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– Lo quieres mucho, ¿verdad? -preguntó Ryan, conmovida por el relato de la exuberante pelirroja.

– Es mi mejor amigo -contestó Bess sin más. Luego sonrió por encima de la copa-. Me dejaron entrar en su pequeño club cuando tenía diez años. Recuerdo que al principio Link me daba mucho miedo. Nada más verlo, trepaba a un árbol. Lo llamábamos el Monstruo. -Los niños pueden ser muy crueles.

– Mucho. Pero, bueno, el caso es que justo cuando pasaba debajo de mí, la rama se rompió y me caí. Él me agarró al vuelo -Bess se inclinó hacia adelante y apoyó la barbilla sobre las manos-. Nunca lo olvidaré. Pensaba que me iba a matar y, de pronto, Link me había salvado. Levanté la cara para mirarlo. Estaba dispuesta a soportar sus gritos, a que se vengara por todas las veces que me había burlado de él. Entonces se rió. Me enamoré al instante.

Ryan estuvo a punto de atragantarse con el champaña. La mirada soñadora de Bess no dejaba lugar a mal interpretaciones.

– ¿Tú…? ¿Link y tú?

– La verdad es que yo sola -dijo Bess con una sonrisa de resignación-. Llevo veinte años loca por ese grandullón, pero él sigue viéndome como la pequeña Bess. Y eso que mido metro ochenta y cinco. Pero me lo estoy trabajando -añadió guiñándole un ojo a Ryan.

– Yo creía que Pierce y tú… -arrancó ésta, para dejar la frase en el aire.

– ¿Pierce y yo? -Bess soltó una de sus sonoras risotadas e hizo que varias cabezas se giraran hacia ella-. ¿Me tomas el pelo? Sabes demasiado del mundo del espectáculo como para hacer un emparejamiento así. ¿Acaso crees que soy el tipo de Pierce?

– No sé, yo… -Ryan se encogió de hombros, ligeramente abochornada por lo disparatada que le había parecido a Bess que la hubiese tomado por la pareja de Pierce-. En realidad no se me ocurre cuál puede ser el tipo de Pierce -añadió y Bess se echó a reír de nuevo.

– Una idea ya te harás -comentó ésta después de dar un sorbo a su copa-. En fin, la cosa es que siempre fue un chico tranquilo, un chico… concentrado, como metido en su mundo. Y tenía carácter, ¡vaya si lo tenía! Puso tantos ojos morados como le habían puesto a él durante su infancia. Pero con los años, poco a poco, fue controlándose. Era evidente que había decidido no seguir los pasos de su padre. Y ya digo: cuando a Pierce se le mete algo en la cabeza, no para hasta conseguirlo.

Ryan recordó la agresividad que había detectado en Pierce, la violencia que había captado en sus ojos, y empezó a comprender.

– A los nueve años, calculo que fue a los nueve, tuvo un accidente -Bess dejó la copa y frunció el ceño-. Al menos eso dijo él, que fue un accidente. Se cayó rodando por un tramo de escaleras. Todos sabían que alguien lo había empujado, pero él nunca dijo quién había sido. Creo que no quería que Link hiciese algo que pudiese haberlo metido en líos. La caída le provocó una lesión de espalda. Los médicos creían que no podría volver a andar.

– ¡No!

– Sí -Bess dio otro sorbo-. Pero Pierce dijo que andaría. Que correría siete kilómetros todos los días.

– Siete kilómetros -repitió Ryan.

– Se lo puso como objetivo. Se tomaba las sesiones de rehabilitación como si su vida dependiera de ello. Puede que lo hiciera -añadió Bess con aire pensativo-. Sí, puede que lo hiciera. Trabajó duro. Se pasó seis meses en el hospital.

– Entiendo -Ryan recordó a Pierce en la sala de pediatría, entregándose a los niños, hablando con ellos, haciéndolos reír… Ofreciéndoles su magia.

– Mientras estaba ingresado, una de las enfermeras le regaló un juego de trucos de magia. Ahí empezó todo -Bess brindó contra la copa de Ryan-. Un juego de cinco dólares. Fue como si Pierce hubiese estado esperando ese regalo, o como si el regalo lo hubiese estado esperando a él. Cuando salió del hospital, sabía hacer cosas con las que un montón de magos profesionales tenían dificultades. Lo llevaba en la sangre -finalizó con tanto amor como orgullo.

