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– Pero yo quería seguir jugando -protestó ella, mirando hacia atrás, hacia la mesa que acababan de dejar.

– No por esta noche.

Ryan soltó un suspiro de resignación y volcó el contenido del bolso frente a la caja. Junto a las monedas aparecieron un peine, una barra de labios y un penique aplanado por la rueda de un tren.

– Me trae suerte -comentó ella cuando Pierce lo levantó para examinarlo.

– Así que supersticiosa -murmuró él-. Me sorprende usted, señorita Swan.

– No es superstición -replicó Ryan mientras guardaba los billetes en el bolso a medida que el cajero los contaba-. Simplemente, me da buena suerte.

– Ah, eso ya es distinto -dijo él en broma.

– Me caes bien, Pierce -Ryan le rodeó un brazo-. Creo que tenía que decírtelo.

– ¿De veras?

– Sí -respondió ella con firmeza. Eso podía decírselo, pensó mientras se dirigían a los ascensores. No era arriesgado y sí totalmente cierto. Lo que no le diría era lo que Bess había comentado de pasada. ¿Cómo iba a estar enamorada? Decirle algo así sería demasiado peligroso. Y, sobretodo, no tenía por qué ser verdad. Aunque… aunque mucho se temía que sí lo era-. ¿Yo te caigo bien? -le preguntó, girándose sonriente hacia él, cuando las puertas del ascensor se cerraron.

– Sí, Ryan -Pierce le acarició la mejilla con los nudillos-. Me caes bien.

– No estaba segura -dijo ella al tiempo que se le acercaba un pasito. Pierce sintió un cosquilleo por el cuerpo-. Como estabas enfadado conmigo…

– No estaba enfadado contigo -contestó él.

Ryan no dejaba de mirarlo. Pierce tenía la sensación de que el aire se estaba cargando, como cuando se cerraban los cerrojos de un baúl estando él dentro. El corazón se le disparó, pero, gracias a su capacidad y al control que había logrado ejercer sobre su mente, consiguió serenarse. No volvería a tocarla.

Ryan advirtió una chispa en los ojos de Pierce. Deseo. Ella también sintió calor bajo el estómago. Pero, sobre todo, tuvo ganas de acariciarlo, de mimarlo. Aunque él no fuese consciente, después de la conversación con Bess conocía lo mucho que Pierce había sufrido y quería darle algo, consolarlo. Levantó una mano con intención de posarla sobre su mejilla, pero él la detuvo, sujetándole los dedos al tiempo que la puerta del ascensor se abría.

– Debes de estar cansada -acertó a decir él con voz ronca mientras guiaba a Ryan al pasillo que daba a la suite.

– No -Ryan rió. Le gustaba sentir que tenía cierto poder sobre Pierce. Aunque sólo fuera un poco, Pierce le tenía algo de miedo. Lo notaba. Algo la animó a provocarlo; no sabía si el champán, el sabor del éxito o saber que Pierce la deseaba-. ¿Tú estás cansado? -le preguntó cuando él abrió la puerta de la suite.

– Es tarde.

– No, nunca es tarde en Las Vegas. Aquí el tiempo no existe. No hay relojes -Ryan dejó el bolso sobre una mesa y se estiró. Luego se levantó el pelo y lo dejó caer resbalando entre sus dedos-. ¿Cómo puede ser tarde si no sabes qué hora es?

– Será mejor que te acuestes -Pierce miró hacia los papeles que había sobre una mesa-. Además, tengo que trabajar.

– Trabaja demasiado, señor Atkins -respondió Ryan al tiempo que se quitaba los zapatos-. La señorita Swan emitirá un informe favorable de usted -añadió justo antes de echarse a reír.

El cabello le bailaba sobre los hombros y tenía las mejillas encendidas. Los ojos también le brillaban, chispeantes, vivos, seductores. La mirada de Ryan indicaba que los pensamientos de Pierce no eran ningún secreto para ella. El deseo lo azotaba, pero Pierce aguantó en silencio.

– Aunque a ti te gusta la señorita Swan… A mí no siempre -continuó Ryan. Se dejó caer sobre el sofá y agarró uno de los papeles que había en la mesa. Estaba lleno de dibujos, flechas y notas que no tenían el menor sentido para ella-. Explícame qué significa todo esto.

