El tono cortante y distanciado de la respuesta lo obligó a apretar los dientes. ¿Podía haberse equivocado tanto?, ¿tan poco había significado para ella la noche que habían pasado juntos?
– ¿Esta mañana? -preguntó Pierce con la misma indiferencia-. ¿Y eso?
– Creo que ya me he hecho una idea suficientemente aproximada de cómo trabajas y de lo que necesitarás para los especiales de televisión -contestó Ryan sin dejar de mirarse al espejo-. Conviene que vaya ocupándome de las gestiones preliminares y ya fijaremos una cita cuando vuelvas a California. Me pondré en contacto con tu agente.
Pierce se tragó las palabras que habría deseado decir. Él nunca ataba a nadie. Al único al que encadenaba era a sí mismo.
– Si es lo que quieres.
Ryan guardó el neceser.
– Los dos tenemos trabajo que hacer. El mío está en Los Ángeles; el tuyo, de momento, aquí -dijo mientras se giraba al armario.
Pierce la detuvo poniéndole una mano sobre el hombro. La retiró al instante al notar que se ponía tensa.
– Ryan, ¿te he hecho daño?
– ¿Daño? -repitió ella camino del armario. Se encogió de hombros, pero Pierce no pudo ver la expresión de sus ojos-. ¿Cómo ibas a hacerme daño?
– No lo sé -contestó él hablándole a la espalda. Ryan estaba sacando la ropa para hacer la maleta, pero Pierce la obligó a darse la vuelta-. Pero te lo he hecho. Te lo veo en los ojos -añadió cuando por fin pudo mirarla.
– Olvídalo -dijo Ryan-. Yo lo haré -agregó. Hizo ademán de retirarse, pero Pierce la sujetó con firmeza.
– No puedo olvidarme de algo si no sé de qué se trata -contestó. Aunque no apretaba con fuerza, el tono de voz mostraba que estaba irritado-. Ryan, ¿qué pasa? Dímelo.
– Déjalo, Pierce.
– No.
Ryan trató de soltarse de nuevo, pero Pierce siguió reteniéndola. Se dijo que debía mantenerse calmada…
– ¡Me has abandonado! -explotó y tiró la ropa al suelo. Fue un estallido tan inesperado que Pierce se quedó mirándola atónito, incapaz de articular palabra-. Me he despertado y te habías ido, sin decirme una palabra. No estoy acostumbrada a tener aventuras de una noche -añadió y los ojos de Pierce se encendieron.
– Ryan…
– No, no quiero oírlo -se adelantó ella, negando con la cabeza vigorosamente-. Esperaba otra cosa de ti. Me he equivocado. Pero no importa. Una mujer como yo no necesita que la traten como a una reina. Soy experta en sobrevivir. ¡Y suéltame! Tengo que hacer la maleta -dijo tras intentar zafarse una vez más, en vano.
– Ryan -Pierce la atrajo contra su cuerpo todavía más, a pesar de las protestas de ella. Era obvio que se sentía dolida y que él no era el origen de aquel dolor tan profundo-. Lo siento.
– Quiero que me sueltes, Pierce.
– Si lo hago, no me escucharás -contestó él al tiempo que le acariciaba el pelo, todavía húmedo por la ducha-. Necesitó que me escuches.
– No hay nada que decir -dijo Ryan con la voz quebrada.
Parecía como si estuvieran a punto de saltársele las lágrimas. Pierce se sintió culpables ¿Cómo podía haber sido tan obtuso?, ¿cómo no se había dado cuenta de lo importante que podía ser para ella despertar sola?
– Ryan, tengo mucha experiencia en aventuras de una noche -dijo él. La había apartado lo justo para poder mirarla a los ojos-. Y lo de anoche no ha sido una aventura para mí.
Ella negó con la cabeza con fiereza, luchando por mantener la compostura.
– No hace falta que seas diplomático.
– Yo nunca miento -afirmó Pierce al tiempo que subía las manos hacia los hombros de ella-. Lo que hemos compartido esta noche significa mucho para mí.
– Cuando desperté, te habías ido -Ryan tragó saliva y cerró los ojos-. La cama estaba fría.
– Lo siento. Bajé a pulir un par de detalles antes de la actuación de esta noche.
– Si me hubieras despertado…
– No se me ocurrió, Ryan -dijo él con serenidad-. Como no imaginé que te afectaría tanto despertar sola. Pensaba que seguirías durmiendo un buen rato, además. El sol ya estaba saliendo cuando te dormiste.
