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Al tercer día de la investigación, Edgar se ocupó de la autopsia y del papeleo cada vez mayor, mientras que Rider y yo asumimos el trabajo de campo. Pasamos doce horas en las instalaciones que Eidolon Productions tenía en Archway Pictures, en Melrose. La máquina de producción de películas de Alexander Taylor ocupaba casi un tercio del local de Archway. Había allí más de cincuenta empleados. En virtud de su oficio como ayudante de producción, Angella Benton se relacionaba con todos ellos. Un ayudante de producción se sitúa en la base del tótem de Hollywood. Benton había sido una recadera y carecía de despacho: sólo disponía de un escritorio en una sala dedicada al correo y que carecía de ventanas. Claro que eso no importaba, porque siempre estaba fuera, corriendo por los despachos de Archway y de un set de filmación a otro. En ese momento Eidolon estaba rodando dos películas y una serie de televisión en distintos lugares de Los Ángeles y sus alrededores. Cada uno de. esos equipos de producción constituía una pequeña ciudad, un campamento itinerante que se desplazaba casi cada noche. Había al menos otro centenar de personas que podrían haberse relacionado con Angella Benton, personas a las que era preciso entrevistar.

La tarea que se nos planteaba era de enormes proporciones. Solicitamos ayuda, más personal que colaborara en las entrevistas. La teniente no podía cedernos a nadie. Rider y yo pasamos el día entero haciendo entrevistas en las oficinas de Archway. Y ésa fue la única vez que hablé con Alexander Taylor. Departimos con él durante media hora y la conversación fue superficial. Conocía a Benton, por supuesto, pero no mucho. Mientras que ella estaba en la base del tótem, Taylor se hallaba en lo más alto. Sus contactos habían sido infrecuentes y breves. La joven llevaba menos de seis meses en la empresa y él no la había contratado personalmente.

No recabamos datos valiosos en ese primer día de entrevistas. Es decir, ninguna entrevista proporcionó una nueva dirección o foco de investigación. Estábamos en un callejón sin salida. Ninguna de las personas con las que hablamos tenía idea de cuál podía ser el motivo por el que alguien habría querido matar a Angella Benton.

Al día siguiente nos separamos para que cada detective pudiera visitar un escenario de producción y llevar a cabo las entrevistas. Edgar se ocupó de la serie de televisión que se rodaba en Valencia. Se trataba de una comedia dirigida a las familias acerca de una pareja con un hijo que conspira para que sus padres no tengan más descendencia. Rider se ocupó de la producción de la película que se rodaba cerca de su casa, en Santa Mónica. Era una historia acerca de un hombre al que creen autor de una felicitación de San Valentín anónima enviada a una bella compañera de trabajo y cómo el subsiguiente idilio se construye sobre una mentira que crece en su interior como un cáncer. Yo me ocupé de la segunda producción cinematográfica, que estaba rodándose en Hollywood. Se trataba de una cinta de acción acerca de una ladrona que roba un maletín con dos millones de dólares en su interior sin saber que el dinero pertenece a la mafia.

Yo lideraba el equipo en mi calidad de detective de grado tres. Como tal, tomé la decisión de no informar a Taylor ni a ninguno de los directivos de su empresa de que íbamos a visitar los escenarios de rodaje. No quería que la noticia de nuestra visita nos precediera. Simplemente nos dividimos las localizaciones y a la mañana siguiente cada uno de nosotros llegó sin anunciarse y utilizó el poder que da una placa para abrir puertas.

Lo que ocurrió la mañana siguiente poco después de mi llegada al set está bien documentado. En ocasiones repaso los movimientos de la investigación y lamento no haberme presentado allí un día antes. Creo que habría oído a alguien mencionar el dinero y que habría atado cabos. Pero lo cierto es que llevamos a cabo la investigación de manera apropiada. Realizamos los movimientos adecuados en el momento oportuno. No me arrepiento de nada.

