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– ¿De camino? -repitió Ryan-. ¿De camino adónde?

– A casa.

– ¿A casa? -volvió a repetir ella. Miró por la ventana y vio un cartel que apuntaba hacia Los Ángeles, justo en dirección contraria al apartamento de ella-. ¿A tu casa? Hay más de doscientos kilómetros -añadió con incredulidad.

– Más o menos, sí -convino Pierce-. Pero no tienes nada que hacer en Los Ángeles hasta el lunes.

– ¿Hasta el lunes?, ¿pretendes que pasemos allí el fin de semana? No puedo -Ryan no había imaginado que podría exasperarse más de lo que lo estaba-. No puedo montarme en un coche y desaparecer de buenas a primeras un fin de semana.

– ¿Por qué no?

– Porque… -Ryan dudó. Pierce actuaba con tal naturalidad que parecía que la rara era ella-. Porque no. Para empezar, no tengo ropa. Además…

– No te va a hacer falta.

Eso la dejó sin palabras. Ryan lo miró mientras sentía que un escalofrío de pánico y excitación le recorría la espalda.

– Creo que me estás secuestrando.

– Exacto.

– Ah…

– ¿Alguna objeción? -preguntó él.

– Ya te lo diré el lunes -contestó y se recostó sobre el respaldo, lista para disfrutar de su secuestro.

Capítulo XIII

Ryan despertó en la cama de Pierce. Abrió los ojos al sol radiante que se colaba por la ventana. Apenas había amanecido cuando Pierce la había despertado para susurrarle que se bajaba a la sala de trabajo. Ryan alcanzó las almohadas de él, se las apretó al pecho y remoloneó unos minutos más en la cama.

Aquel hombre era una caja de sorpresas, murmuró. Jamás habría imaginado que fuese capaz de hacer algo tan descabellado como esposarla a él y secuestrarla para pasar un fin de semana sin más ropa que la que llevaba encima. Debería haberse enfadado, estar indignada.

Ryan hundió la nariz en la almohada de Pierce. ¿Cómo iba a enfadarse?, ¿cómo molestarse con un hombre que, con una mirada o una caricia, no hacía sino demostrarle constantemente cuánto la deseaba y necesitaba? ¿Se podía indignar alguien con un hombre que te quería tanto como para hacerte desaparecer de tu ciudad y poder hacerte el amor como si fueses la criatura más preciosa sobre la faz de la Tierra?

Ryan se estiró para desperezarse y agarró el reloj que había sobre la mesita de noche. ¡Las nueve y media!, exclamó para sus adentros. ¿Cómo podía ser tan tarde? Parecía que apenas habían pasado unos segundos desde que Pierce se había ido. Salió de la cama de un salto y corrió a ducharse. Sólo tenían dos días para estar juntos, de modo que no era cuestión de desperdiciarlos durmiendo.

Cuando volvió a la habitación, con una toalla alrededor de la cintura, Ryan miró su ropa con cierta reticencia. Aunque eso de que la secuestrara un mago tuviese su encanto, reconoció, realmente era una lástima que no le hubiese dejado meter un par de prendas en una maleta antes. No quedándole más remedio que tomárselo con filosofía, empezó a ponerse la ropa que había llevado al trabajo el día anterior. Pierce tendría que encontrarle algo distinto que ponerse, decidió; pero, por el momento, tendría que conformarse.

Para colmo de incomodidades, Ryan se dio cuenta de que ni siquiera tenía su bolso. Se había quedado en el cajón inferior de la mesa de su despacho. Arrugó la nariz a la imagen que le devolvió el espejo. Tenía el pelo revuelto, la cara sin maquillar. Y no llevaba encima ni un peine ni una barra de labios, pensó y exhaló un suspiro. Pierce tendría que hacer aparecerlos por arte de magia. Con ese pensamiento en la cabeza, bajó a buscarlo.

Cuando llegó al final de las escaleras, vio a Link, el cual estaba preparándose para salir.

– Buenos días -lo saludó Ryan, vacilante, sin saber bien lo que decir. Al llegar la noche anterior, no lo había visto por ninguna parte.

– Hola -Link le sonrió-. Pierce me ha dicho que habías venido.

– Sí… Me ha invitado a pasar el fin de semana -contestó, no ocurriéndosele una forma más sencilla de explicarse:

– Me alegra que hayas vuelto. Te ha echado de menos -dijo él y los ojos de Ryan se iluminaron.

– Yo también lo he echado de menos. ¿Está en casa?

