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– Ryan, ¡qué cosas más increíbles dices!

Ella levantó la cabeza. Se negaba a llorar delante de él.

– Es verdad, pero no lo repetiré delante de ti después de esta noche. Se te subiría a la cabeza -Ryan le acarició una mejilla con la palma. Luego posó la boca sobre sus labios-. Pero, por esta noche, que sepas que me gusta todo lo tuyo: me gusta cómo se te elevan las cejas por los extremos… y me gusta cómo firmas -añadió después de besarlo de nuevo.

– ¿Cómo qué?

– En los contratos -contestó ella sin dejar de darle besitos por la cara. Le dijo que era una firma muy elegante y notó una sonrisa en las mejillas de Pierce-. ¿Qué te gusta de mí? -le preguntó entonces.

– Que tienes buen gusto -respondió al instante-. Excelente.

Ryan le mordió el labio inferior, pero él la volteó y convirtió el castigo en un beso de lo más satisfactorio.

– Sabía que se te subiría a la cabeza -dijo con tono de fastidio-. Me duermo.

– Creo que no -Pierce buscó de nuevo la boca de Ryan.

Y, una vez más, tuvo razón.

Capítulo XI

Despedirse de Pierce fue de las cosas más difíciles que había hecho en toda su vida. Había estado a punto de desentenderse de todas sus obligaciones, de todas sus ambiciones, y pedirle que la dejara ir con él. ¿Qué eran las ambiciones, sino metas vacías, si no podía estar con Pierce? Había querido decirle que lo amaba y que lo único que importaba era que permaneciesen juntos.

Pero una vez en el aeropuerto, se había obligado a sonreír, le había dado un beso de adiós y se había marchado. Ella tenía que ir a Los Ángeles y él seguía ruta por la costa. El trabajo que los había unido también los mantendría separados.

En ningún momento habían llegado a hablar del futuro. Ryan se había dado cuenta de que Pierce no hablaba del mañana. Pero el hecho de que le hubiese hablado del pasado, por poco que fuera, le daba fuerzas. Era un paso, quizá más grande de lo que ninguno de los dos sabía.

El tiempo diría, pensó Ryan, si lo que habían compartido en Las Vegas crecería o terminaría desdibujándose hasta desaparecer. En ese momento, empezaban un periodo de espera. Ryan sabía que si Pierce se arrepentía, lo descubriría entonces, estando separados. La distancia no siempre acrecentaba el cariño. También permitía que la sangre y el cerebro se enfriaran. Las dudas tenían la manía de formarse cuando había tiempo para pensar. Cuando Pierce fuese a Los Ángeles a la primera de las reuniones, tendría la respuesta.

Ryan entró en su despachó, miró el reloj y tomó conciencia, a su pesar, de que el tiempo y los horarios volvían a formar parte de su mundo. Sólo hacía una hora que se había despedido de Pierce y ya lo echaba de menos una barbaridad. ¿Estaría él también pensando en ella justo en ese momento? Si se concentraba lo suficiente, ¿se daría cuenta Pierce de que estaba pensando en él? Ryan suspiró y se dejó caer sobre el asiento situado tras la mesa de despacho. Desde que estaba con Pierce, se había vuelto más permisiva con la imaginación. A veces, tenía que reconocerlo, creía incluso en la magia.

"¿Qué le ha pasado, señorita Swan?", se preguntó. Tenía que volver a poner los pies en la tierra, como correspondía. ¿Sería el amor lo que la tenía levitando? Ryan apoyó la barbilla sobre el cuenco de las manos. Cuando se estaba enamorada, nada era imposible.

¿Quién podía asegurar qué fuerzas misteriosas habían hecho que su padre enfermara y la hubiese mandado a ella al encuentro de Pierce?, ¿qué impulso oculto le había hecho elegir aquella carta fatídica de la baraja del Tarot? ¿Por qué había intentado resguardarse la gata de la tormenta justo por su ventana? Desde luego, existían explicaciones lógicas para cada uno de los pasos que habían ido llevándola hasta el momento en que se encontraba. Pero a las mujeres enamoradas no les gustaba la lógica.

