por última vez, utilizando un lenguaje más lacónico que el que habría empleado normalmente, por el simple hecho de que Hester era tan parecida a su cuñada, Imogen, pero tan diferente a la vez, absolutamente carente del misterio y la gracia femenina que adornaban a esta última.

Hester le expuso lo que había hecho y también lo que había visto y oído sin proponérselo.

– Todo esto me confirma únicamente que Percival no es persona que goce de las simpatías del personal -dijo Monk con aspereza- o simplemente que todo el mundo tiene miedo y que él parece el chivo expiatorio más propicio.

– Ni más ni menos -admitió ella con viveza-. ¿Se le ocurre alguna idea mejor?

La lógica de su pregunta le cayó mal. Monk sabía perfectamente que de momento no había conseguido ningún resultado y que no tenía otro sitio donde buscar que en aquella casa.

– ¡Sí! -le respondió con brusquedad-. Estudie más a fondo a la familia. Descubra más cosas acerca de Fenella Sandeman, esto para empezar. ¿Tiene alguna idea de los lugares que frecuenta para desahogar sus escandalosos gustos, suponiendo que sean realmente escandalosos? Perdería mucho si sir Basil la echara a la calle. Quizás Octavia se enteró de algo sobre ella aquella tarde. A lo mejor se refería a esto cuando habló con Septimus. Y averigüe si Myles Kellard tuvo realmente una aventura con Octavia o si sólo se trata de uno de esos chismes maliciosos que circulan entre los criados lenguaraces y con excesiva imaginación. Parece que a los de esta casa no les falta una cosa ni la otra.

– No me dé órdenes, señor Monk -le dijo con mirada glacial-, yo no soy su sargento.

– Agente, señora -la corrigió Monk con una sonrisa irónica-. Se ha adjudicado un rango que no le corresponde. Lo que ha querido decir es que usted no es mi agente.

Hester se puso muy tiesa, los hombros levantados casi al estilo militar y el rostro enfurruñado.

– Cualquiera que sea el rango que me adjudique y que no ostento, señor Monk, considero que la razón principal para insinuar que Percival pudo matar a Octavia se funda en la suposición de que tenía una aventura con ella o pretendía tenerla.

– ¿Y por esto la mató? -levantó las cejas con aire sarcástico.

– No -respondió Hester haciendo alarde de paciencia-, sino porque ella se cansó de él y entonces se pelearon, supongo yo. O a lo mejor lo hizo la lavandera Rose, en ese caso por celos. Está enamorada de Percival… bueno, quizá la palabra amor no sea la más adecuada… habría que emplear otra palabra que reflejase un sentimiento más ordinario y compulsivo, creo. Lo que ignoro es cómo puede demostrarlo.

– ¡Vaya, por un momento temía que quisiera darme una lección!

– Ahora no me atrevería… por lo menos hasta que alcance la graduación de sargento. -Y con un revuelo de faldas dio media vuelta y salió.

Aquello era absurdo. No era así cómo Monk había querido que se desarrollase la entrevista, pero en aquella mujer había una especie de arbitrariedad que a menudo lo sacaba de quicio. Gran parte de la indignación que le causaba venía de que ella hasta cierto punto tenía razón y lo sabía. No tenía idea de cómo demostrar la culpabilidad de Percival… en el caso de que fuera culpable.

Evan estaba ocupado hablando con los mozos de cuadra sin que tuviera nada específico que preguntarles. Monk habló con Phillips sin sacar nada en limpio y seguidamente solicitó la presencia de Percival.

Esta vez el lacayo parecía mucho más nervioso. Monk vio que tenía los hombros tensos y ligeramente levantados, que sus manos no se estaban un momento quietas, que sobre el labio superior tenía unas finas gotitas de sudor y la preocupación pintada en los ojos. Aquello no quería decir nada, salvo que Percival tenía inteligencia suficiente para advertir que el círculo se estaba cerrando y que no gozaba de las simpatías de nadie. Todos temían por ellos y, cuanto antes acusaran a alguien, antes se volvería a normalizar la vida y se impondría la seguridad para todos. La policía saldría de la casa y las acuciantes y terribles sospechas se desvanecerían de una vez. Y entonces ya todos podrían volverse a mirar a los ojos.

– ¡Es usted un joven bien parecido! -dijo Monk mirándolo de arriba abajo, aunque en la frase había de todo menos elogio-. Supongo que a los lacayos los eligen principalmente por su aspecto.

Percival lo miró con desenfado, pero Monk casi podía oler el miedo que sentía.

– Sí, señor.

– Yo diría que hay bastantes mujeres que están prendadas de usted. A las mujeres les gustan los hombres guapos.

Por el rostro impenetrable de Percival cruzó una sombra de vanidad que, sin embargo, no tardó en desvanecerse.