– En la biblioteca. Hablando por teléfono -contestó Link. De pronto, sus mejillas se sonrojaron.

– ¿Qué pasa? -le preguntó ella, sonriente.

– He…, he terminado la canción ésa que te gustaba.

– ¡Qué bien! Me encantaría oírla.

– Está en el piano -Link, tímido y vergonzoso, bajó la mirada hacia las puntas de sus zapatos-. Puedes tocarla luego si quieres.

– ¿Yo? -Ryan quiso agarrarle la mano como si fuese un niño pequeño, pero tuvo la sensación de que sólo conseguiría ponerlo más colorado-. Nunca te he oído tocar.

– No… -Link se puso como un tomate y le lanzó una mirada fugaz-. Bess y yo… bueno, ella quería ir a San Francisco -añadió tras aclararse la garganta.

De pronto, Ryan decidió aprovechar la situación para intentar echarle una mano a Bess.

– Es una mujer muy especial, ¿verdad que sí?

– Sí, no hay nadie como Bess -convino Link de inmediato, justo antes devolver a bajar la mirada hacia los zapatos.

– Ella siente lo mismo por ti.

– ¿Tú crees? -Link la miró a los ojos un segundo y luego deslizó la vista hacia sus hombros-. ¿Seguro?

– Segurísimo -contestó Ryan. Aunque tenía unas ganas tremendas de sonreír, mantuvo un tono de voz solemne-. Me ha contado cómo os conocisteis. Me pareció una anécdota muy romántica.

Link soltó una risilla nerviosa.

– Es guapísima. Hay muchos hombres que se dan la vuelta para mirarla cuando vamos juntos.

– Normal -dijo Ryan y decidió infundirle un poco de confianza-. Pero creo que a ella le gustan los músicos. Los pianistas. Hombres que sepan escribir canciones bonitas y románticas. Hay que aprovechar el tiempo, ¿no te parece?

Link la miró como si estuviese intentando descifrar sus palabras.

– Sí… sí, sí -contestó por fin. Arrugó la frente y asintió con la cabeza-. Supongo. Voy a buscarla.

– Una idea estupenda -lo animó Ryan. Esa vez sí que le agarró la mano para darle un pellizquito cariñoso-. Pasadlo bien.

– Gracias -Link sonrió y se giró hacia la puerta. Tenía ya la mano en el pomo cuando se paró para preguntar-: Ryan, ¿de verdad le gustan los pianistas?

– Sí, de verdad que le gustan, Link.

Link sonrió de nuevo y abrió la puerta.

– Adiós.

– Adiós, Link. Dale. Un beso de mi parte a Bess.

Cuando la puerta se cerró, Ryan permaneció quieta unos segundos. Era un hombre realmente dulce, pensó, y cruzó los dedos por Bess. Formarían una pareja estupenda si conseguían salvar el obstáculo de la timidez de Link. En fin, se dijo Ryan con una sonrisa complacida en los labios, ella había hecho todo lo que había podido en aquel primer intento de emparejarlos. El resto dependía de ellos.

Ryan dejó atrás el vestíbulo y se dirigió hacia la biblioteca. La puerta estaba abierta, lo que le permitía oír la voz suave de Pierce. Su mero sonido bastaba para excitarla. Pierce estaba ahí con ella y estaban a solas. Cuando se paró en el umbral de la entrada, los ojos de Pierce se encontraron con los de ella.

Éste sonrió y siguió con su conversación, al tiempo que le hacía gestos para que entrase.

– Te mandaré todos los detalles por escrito -dijo mientras miraba a Ryan pasar y acercarse a unas estanterías. ¿Por qué sería, se preguntó, qué verla con uno de esos trajes de trabajo lo excitaba siempre?-. No, necesito tenerlo todo para dentro de tres semanas. No puedo darte más plazo… Necesito tiempo para probarlo antes de estar seguro de que puedo utilizarlo -añadió, con los ojos clavados en la espalda de Ryan.

Ésta se dio la vuelta, se sentó en el brazo de un sofá y lo observó. Pierce se había puesto unos vaqueros y una camiseta de manga corta. Tenía el pelo enmarañado, como si se hubiese pasado las manos por él. Ryan pensó que nunca había estado más atractivo, sentado en un asiento mullido, más relajado que de costumbre. Aunque conservaba su energía, esa corriente magnética que irradiaba sobre el escenario o fuera de él. Pero, por bien que se desenvolviese sobre las tablas, era evidente que en ningún lugar se sentía tan a gusto como en su casa.