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– Señor Swan -Pierce aceptó la mano que Bennett le había tendido y se fijó en que éste no se molestó en saludar a su hija.

– Por favor, siéntese -dijo Swan-. ¿Quiere beber algo?, ¿café?

– No, gracias.

– Es un honor para Producciones Swan contar con su talento, señor Atkins -dijo Swan, parapetado de nuevo tras su mesa-. Vamos a hacer todo cuanto esté en nuestra mano para que este especial sea un éxito. Ya hemos puesto en marcha la promoción y a los medios de comunicación.

– Eso tengo entendido. Ryan me tiene al corriente.

– Claro -Swan asintió con la cabeza y la miró de reojo fugazmente-. Rodaremos en el estudio veinticinco. Ryan puede encargarse de enseñárselo hoy mismo si lo desea. Ella se ocupará de cualquier cosa que quiera mientras esté aquí -añadió al tiempo que le lanzaba otra mirada.

– Por supuesto -aseguró ella-. He pensado que el señor Atkins podría estar interesado en ver a Coogar y Bloomfield si están localizables.

– Ocúpate de arreglarlo -le ordenó, echándola del despacho-. Bien, señor Atkins. He recibido una carta de su representante. Hay un par de puntos que me gustaría comentar antes de que conozca a los creativos de los equipos artísticos de la compañía.

Pierce esperó a que Ryan saliese del despacho.

– De acuerdo. Pero luego lo discutiré con Ryan, señor Swan. Accedí a firmar el contrato a condición de trabajar con ella.

– Cierto -dijo Bennett, desconcertado. Por norma, los artistas solían sentirse halagados cuando era él quien los atendía-. Le aseguro que está trabajando mucho para que este proyecto salga lo mejor posible.

– No lo dudo.

– Ryan será la productora, tal como pidió -dijo Bennett, mirando a Pierce a los ojos.

– Su hija es una mujer muy interesante, señor Swan. Profesionalmente hablando -especificó al ver la expresión de sorpresa de Bennett-. Confío plenamente en su capacidad. Es observadora, inteligente y se toma su trabajo muy en serio.

– Me alegra saber que está satisfecho con ella -respondió Swan, que no estaba muy seguro de si las palabras de Pierce ocultaban algún mensaje oculto.

– Tendría que ser muy estúpido para no estar satisfecho con ella -replicó Pierce y prosiguió antes de que Swan pudiera reaccionar-. ¿No lo complace trabajar con personas profesionales y con talento, señor Swan?

Éste estudió a Pierce unos segundos. Luego se recostó en su asiento.

– No dirigiría esta empresa si no fuese así -contestó con sequedad.

– Entonces nos entendemos -dijo Pierce con suavidad-. ¿Qué puntos quería comentarme?

Eran las cinco y cuarto cuando Ryan consiguió terminar la reunión con Bloomfield y Pierce. Había estado el día entero a la carrera, organizando encuentros improvisados y sacando adelante el trabajo que había previsto para ese día. No había tenido ocasión de quedarse a solas con Pierce. Por fin, mientras avanzaban por el pasillo tras salir del despacho de Bloomfield, exhaló un suspiro:

– Bueno, parece que ya está todo. Nada como la aparición inesperada de un mago para que todo el mundo se vuelva loco. Con lo tranquilo que es Bloomfield, parecía como si estuviese todo el tiempo esperando a que sacases un conejo de la chistera.

– No llevaba chistera -señaló Pierce.

– Como si eso hubiese sido un problema para ti -dijo Ryan riéndose. Luego consultó la hora-. Tengo que pasar por mi despacho y solucionar un par de cosas; llamar a mi padre, decirle que hemos tratado al artista como se merece y luego…

– No.

– ¿No? -repitió sorprendida Ryan-. ¿Quieres ver algo más?, ¿hay algo que no te haya gustado?

– No -dijo él de nuevo-. No vas a ir a tu despacho a solucionar nada ni vas a llamar a tu padre.

Ryan rió otra vez y siguió andando.

– No será nada. En veinte minutos he terminado.

– Le recuerdo que accedió a cenar conmigo, señorita Swan -dijo Pierce.

– En cuanto despeje mi mesa.

