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– ¿Por qué?

– Bueno, porque he perdido su nombre. De hecho nunca lo tuve porque habló con otro de los investigadores del caso. Pero me gustaría hablar con ella si fuera posible.

– ¿Hablar con ella de qué? Ha dicho que está retirado.

Sabía que terminaríamos ahí, y ése era mi punto débil. No tenía ninguna representatividad. O tienes una placa que te abre todas las puertas o no la tienes. Yo no la tenía.

– Algunos casos no se olvidan, agente Núñez. Yo sigo trabajando en éste. Nadie más lo hace, así que supongo que me ha tocado. ¿Sabe cómo es?

– No, en realidad no. Yo no estoy retirado.

Un capullo de primera. Después de decir eso se quedó en silencio y yo me di cuenta de que estaba enfadándome con ese hombre sin rostro que probablemente trataba de equilibrar un enorme número de casos con una falta de efectivos y recursos. Los Ángeles era la capital mundial de los robos de bancos. Tres al día era la media y el FBI tenía que responder a todos y cada uno de ellos.

– Escuche -dije-. No quiero hacerle perder tiempo. Puede ayudarme o no. O sabe de quién estoy hablando o no.

– Sí, sé de quién está hablando.

Pero entonces se quedó callado. Traté de intentarlo desde otro ángulo. Me lo había reservado porque no estaba seguro de querer que se supiera en algunos círculos lo que estaba haciendo. Pero la visita de Kiz Rider me había dejado claro que eso no iba a lograrlo.

– Mire, ¿ quiere un nombre, alguien que responda por mí? Llame a los detectives de Hollywood y pregunte por la teniente. Se llama Billets y responderá por mí.

Aunque no sabe nada de esto. Por lo que a ella respecta yo estoy tumbado en una hamaca.

– Muy bien. Eso haré. ¿Por qué no vuelve a llamarme? Deme diez minutos.

– De acuerdo, lo haré.

Cerré el móvil y miré el reloj. Eran casi las tres. Arranqué el Mercedes y fui recto hasta Sunset y allí doblé hacia el este. Encendí la radio, pero no me gustaba la música fusión que estaban poniendo. Volví a apagarla. Al cabo de diez minutos aparqué delante de la residencia de jubilados Splendid Age. Cogí el teléfono para llamar a Núñez y sonó en mi mano. Pensé que tal vez Núñez tenía iden-tificador de llamada en su línea y me estaba llamando, pero entonces me acordé de que me habían pasado a su línea. No sabía si podía registrarse al que llamaba después de una transferencia.

– Harry Bosch.

– Harry, soy Jerry.

Jerry Edgar. Era una vuelta al pasado. Primero Kiz Rider y luego Jerry Edgar.

– Jed, ¿cómo estás?

– Estoy bien, tío. ¿Cómo va la vida del jubilado?

– Es muy relajada.

– No parece que estés en la playa, Harry.

Tenía razón. Splendid Age estaba a sólo unos metros de la autovía de Hollywood y el rugido del tráfico siempre estaba presente. Quentin McKinzie me dijo que colocan a los residentes de Splendid Age con pérdida auditiva en las habitaciones del lado oeste, porque están más cerca del ruido.

– La playa no me va. ¿Qué pasa? No me digas que ocho meses después de que me haya ido quieres pedirme consejo en algo.

– No, no es eso. Acabo de recibir una llamada de alguien que quería información sobre ti.

Me sentí inmediatamente avergonzado. Mi orgullo me había empujado a concluir que Edgar me necesitaba para un caso.

– Ah. ¿Era un agente del FBI llamado Núñez?

– Sí, aunque no me dijo de qué se trataba. ¿Estás empezando una nueva carrera, Harry?

– Lo estoy pensando.

– ¿Te sacaste la licencia de privado?

– Sí, hace seis meses, por si acaso. La tengo metida en algún cajón. ¿Qué le has dicho a Núñez? Espero que le hayas dicho que era un hombre de elevada moral y valor.

– Ni hablar. Le dije la verdad, que puede fiarse de Harry Bosch como de un tiburón. -La sonrisa se apreciaba en su voz.

– Gracias, tío. Eres un amigo.

– Sólo pensaba que deberías saberlo. ¿Quieres decirme qué está pasando?

