– A las cuatro.
– Aquí estaremos.
Cerré el teléfono y me quedé sentado sin moverme durante un buen rato, tratando de recordar. Estaba ahí mismo, pero no lograba alcanzarlo.
Volví a abrir el teléfono. No tenía mi agenda de teléfonos, y números que antes sabía de memoria se me habían borrado de la mente en los últimos ocho meses como si los hubiera escrito sobre la arena de la playa. Llamé a información y me dieron el teléfono de la sala de redacción del Times. A continuación me pasaron con Keisha Russell. Ella me recordaba como si no hubiera dejado nunca el departamento. Habíamos mantenido una buena relación. Yo le había proporcionado un buen número de exclusivas a lo largo de los años y ella me había devuelto el favor ayudándome con búsquedas de artículos y publicando algunas historias cuando podía. El caso de Angella Benton había sido uno en los que no había podido.
– Harry Bosch -dijo-. ¿Cómo estás?
Me fijé en que su acento de Jamaica casi había desaparecido por completo. No lo noté. Me pregunté si era un hecho intencionado o sólo el producto de vivir diez años en el llamado crisol de culturas.
– Estoy bien. ¿Sigues en la brecha?
– Claro, algunas cosas no cambian nunca.
Ella me había contado en una ocasión que los artículos de polis eran una puerta de entrada en el periodismo, pero ella nunca había querido dejarlo. Pensaba que ascender para cubrir el ayuntamiento o las elecciones o casi cualquier otra cosa sería terminalmente aburrido comparado con escribir historias acerca de la vida y la muerte y el crimen y sus consecuencias. Era buena, y también concienzuda y precisa. Tanto que la había invitado a mi fiesta de despedida del departamento. Era una rareza que un intruso de cualquier tipo, y menos un periodista, mereciera tal invitación.
– No como tú, Harry Bosch. Pensaba que estarías siempre en la División de Hollywood. Ha pasado casi un año y todavía no puedo creerlo. ¿Sabes?, marqué tu número por costumbre hace unos meses y me contestó una voz extraña y tuve que colgar.
– ¿Quién era?
– Perkins. Lo trajeron de automóviles.
No me había mantenido al día. No sabía quién había ocupado mi lugar. Perkins era bueno, pero no lo suficiente. Eso no se le dije a Russell.
– ¿Entonces qué pasa contigo, moni
De cuando en cuando recuperaba el acento y la chachara. Era su forma de establecer una transición para llegar al motivo de la llamada.
– Parece que estás ocupada.
– Un poco.
– Entonces no te molestaré.
– No, no, no. No molestas. ¿Qué puedo hacer por ti, Harry? No estás trabajando en un caso, ¿verdad? ¿Estás de privado?
– Nada de eso. Sólo tenía curiosidad por algo, pero puede esperar. Ya te llamaré después, Keisha. -¡Espera, Harry!
– ¿Estás segura?
– No estoy tan ocupada para un viejo amigo. ¿Cuál es tu curiosidad?
– Me estaba preguntando… ¿Recuerdas que hace un tiempo hubo una mujer del FBI que desapareció en el valle? Creo que fue en el valle. La última vez que la vieron conducía hacia casa desde…
– Martha Gessler.
El nombre bastó para que lo recordara todo.
– Sí, eso es. ¿Qué pasó con ella, lo sabes?
– Por lo que yo sé sigue desaparecida en acción, supuestamente muerta.
– ¿No ha habido nada sobre ella últimamente? Me refiero a algún artículo.
– No, porque lo habría escrito yo, y no he escrito sobre ella en, eh…, dos años al menos.
– Dos años. ¿Fue entonces cuando ocurrió?
– No, más bien tres. Creo que hice un artículo de un año después. Una puesta al día. Ésa fue la última vez que escribí sobre ella. Pero gracias por recordármelo. Puede ser momento de echar otro vistazo.
– Eh, si lo haces, espera unos días, ¿vale?
– O sea que estás trabajando en algo, Harry.