Porque había sido mágico, pensó Ryan sonriente. Desde la primera vez que se habían cruzado sus miradas, lo había sentido. Simplemente, había necesitado algo de tiempo para aceptarlo. Toda vez que ya lo había hecho, ya sólo podía esperar y ver si duraba. No, se corrigió: no era momento para la pasividad; ella misma se encargaría de que aquella relación se consolidase. Si le requería paciencia, sería paciente. Si le exigía acción, tomaría la iniciativa. Pero haría funcionar la relación, aunque tuviera que inventarse su propio hechizo particular.

Ryan sacudió la cabeza y se recostó sobre el respaldo. En el fondo, no podía hacer nada hasta que Pierce volviese a irrumpir en su vida. Y para eso faltaba una semana. Mientras tanto, tenía trabajo pendiente. No podía echarse a dormir y aguantar en la cama a que pasaran los días. Tenía que llenarlo. Ryan abrió las notas que había ido tomando sobre Pierce Atkins y empezó a transcribirlas. Al cabo de menos de media hora, el interfono la interrumpió:

– Dime, Bárbara.

– El jefe quiere verte.

– ¿Ahora? -preguntó Ryan, mirando con el ceño fruncido el revoltijo de papeles que cubría su mesa.

– Ahora.

– De acuerdo, gracias.

Ryan maldijo en voz baja, apartó los papeles que necesitaba llevar consigo e hizo una pila con los demás. Ya podía haberle dejado un par de horas para organizarse, pensó. Pero la realidad era que iba a tener a su padre vigilándola de cerca durante todo el proyecto. Todavía le quedaba mucho para que Bennett Swan confiara en ella. Suspiró resignada, metió los papeles en una carpeta y salió en busca de su padre.

– Buenos días, señorita Swan la saludó la secretaria de Bennett Swan cuando Ryan entró-. ¿Cómo ha ido el viaje?

– Muy bien, gracias.

Ryan se fijó en cómo miraba la mujer los pendientes caros y discretos que colgaban de sus orejas. Ryan se había puesto el regalo que su padre le había hecho por el cumpleaños, sabedora de que éste querría asegurarse de que había acertado y de que ella se lo agradecía.

– El señor Swan ha tenido que salir un momento, pero estará en seguida con usted. Ha dicho que lo espere en su despacho, si hace el favor. El señor Ross ya está dentro.

– Bienvenida, Ryan -Ned se puso de pie cuando Ryan entró en el despacho. Llevaba una taza de café humeante en la mano.

– Hola, Ned. ¿Participas en esta reunión?

– El señor Swan quiere que colabore contigo en este proyecto -contestó él con una sonrisa seductora y medio de disculpa-. Espero que no te importe.

– En absoluto -dijo ella con frialdad. Dejó la carpeta con el expediente de Pierce Atkins y aceptó el café que Ned le ofrecía-. ¿En calidad de qué?

– Seré coordinador de producción -respondió-. Sigue siendo tu bebé, Ryan -añadió para tranquilizarla.

– Ya -murmuró ella. Sólo que, de repente, iba a ser como “un grano en el culo”, pensó con amargura.

– ¿Qué tal por Las Vegas?

– Fantástico -contestó Ryan mientras se acercaba a la ventana.

– Espero que sacaras algo de tiempo para probar suerte en algún casino. Trabajas mucho, Ryan.

– Jugué al blackjack -Ryan acarició el colgante egipcio y sonrió-. Y gané.

– ¿De verdad? ¡Enhorabuena!

Después de dar un sorbo, dejó la taza de café.

– Creo que tengo una base sólida para conseguir un resultado beneficioso para Pierce, Producciones Swan y la televisión -arrancó Ryan-. No necesita mucha promoción para subir la audiencia. Creo que más de un artista invitado sería excesivo. En cuanto al escenario, tengo que hablar con los decoradores, pero ya tengo una idea bastante definida. Respecto a la financiación…

– Ya hablaremos de negocios luego -la interrumpió Ned. Se acercó a Ryan y le acarició las puntas del pelo. Ryan permaneció quieta, mirando por la ventana-. Te he echado de menos. Ha sido como si hubieses estado fuera varios meses.

– Qué curioso -comentó ella mientras observaba el vuelo de un avión que estaba surcando el cielo-. A mí nunca se me había pasado tan rápida una semana.