Pierce se acercó a Ryan. Se dijo que sólo lo hacía para impedir que revolviera en sus papeles.

– Es demasiado complicado -murmuró mientras le quitaba de la mano el papel y lo volvía a colocar sobre la mesa.

– Soy una chica lista -Ryan le tiró del brazo hasta que lo tuvo sentado a su lado. Lo miró y sonrió-. ¿Sabes? La primera vez que te miré a los ojos creí que el corazón se me paraba. La primera vez que me besaste lo supe -añadió al tiempo que llevaba una mano hacia la mejilla izquierda de Pierce.

Éste le detuvo la mano de nuevo, consciente de lo cerca que estaba de rebasar el limite. Pero Ryan todavía tenía una mano libre y la utilizó para deslizar un dedo por la pechera de su camisa hasta llegar al cuello.

– Ryan, deberías acostarte.

Podía oír el deseo velado en el tono rugoso de su voz. Podía sentir el pulso acelerado de Pierce bajo la yema del dedo. Su propio corazón empezó a desbocarse hasta acompasar el ritmo con el de él.

– Nadie me había besado así nunca -murmuró Ryan justo antes de dirigir los dedos hacia el botón superior de la camisa. Lo desabrochó y lo miró a los ojos-. Nadie me había hecho sentirme así. ¿Hiciste magia, Pierce? -preguntó después de desabrocharle los dos siguientes botones.

– No -Pierce levantó el brazo para frenar la curiosidad de aquellos dedos que lo estaban volviendo loco.

– Yo creo que sí -Ryan se giró y le dio un mordisquito delicado en el lóbulo de la oreja-. Sé que hiciste magia -añadió con un susurro que no hizo sino avivar el deseo que estaba gestándose en las entrañas de Pierce. Echaba chispas y estaba a punto de explotar. La agarró por los hombros y empezó a apartarla, pero Ryan posó las manos sobre su torso desnudo. Luego dejó caer la boca sobre su cuello. Pierce apretó los puños tratando de ganarla batalla intestina que estaba librando contra el deseo.

– Ryan… ¿qué intentas hacer? -preguntó, incapaz de serenar su ritmo cardiaco a pesar de su experiencia en controlar la mente.

– Intento seducirte -respondió con descaro ella mientras llevaba la boca hacia el pecho de Pierce-. ¿Lo estoy haciendo bien?

Ryan bajó las manos hacia las costillas y viró luego hacia el centro. Notar la excitación de Pierce la envalentonó.

– Sí, lo estás haciendo muy bien -admitió él casi sin aliento.

Ryan soltó una risotada. Fue un sonido gutural, casi burlón, que aumentó las palpitaciones de Pierce. Aunque él no la tocaba, ya no se resistía; ya no era capaz de seguir poniéndole freno. Sus manos lo acariciaban con libertad mientras le lamía provocativamente el lóbulo de la oreja.

– ¿Estás seguro? Quizá estoy haciendo algo mal -susurró Ryan al tiempo que le bajaba la camisa de los hombros. Trazó un reguero de besos hasta su barbilla y luego apoyó los labios fugazmente sobre la boca de Pierce-. Quizá no te gusta que te toque así… o así -añadió después de bajar el dedo hasta el cinturón de los vaqueros y, luego, tras darle un mordisquito en el labio inferior sin dejar de mirarlo a los ojos.,

No, se había equivocado. Eran negros: tenía los ojos negros, no grises. El deseo la consumía hasta tal punto que temía acabar devorada por él. ¿Cómo podía sentir un deseo tan intenso?, ¿tan potente como para que el cuerpo entero le doliese y vibrase y amenazase con estallar?

– Te deseé cuando bajaste del escenario esta noche -murmuró ella-. Allí mismo, cuando todavía me medio creía que eras un hechicero más que un hombre. Y ahora… ahora que sé que eres un hombre te deseo todavía más. Claro que quizá tú no me desees. Quizá no te excito -añadió para provocarlo. Lo miró fijamente a los labios y luego alzó la vista para encontrarse de nuevo con los ojos de Pierce.

– Ryan -dijo éste. Había perdido por completo la capacidad de controlar la cabeza, el pulso o la concentración. Había perdido hasta la voluntad por recuperar el control-. Ten cuidado. Si sigues así, no voy a poder aguantar más. De un momento a otro no habrá vuelta atrás.