– Más o menos. No sé si está relacionado con Martha Gessler o no. Pero dame la semana que viene, ¿vale?
– No hay problema si juegas limpio y vienes a hablar conmigo entonces.
– Vale, llámame. Mientras tanto, ¿puedes sacarme los recortes de aquel caso? Me gustaría leer lo que escribiste entonces.
Creo que todavía lo llamaban sacar los recortes, aunque ya todo estaba en el ordenador y los recortes de periódico eran cosa del pasado.
– Claro que puedo hacerlo. ¿Tienes fax o mail?.
No tenía ni una cosa ni la otra.
– Tal vez simplemente podrías mandármelos por correo. Por correo normal, quiero decir. La oí reír.
– Harry, así nunca serás un detective privado moderno. Apuesto a que lo único que tienes es una gabardina.
– Tengo un móvil.
– Bueno, ya es algo.
Sonreí y le di mi dirección. Ella dijo que los recortes saldrían en el correo de la tarde. Me pidió el número del móvil para poder llamarme la semana siguiente y también se lo dije.
Le di las gracias y cerré el teléfono. Me quedé sentado allí un momento, recapitulando. Me había interesado por el caso de Martha Gessler en su día. No la conocía, pero mi ex esposa sí. Habían trabajado juntas en la unidad de robos muchos años antes. Su desaparición fue noticia durante varios días, después los artículos se hicieron más esporádicos hasta que desaparecieron por completo. Me había olvidado de ella hasta ese momento.
Noté una quemazón en el pecho y sabía que no era por el martini del mediodía. Sentí que me estaba acercando a algo. Como cuando un niño no puede ver algo en la oscuridad, pero de todos modos está seguro de que está ahí.
9
Saqué el estuche del instrumento de la parte de atrás del Mercedes y caminé hasta las puertas de doble batiente de la residencia. Saludé con la cabeza a la mujer que se hallaba tras el mostrador y pasé. No me detuvo porque ya me conocía. Recorrí el pasillo, doblé a la derecha y abrí la puerta de la sala de música. Había un piano y un órgano en la parte delantera de la sala y un pequeño grupo de sillas alineadas para ver las actuaciones, aunque sabía que éstas eran escasas. Quentin McKinzie estaba repantinga-do en una silla de la fila delantera, con la barbilla caída y los ojos cerrados. Lo sacudí suavemente por el hombro e inmediatamente levantó la cabeza.
– Lo siento. Llego tarde, Sugar Ray.
Creo que le gustaba que le llamara por su nombre artístico. Había sido conocido profesionalmente como Sugar Ray McK porque cuando tocaba amagaba y serpenteaba en el escenario como Sugar Ray Robinson en el ring.
Saqué una silla de la fila delantera y la acerqué para ponerme frente a él. Me senté y dejé el estuche en el suelo. Abrí los cierres y dejé a la vista el reluciente instrumento que estaba encajado en el forro de terciopelo granate.
– Hoy tendrá que ser breve -dije-. Tengo una cita a las cuatro en Westwood.
– Los pensionistas no tienen citas -dijo Sugar Ray, cuya voz sonó como si hubiera crecido en la misma calle que Louis Armstrong-. Los pensionistas tienen todo el tiempo del mundo.
– Bueno, estoy trabajando en algo y podría…, bueno, voy a tratar de mantener mi horario, pero durante las dos próximas semanas se me va a complicar. Llamaré a la residencia y te dejaré un mensaje si no puedo llegar a la lección.
Llevábamos seis meses viéndonos dos veces por semana. La primera vez que había visto a Sugar Ray fue en un buque hospital en el mar del Sur de China, donde él formó parte del séquito de Bob Hope que vino a entretener a los heridos en la Navidad de 1969. Muchos años después, de hecho en uno de mis últimos casos como policía, estaba trabajando en un homicidio y me topé con un saxofón robado con su nombre grabado en la parte interior de la boquilla. Localicé a Sugar Ray en Splendid Age y se lo devolví. Pero ya era demasiado viejo para tocar. Sus pulmones ya no tenían fuerza.