– Eso es lo que te estoy preguntando -protestó Ryan por encima del sonido de la ducha. Cuando Pierce salió, con una toalla colgada del hombro, Ryan lo miró con descaro-. Como productora, mi deber es…
– Producir -atajó él mientras se ponía una camisa limpia-. Yo me encargaré de los imposibles.
– Pero me da rabia no saberlo -murmuró con el ceño fruncido, aunque le abrochó los botones de la camisa ella misma.
– ¿Verdad que sí? -se burló Pierce, sonriente.
– Bah, no es más que un truco -dijo ella, encogiéndose de hombros, con la esperanza de irritarlo.
– Sólo eso -contestó Pierce sin perder la sonrisa.
Ryan suspiró. No le quedaba más remedio que aceptar la derrota.
– Supongo que estarías dispuesto a sufrir todo tipo de tortura antes de revelar tus secretos.
– ¿Estás pensando en alguna en especial?
Ryan rió y apretó la boca contra los labios de Pierce.
– Esto sólo es el principio -le prometió en tono amenazador-. Voy a llevarte arriba y te voy a volver loco hasta que hables.
– Interesante Pierce le pasó un brazo alrededor de los hombros y la condujo hacia el pasillo-. Es probable que el tema lleve su tiempo.
– No tengo prisa -respondió con alegría Ryan.
Llegaron a la planta de arriba, pero cuando Pierce fue a meter la llave en la cerradura de la suite, Ryan lo detuvo, sujetándole la mano:
– Es tu última oportunidad antes de que me ponga dura -le advirtió-. Pienso hacerte hablar.
Pierce se limitó a sonreír y abrió la puerta.
– ¡Feliz cumpleaños!
Los ojos de Ryan se agrandaron llenos de asombro. Bess, todavía con el vestido de la actuación, abrió una botella de champán y Link hizo lo que pudo por recoger en una copa el chorro que salió despedido. Ryan los miró incapaz de articular palabra.
– Felicidades -Pierce le dio un beso suave.
– Pero… -Ryan se separó para poder mirarlo- ¿cómo te has enterado?
– Toma -Bess le plantó una copa de champán en la mano y le dio un pellizquito cariñoso-. Bebe, cariño. Sólo se cumplen años una vez al año. Gracias a Dios. El champán lo pongo yo: una botella para ahora y otra para luego -añadió guiñándole un ojo a Pierce.
– Gracias -Ryan miró hacia su copa desconcertada-. No sé qué decir.
– Link también tiene algo para ti -anunció Bess.
El grandullón cambió el peso del cuerpo sobre la otra pierna al ver que todos los ojos se centraban en él.
– He traído una tarta -murmuró después de carraspear-: Tienes que tener una tarta de cumpleaños.
Ryan se acercó y vio una tarta decorada con amarillos y rosas delicados.
– ¡Es preciosa, Link!
– El primer trozo lo tienes que cortar tú -indicó él.
– Sí, sí, enseguida -Ryan se puso de puntillas, agachó la cabeza de Link y le dio un beso en la boca-. Gracias.
El gigantón se puso rojo, sonrió y miró a Bess ruborizado.
– De nada.
– Yo también tengo algo para ti -terció Pierce-. ¿Me darás otro beso? -le preguntó.
– Después del regalo.
– Qué avariciosa -bromeó él mientras le entregaba una cajita de madera.
Era vieja y estaba tallada. Ryan pasó un dedo por encima para sentir los sitios que el paso del tiempo había suavizado.
– Es muy bonita -murmuró. Luego abrió la caja y vio una cadena con un pequeño colgante de plata-. ¡Me encanta! -exclamó emocionada.
– Es egipcio -explicó Pierce mientras le ponía el collar-. Es un símbolo de vida. Y no es una superstición; sólo trae buena suerte -añadió con solemnidad.
Ryan recordó su penique aplanado y se lanzó en brazos de Pierce riendo.
– ¿Es que nunca te olvidas de nada?
– No. Y ahora me debes un beso.
Ryan accedió. Se olvidó incluso de que no estaban solos.
– Oye, que queremos probar la tarta -Bess pasó un brazo alrededor de la cintura de Link y sonrió cuando Ryan puso fin al beso.
