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La noche de la última actuación Ryan se vistió con esmero. Quería que fuese una velada especial. Champaña, decidió mientras se metía en un vestido vaporoso con un arco iris de matices. Llamaría al servicio de habitaciones y pediría que subieran champán a la suite después del espectáculo. Tenían una última y larga noche para disfrutar juntos antes de que el idilio finalizase.

Ryan se examinó con atención en el espejo. El vestido tenía transparencias y era mucho más atrevido, advirtió, de lo que solía ser su estilo. Pierce diría que era más propio de Ryan que de la señorita Swan, pensó y sonrió. Tendría razón, como siempre. En ese momento, no se sentía en absoluto como la señorita Swan. Ya habría tiempo de sobra a partir del día siguiente para los trajes de negocios.

Se echó unas gotitas de perfume en las muñecas y luego otra más al hueco entre ambos pechos.

– Ryan, si quieres que cenemos antes de la actuación, vas a tener que darte prisa. Son casi… -Pierce enmudeció al entrar en la habitación. Se paró a contemplarla. El vestido flotaba por aquí, se ceñía allá, ajustándose seductoramente a sus pechos.

– Estás preciosa -murmuró, sintiendo un cosquilleo por la piel que empezaba a resultarle familiar-: Como si fueras la protagonista de un sueño.

Cuando le hablaba así, el corazón se le derretía y el pulso se le disparaba al mismo tiempo.

– ¿De un sueño? -Ryan avanzó hacia Pierce y entrelazó las manos tras su nuca-. ¿En qué clase de sueño te gustaría verme?, ¿podrías hacer un hechizo para encontrarnos en sueños? -añadió justo antes de darle un beso en una mejilla y luego en otra.

– Hueles a jazmín -Pierce hundió la cara en el cuello de Ryan. Pensó que jamás había deseado nada ni a nadie tanto en toda su vida-. Me vuelve loco.

– Hechizos de mujer -dijo ella, ladeando la cabeza para ofrecer más libertad a la boca-: Para encantar al encantador.

– Pues funciona.

– ¿No fue el hechizo de una mujer lo que terminó perdiendo a Merlín? -Ryan se apretó un poco más.

– ¿Has estado documentándote? -le susurró Pierce al oído-. Ten cuidado: llevo más tiempo que tú en el negocio… y no es aconsejable enredarse con un mago añadió después de posar los labios sobre los de ella.

– Creo que me arriesgaré -Ryan le acarició el pelo de la nuca-. Me gustan los enredos.

Pierce sintió un tremendo poder… y una tremenda debilidad. Siempre le pasaba igual cuando la tenía entre sus brazos. Pierce la apretó contra el pecho y Ryan no opuso resistencia. Tenía muchas cosas que ofrecerle, pensó ella. Muchas emociones que brindarle o reprimir. Nunca estaba segura de la opción por la que Pierce se decantaría en cada momento. Por otra parte, ella tampoco era un libro abierto. Aunque lo amaba, no había llegado a pronunciar las palabras en voz altas Por más que su enamoramiento crecía día a día, no había sido capaz de decírselo.

– ¿Verás la actuación de esta noche con los tramoyistas? -le preguntó Pierce-. Me gusta saber que estás ahí cerca.

– Sí -Ryan echó la cabeza hacia atrás y sonrió. No era frecuente que le pidiese nada-. Uno de estos días acabaré pillándote algún truco. Ni siquiera tu mano va a ser siempre más rápida que el ojo.

– ¿No? -Pierce sonrió. Lo divertía el empeño constante de Ryan por descubrir sus trucos-. En cuanto a la cena… -arrancó al tiempo que le bajaba la cremallera del vestido. Empezaba a preguntarse qué llevaría debajo. Si por él fuera, el vestido estaría en el suelo en un abrir y cerrar de ojos.

– ¿Qué pasa con la cena? -preguntó Ryan haciéndose la inocente, pero con un brillo pícaro en la mirada.

Pierce maldijo al oír que llamaban a la puerta.