Me quedé un momento en silencio mientras lo pensaba. No quería decirle a Edgar lo que estaba haciendo. No era que no me fiara de él, pero me gustaba ceñirme a la norma de que cuanta menos gente supiera lo que hacías mejor.

– Ahora no, Jed. Llego tarde a una cita y tengo que irme, pero podemos comer juntos un día de éstos. Te contaré toda mi emocionante vida de pensionista.

Casi me reí al decir la última frase y creo que funcionó. Aceptó la invitación, pero me dijo que me volvería a llamar. Sabía por experiencia que era difícil concertar un almuerzo con tiempo cuando trabajabas en homicidios. Lo que ocurriría sería que Jerry Edgar me llamaría el día que tuviera tiempo libre a mediodía. Nos prometimos que nos mantendríamos en contacto y ambos colgamos. Era agradable saber que aparentemente no tenía la misma rabia que Kiz Rider respecto a mi abrupta partida del departamento.

Volví a llamar al FBI y me pasaron con Núñez.

– ¿Ha tenido ocasión de hacer la llamada?

– Sí, pero no estaba. He hablado con su antiguo compañero.

– ¿Rider?

– No, se llamaba Edgar.

– Ah, sí, Jerry. ¿Cómo está?

– No lo sé. No se lo pregunté. Seguro que usted lo ha hecho ahora que acaba de llamarle.

– ¿Perdón?

Me había pillado.

– Ahórrese las tonterías, Bosch. Edgar me ha dicho que se sentía obligado a llamarle para decirle que alguien estaba controlándolo. Le dije que me parecía bien. Le pedí su número para saber que estaba tratando con el auténtico Harry Bosch. Él me lo dio y cuando traté de llamarlo hace un par de minutos comunicaba. Supuse que estaba hablando con Edgar, así que no me hace ninguna gracia su numerito.

Mi vergüenza por haber sido descubierto se transformó en ira. Tal vez fuera el vodka que tenía en el estómago o el machacón recordatorio de que ahora era un simple ciudadano, pero estaba harto de tratar con ese tío.

– Es usted un gran investigador -dije al teléfono-. Una mente detectivesca brillante. Dígame, ¿la usa alguna vez en sus casos o se reserva el talento para tocar las pelotas de la gente que trata de hacer algo en este mundo?

– Tengo que tener cuidado de a quién le doy la información. Eso lo entiende.

– Sí, eso lo entiendo. También entiendo por qué las agencias del orden funcionan tan bien como el tráfico en esta ciudad.

– Eh, Bosch, vayase a la mierda.

Sacudí la cabeza frustrado. No sabía si la había cagado o si nunca iba a obtener información de ese tipo.

– Así que ése es su numerito, ¿eh? Le molesta que actúe, pero usted también ha estado actuando todo el tiempo. Nunca ha pensado darme el nombre, ¿verdad?

No respondió.

– Es sólo un nombre, Núñez. No hay para tanto.

El agente siguió sin decir nada.

– Bueno, le diré qué. Tiene mi nombre y mi número. Y creo que sabe de qué agente estoy hablando. Así que pregúntele a ella y deje que ella decida. Dele mi nombre y mi número. No me importa lo que opine de mí, Núñez. Le debe a su compañera dejar que lo decida ella. Como Edgar. Él estaba obligado y usted también.

Eso era todo. Era mi jugada. Esperé en silencio, esta vez decidido a no hablar hasta que lo hiciera Núñez.

– Mire, Bosch, le diría que ha llamado preguntando por ella. Se lo habría dicho antes incluso de hablar con Edgar, pero las obligaciones no van más allá. La agente por la que me ha preguntado ya no está por aquí.

– ¿Qué quiere decir con que no está por aquí? ¿Dónde está?

Núñez no dijo nada. Me senté más erguido y sin querer toqué el volante con el codo e hice sonar el claxon. Recordé algo acerca de una agente en las noticias. No era un recuerdo nítido.

– Núñez, ¿está muerta?

– Bosch, esto no me gusta. No me gusta tener una conversación por teléfono con alguien a quien no he visto nunca. ¿Por qué no viene y tal vez podamos hablar de esto?

– ¿Tal vez?

– No se preocupe, hablaremos. ¿Cuándo puede venir? En el reloj del salpicadero eran las tres y cinco. Miré a la puerta de entrada de la residencia de jubilados.