– ¿Estará tan rica como parece? -se preguntó ésta en voz alta mientras agarraba un cuchillo para partir la tarta-. No sé el tiempo que hace que no pruebo una sarta de cumpleaños. Toma, el primer trozo para ti, Link.
Éste tomó el platito con la tarta y Ryan se chupó los dedos.
– Está buenísima -dijo mientras partía otro trozo-. No sé cómo te has enterado. Yo misma me había olvidado hasta que… ¡has leído la nota! -exclamó en tono acusador.
Pierce puso cara de no saber nada.
– ¿Qué nota?
Ryan resopló disgustada sin advertir que Bess le había quitado el cuchillo para seguir partiendo la tarta ella.
– Miraste en el bolso y leíste la nota.
– ¿Qué? -Pierce enarcó una ceja-. De verdad, Ryan, ¿crees que podría hacer algo tan indiscreto?
Se quedó pensativa unos segundos antes de responder:
– Sí.
Bess soltó una risilla mientras le entregaba una ración de tarta a Pierce.
– Los magos no necesitan rebajarse a meter mano en los bolsos de los demás para conseguir información.
Link soltó una risotada alegre que sorprendió a Ryan.
– ¿Lo dices por la vez que le quitaste la cartera del bolsillo a aquel hombre de Detroit? -le recordó a Pierce.
– ¿O por los pendientes de la mujer de Flatbush? -añadió Bess.
– ¿En serio hizo eso? -Ryan miró a Pierce, pero éste se limitó a meterse un trozo de tarta en la boca.
– Siempre lo devuelve todo al final del espectáculo -continuó Bess-. Pero suerte que no se decidiera por hacerse delincuente. Si es capaz de abrir los cerrojos de una caja fuerte desde dentro, imagínate de lo que sería capaz estando fuera.
– Fascinante -convino Ryan-. Contad más, contad.
– ¿Te acuerdas de cuando te fugaste de la cárcel ésa de Wichita, Pierce? -prosiguió Bess-. Sí, que te habían encerrado por…
– ¿No te apetece más champán? -interrumpió Pierce al tiempo que inclinaba la botella para llenarle la copa.
– Me habría encantado ver la cara del comisario al descubrir que la celda estaba vacía, con cerrojo y todo -añadió Link sonriente.
– ¿Te fugaste de una cárcel? -preguntó asombrada Ryan.
– Houdini lo hacía a menudo -Pierce le sirvió una copa de champán.
– Ya, pero lo ensayaba primero con los policías- Bess sonrió por la mirada con la que Pierce le contestó y cortó otro trozo de tarta para Link.
– Así que carterista y ex presidiario -dijo Ryan. Le hacía gracia la expresión incómoda que notaba en los ojos de Pierce. No solía verse en situaciones de ventaja con él y no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad-. ¿Algo más que deba saber?
– En mi opinión, ya sabes más de lo necesario -comentó Pierce.
– Sí -Ryan le dio un beso sonoro-. Y es el mejor cumpleaños que he tenido en la vida.
– Vamos, Link-. Bess levantó la botella medio vacía de champán-. Ya nos terminamos esto y la tarta por ahí. Que Pierce se las arregle como pueda para salir de ésta por su cuenta… Tendrías que contarle lo del comerciante aquél de Salt Lake City.
– Buenas noches, Bess -la despidió Pierce con paciencia y se ganó otra risotada de su ayudante.
– Feliz cumpleaños, Ryan -Bess le lanzó una sonrisa radiante a Pierce y sacó a Link de la suite.
– Gracias, Bess. Gracias, Link -Ryan esperó hasta que dos hubieron salido antes de girarse hacia Pierce-. Antes de ver lo del comerciante de Salt Lake City, ¿cómo te apañaste para acabar en la cárcel? preguntó con tono burlón, mirándolo por encima de la copa.
– Fue un malentendido.
– Eso dicen todos -Ryan enarcó una ceja-. Un malentendido con un marido celoso, ¿quizá?
– No, con un agente de policía al que no le sentó bien encontrarse atado a un taburete de un bar con sus propias esposas -Pierce se encogió de hombros-. No se mostró nada agradecido cuando lo solté.
– Me lo creo -dijo ella, conteniendo las ganas de echarse a reír.
– Fue una pequeña apuesta-explicó Pierce-. Y perdió él.