– ¿Por qué no conviertes en un sapo al que se haya atrevido a interrumpirnos? -le sugirió Ryan. Luego suspiró y apoyó la cabeza sobre un hombro de Pierce-. No, supongo que sería poco cortés.

– Pues a mí no me parece mal -contestó él y Ryan soltó una risotada.

– Yo contesto. Me remordería la conciencia haberte dado la idea -dijo. Al ver que Pierce se abrochaba el botón superior de la camisa, Ryan enarcó una ceja-. No olvidarás lo que estabas pensando mientras lo echo, ¿no?

– Tengo muy buena memoria -dijo Pierce sonriente. Luego la soltó y la miró caminar hacia la puerta. El vestido no había sido elección de la señorita Swan, decidió, como confirmando lo que Ryan había pensado mientras se vestía.

– Un paquete para usted, señorita Swan.

Ryan aceptó la cajita, envuelta con papel de regalo, y la tarjeta que le entregó el mensajero.

– Gracias.

Después de cerrar la puerta, dejó el paquete sobre una mesa y abrió el sobre de la tarjeta. La nota era breve estaba escrita a máquina:

Ryan:

Conforme con tu informe. A falta de una revisión exhaustiva cuando vuelvas. Reunión dentro de una semana a partir e hoy. Feliz cumpleaños.

Tu padre

Ryan leyó la nota dos veces. Luego miró hacia el paquete. No podía olvidarse de su cumpleaños, pensó mientras pasaba los ojos sobre las letras mecanografiadas una tercera vez. Bennett Swan siempre cumplía. Ryan sintió una punzada de ira, de desaliento, de impotencia. Con todas las emociones que la hija única de los Swan arrasaba desde pequeña.

¿Por qué?, se preguntó. ¿Por qué no había esperado su padre a darle algo en persona? ¿Por qué le había enviado una nota impersonal, que parecía un telegrama, y un detallito que seguro que habría elegido su secretaria? ¿Por qué no le podía haber dicho simplemente que la quería?

– ¿Ryan? -Pierce la llamó desde la puerta del dormitorio. La había visto leer la nota y había visto la expresión de vacío de sus ojos-. ¿Malas noticias?

– No -contestó ella, negando rápidamente con la cabeza. Acto seguido, guardó la nota en el bolso-. No es nada. Vamos a cenar, Pierce: Estoy hambrienta -añadió tendiéndole una mano.

Ryan sonreía, pero el dolor que asomaba a sus ojos era inconfundible. Sin decir nada, Pierce tomó su mano.

Mientras salían de la suite, miró de reojo hacia el paquete, que no había llegado a abrir.

Tal como le había pedido, Ryan siguió la actuación con los tramoyistas. Había bloqueado cualquier pensamiento relacionado con su padre. Aquélla sería su última noche de total libertad y no estaba dispuesta a dejar que nada se la arruinase.

Era su cumpleaños, se recordó. Y lo iba a celebrar en privado. No se lo había dicho a Pierce, al principio por qué no se había acordado del cumpleaños hasta recibir la tarjeta de su padre y, en esos momentos, sería una tontería mencionarlo. Al fin y al cabo, tenía veintisiete años, ya era bastante adulta como para ponerse sentimental por el paso de un año.

– Has estado increíble, como siempre -1e aseguró a Pierce cuando éste salió del escenario, acompañado por una salva de aplausos atronadora-. ¿Cuándo vas a contarme cómo haces el último número?

– La magia, señorita Swan, no tiene explicación.

– Resulta que me he dado cuenta de que Bess está en el vestuario en estos momentos -contestó Ryan- y la pantera…

– Las explicaciones desilusionan -interrumpió Pierce. Luego le agarró una mano y la condujo a su propio camerino-. La mente es paradójica, señorita Swan.

– Ah, eso lo aclara todo -contestó con ironía Ryan, convencida de que Pierce no le explicaría nada.

Éste consiguió mantener cierta expresión de solemnidad mientras se quitaba la camisa.

– La mente quiere creer en lo imposible -continuó mientras se dirigía al baño-. Pero no lo consigue. Ahí está la clave de la fascinación. Si lo imposible no es posible, ¿cómo puede suceder delante de tus ojos y de tu nariz?