– Puedes despejarla el lunes por la mañana. ¿Hay algo urgente?

– Bueno, no, pero… -dejó la frase a medias al sentir algo en la muñeca. Luego bajó la mirada y vio que la había esposado-. ¿Qué haces? -Ryan tiró del brazo, pero estaba encadenado al de Pierce.

– Llevarte a cenar.

– Pierce, quítame esto -le ordenó con una mezcla de exasperación y buen humor-. Es absurdo.

– Luego -le prometió Pierce antes de meterla en el ascensor. Esperó a que llegara a la planta en la que estaban mientras dos secretarias lo miraban a él, miraban las esposas y miraban a Ryan.

– Pierce -dijo ésta en voz baja-. Quítame esto ahora mismo. Nos están mirando.

– ¿Quién?

– ¡Pierce!, ¡estoy hablando en serio! -Ryan gruñó cuando las puertas se abrieron y vio a varios miembros más de Producciones Swan en el ascensor. Pierce entró en la cabina, obligándola a seguirlo-. Ésta me la pagas -murmuró ella, tratando de no prestar atención a las miradas intrigadas de sus compañeros.

– Dígame, señorita Swan -dijo Pierce con un tono de voz amistoso-, ¿siempre es igual de difícil convencerla para que acuda a una cita a cenar?

Tras soltar otro gruñido ininteligible, Ryan miró al frente y permaneció en silencio hasta que salieron del ascensor.

Todavía esposada a Pierce, Ryan avanzó por el aparcamiento.

– Muy bien, se acabó la broma -insistió ella-. Quítame esto. No he pasado tanta vergüenza en la vida. ¿Tienes idea de cómo…?

Pero Pierce acalló su acalorada protesta con la boca.

– Llevaba todo el día deseando hacer esto -dijo y volvió a besarla antes de que Ryan pudiese responder. Aunque hizo todo lo que pudo por seguir enfadada, la boca de Pierce era demasiado suave. Y la mano que le sujetaba el talle no podía ser más delicada. Ryan se acercó a él, pero cuando fue a levantar los brazos para rodearle el cuello, las esposas le impidieron el movimiento.

– No, no te vas a librar de ésta tan fácilmente -dijo con firmeza, al recordar el bochorno que le había hecho pasar. Se apartó, dispuesta a ponerle los puntos sobre las íes, pero Pierce la venció con una sonrisa-. ¡Maldito seas! Anda, vuelve a besarme -se resignó.

Fue un beso muy suave.

– Se pone muy guapa cuando se enfada, señorita Swan -susurró Pierce.

– Estaba enfadada -reconoció ella, devolviéndole el beso-. Sigo enfadada.

– Y sigue usted muy guapa.

– ¿Ya? -dijo Ryan con impaciencia cuando llegaron d coche. Pierce abrió la puerta del conductor y la invitó a ocupar el asiento del copiloto-. ¡Pierce!, ¡quítamelas! no puedes conducir así -exclamó exasperada.

– Claro que puedo. Sólo tienes que pasar por encima de la palanca -le indicó él, dando un pequeño tirón hacia adelante para que entrase.

Ryan se sentó al volante un momento y miró a Pierce de mal humor.

– Esto es absurdo.

– Sí -convino él-. Pero muy divertido. Muévete.

Ryan consideró la posibilidad de negarse, pero decidió que Pierce la habría levantado en brazos y la habría sentado él directamente donde el copiloto. Con tan poco esfuerzo como elegancia, consiguió llegar hasta el otro asiento. Pierce le sonrió de nuevo mientras metía la llave en el contacto para arrancar.

– Pon la mano en la palanca de cambios y todo irá bien.

Ryan obedeció. Notó la palma de Pierce sobre el dorso de su mano cuando éste metió marcha atrás.

– ¿Cuánto tiempo vas a tenerme con esto puesto si puede saberse?

– Buena pregunta. Todavía no lo he decidido -Pierce salió del aparcamiento y puso rumbo hacia el norte. Ryan sacudió la cabeza y, de pronto, se echó a reír.

– Si me hubieras dicho que tenías tanto hambre, habría venido sin resistirme.

– No tengo hambre -contestó Pierce-. Había pensado parar y comer algo de camino.