La cuestión es que, después de esa cuarta mañana, me retiraron la investigación. La División de Robos y Homicidios desembarcó y se quedó con el caso. Jack Dorsey y Lawton Cross se ocuparon de él. Era el guión preferido de robos y homicidios: películas, dinero y un asesinato. Pero no llegaron a ninguna parte, pasaron a otras investigaciones y un día entraron a Nat's a comerse un sandwich. Puede decirse que el caso murió con Dorsey. Cross sobrevivió, pero nunca llegó a recuperarse. Salió de un coma de seis semanas sin recordar nada del tiroteo y sin sensibilidad alguna del cuello para abajo. Una máquina respiraba por él y en el departamento fueron muchos los que consideraron que su suerte había sido peor que la de Dorsey, porque sobrevivió pero ya no estaba viviendo de verdad.

Entretanto, el caso de Angella Benton iba acumulando polvo. Todo lo que Dorsey y Cross habían tocado estaba contaminado por su desgracia. Maldito. Nadie volvió a investigar la muerte de Benton. Cada seis meses un detective de robos y homicidios sacaba el expediente, le quitaba el polvo y escribía «Sin novedad» y la fecha en el registro de la investigación. Después volvía a colocarlo en su sitio hasta la siguiente vez. Es lo que en el Departamento de Policía de Los Ángeles se llama diligencia debida.

Habían pasado cuatro años y yo me había retirado. Supuestamente estaba acomodado. Tenía una casa sin hipoteca y un coche que había pagado al contado. Cobraba una pensión que cubría más de lo que necesitaba cubrir. Era como estar de vacaciones. Sin trabajo, sin preocupaciones, sin problemas. Pero me faltaba algo y no podía negármelo a mí mismo. Vivía como un músico de jazz que espera su concierto. Me quedaba despierto hasta muy tarde, mirando las paredes y bebiendo demasiado vino tinto. Una de dos, o empeñaba mi instrumento o buscaba un lugar donde tocar.

Y entonces recibí la llamada de Lawton Cross. Al final, la noticia de que me había retirado había llegado hasta él. Le pidió a su mujer que me llamara y ella le sostuvo el auricular para que pudiera hablar conmigo.

– Harry, ¿piensas alguna vez en Angella Benton?

– Siempre -le dije.

– Yo también, Harry. Estoy recuperando la memoria, y pienso mucho en ese caso.

Y con eso bastó. Cuando me había ido por última vez de la comisaría de Hollywood, pensé que había tenido suficiente, que ya había caminado alrededor de mi último cadáver, que había conducido mi última entrevista con alguien que sabía que era un mentiroso. Pero de todos modos salí con una caja llena de archivos: copias de mis casos abiertos en los doce años que llevaba investigando los homicidios de Hollywood.

El expediente de Angella Benton estaba en esa caja. No tenía necesidad de abrirlo para recordar los detalles, para recordar el aspecto de su cuerpo en el suelo de baldosas, expuesto y violado. Todavía me subyugaba. Me laceraba el hecho de que ella se hubiera perdido en los fuegos artificiales que vinieron después, me dolía pensar que su vida no había tenido importancia hasta que se robaron dos millones de dólares.

Yo nunca había cerrado el caso. Los peces gordos me lo habían arrebatado antes de que pudiera hacerlo. Así era la vida en el departamento. Pero eso era entonces. La llamada de Lawton Cross lo cambió todo. Terminó con mis largas vacaciones y me dio un trabajo.

3

Ya no llevaba placa, sin embargo, todavía conservaba un millar de hábitos e instintos que van con la placa. Como un ex fumador cuya mano va a buscar en el bolsillo de la camisa el paquete que ya no está, yo me descubría constantemente buscando de algún modo la seguridad de la placa. Durante casi treinta años de mi vida había formado parte de una organización que promovía el aislamiento, que cultivaba la ética del nosotros contra ellos. Había participado del culto a la religión azul y de la noche a la mañana estaba fuera, excomulgado, formaba parte del mundo exterior.