Ryan se imaginó a Pierce de pequeño, un chico solitario y atormentado en un hospital, totalmente concentrado con el juego de magia, perfeccionando, practicando, descubriendo.

– Era increíble: una vez fui a visitarlo y prendió la sábana de su cama -continuó Bess sonriente. Ryan puso cara de espanto-. Te juro que la vi ardiendo. Pero Pierce le dio una palmadita contra el colchón y la hizo desaparecer. No había fuego por ninguna parte. La sábana estaba intacta: ni quemadura ni agujero ni olor a humo. Ese diablillo consiguió asustarme -añadió.

Ryan se sorprendió riéndose, a pesar de la odisea que Pierce debía de haber sufrido. Pero había vencido. Se había sobrepuesto a todas las adversidades.

– Por Pierce -dijo y levantó la copa.

– Por Pierce -Bess completó el brindis y apuró el champán que le quedaba-. Se marchó del orfanato a los dieciséis años. Lo eché de menos una barbaridad. Creí que nunca más volvería a verlos, ni a Link ni a é1. Puede que fueran los dos años más solitarios de mi vida. Hasta que entonces, un día, estaba trabajando en un restaurante en Denver y entró. No sé cómo me localizó, nunca me lo ha dicho; pero entró y me dijo que dimitiera, que iba a trabajar para él

– ¿Así sin más? -preguntó Ryan.

– Así sin más.

– ¿Y qué le dijiste?

– No dije nada. Era Pierce -Bess sonrió e hizo una seña a la camarera para pedir más champán-. Dejé el restaurante. Nos echamos a la carretera. Bebe un poco, cariño, te llevo una de ventaja.

Ryan la contempló unos segundos, luego obedeció y se terminó la copa de un trago. No todos los hombres podían ganarse una lealtad tan inquebrantable de una mujer con carácter como Bess.

– No suelo tomar más de dos -comentó apuntando al cocktail.

– Esta noche sí -decidió Bess antes de continuar-. Siempre bebo champán cuando me pongo sentimental. No te creerías algunos de los lugares en los que actuamos aquellos primeros años… Fiestas de niños, despedidas de soltero, en fábricas. Nadie como Pierce para manejar un grupo revoltoso. Le basta mirar a quien sea para captar su atención; luego se saca una bola de fuego del bolsillo y lo deja mudo.

– Me lo creo -dijo Ryan y se rió imaginando la escena-. Para mí que ni siquiera le hace falta la bola de fuego.

– Exacto -contestó Bess complacida-. Lo cierto es que él siempre tuvo claro que triunfaría, y nos embarcó a Link y a mí en el viaje. No tenía por qué haberse ocupado de nosotros. Pero es así, no puede evitarlo. No deja que se le acerquen muchas personas, pero cuando te hace un hueco en su vida, eres su amigo para siempre. Link y yo no podremos seguir su ritmo de trabajo nunca, pero eso a él le da igual. Somos sus amigos -finalizó bajando la mirada hacia la copa.

– Creo que Pierce escoge muy bien a sus amigos -dijo Ryan con cautela y se ganó una sonrisa radiante de Bess.

– Eres una mujer encantadora, Ryan. Y una dama. Pierce es la clase de hombre que necesita a una dama a su lado.

De repente, a Ryan le resultó interesantísimo el color de su bebida:

– ¿Por qué dices eso? -preguntó desviando la mirada hacia abajo.

– Porque tiene clase, siempre la ha tenido. Necesita a una mujer con estilo y que sea tan cariñosa como él.

– ¿Es cariñoso, Bess? -Ryan levantó la vista y miró a Bess a los ojos-. A veces parece tan… distante.

– ¿Sabes de dónde salió la gata ésa que tiene? -preguntó Bess tras negar con la cabeza-. Alguien la atropelló y la dejó herida a un lado de la carretera. Pierce volvía de viaje después de una semana de actuaciones en San Francisco. Se paró y llevó a la gata al veterinario. Eran las dos de la mañana y no paró hasta despertar al veterinario y hacer que operase a una gata abandonada. Le costó trescientos dólares. Me lo dijo Link. ¿A cuánta gente conoces que haría algo así? -finalizó al tiempo que sacaba otro cigarro.

Ryan miró a Bess fijamente.