– Estuviste despierto hasta la misma hora que yo -replicó ella. Intentó liberarse de nuevo-. ¡Pierce, por favor…! Suéltame -finalizó en voz baja después de un primer grito desesperado.
Pierce bajó las manos y la miró mientras recogía la ropa del suelo.
– Ryan, yo nunca duermo más de cinco o seis horas. No necesito más -trató de explicarse. ¿Era pánico lo que estaba sintiendo al verla doblar una blusa en una maleta?-. Pensaba que te encontraría dormida cuando volviese.
– Eché la mano hacia ti -dijo Ryan sin más-. Y te habías ido.
– Ryan…
– No, no importa -Ryan se llevó las manos a las sienes, apretó un par de segundos y exhaló un suspiro profundo-. Perdona. Me estoy comportando como una idiota. Tú no has hecho nada, Pierce. Soy yo. Siempre me hago demasiadas expectativas y luego me vengo abajo cuando no se cumplen. No pretendía montarte una escena. Olvídalo, por favor -añadió mientras volvía a ponerse con la maleta.
– No quiero olvidarlo -murmuró Pierce.
– Me sentiría menos tonta si supiera que lo haces -dijo ella, tratando de imprimir un toque de buen humor a su voz-. Atribúyelo a la falta de sueño o a que me he levantado con el pie izquierdo. De todos modos, tengo que volver a Los Ángeles. Tengo mucho trabajo.
Pierce había visto las necesidades de Ryan desde el principio: su respuesta a las atenciones caballerosas, la alegría de recibir una flor de regalo. Por mucho que se esforzara por no serlo, era una mujer emocional y romántica. Pierce se maldijo para sus adentros pensando lo vacía que se habría sentido al despertar sola después de la noche que habían pasado juntos.
– Ryan, no te vayas -1e pidió. Le costaba mucho hacer algo así. Él nunca le insistía a una mujer para que se quedara a su lado.
La mano de Ryan pareció dudar, suspendida sobre los cierres de la maleta. Al cabo de un segundo, la cerró, la dejó en el suelo y se giró:
– Pierce, no estoy enfadada, de verdad. Puede que un poco abochornada -reconoció con una sonrisa débil-. Pero, en serio, tengo que volver y poner en marcha un montón de cosas. Puede que haya un cambio de fechas y…
– Quédate -1a interrumpió, incapaz de contenerse-. Por favor.
Ryan se quedó callada un momento. Algo en la mirada de Pierce le hizo un nudo en la garganta. Sabía que le estaba costando pedirle que no se fuera. De la misma forma que a ella iba a costarle preguntar:
– ¿Por qué?
– Te necesito -Pierce respiró profundamente tras realizar lo que para él suponía una confesión asombrosa-. No quiero perderte.
– ¿De verdad te importa? -Ryan dio un paso adelante.
– Sí, claro que me importa.
Ryan esperó un segundo, pero no fue capaz de convencerse para darse la vuelta y salir de la habitación.
– Demuéstramelo -le dijo.
Pierce se acercó a Ryan y la estrechó con fuerza entre los brazos. Ésta cerró los ojos. Era justo lo que necesitaba: que la abrazaran, simplemente que la abrazaran. Apoyó la mejilla contra el muro firme de su torso y disfrutó del calor del abrazo. Sabía que la estaba sujetando como si tuviese entre las manos algo precioso. Frágil, le había dicho Pierce. Por primera vez en la vida, quería serlo.
– Lo siento. He sido una idiota.
– No -Pierce le levantó la barbilla con un dedo, sonrió y la besó-. Eres muy dulce. Pero no te quejes cuando te despierte después de cinco horas de sueño bromeó.
– Jamás -contestó ella riéndose antes de rodearle el cuello con las manos-. Bueno, quizá me queje un poquito:
Ryan sonrió, pero, de pronto, los ojos de Pierce la miraban con seriedad. Éste le colocó una mano en la nuca antes de bajar la boca sobre la de ella.
Fue como la primera vez: la misma ternura, esa presión de terciopelo capaz de inflamarle la sangre. Se sentía absolutamente impotente cuando la besaba de ese modo, incapaz de abrazarlo con más fuerza, incapaz de pedirle nada más. Sólo podía dejar que Pierce siguiera besándola a su ritmo.