—Quizá no fuimos los primeros que encontramos esta nave abandonada. Otros llegaron antes. Pero los constructores habían dejado una especie de trampa explosiva, preparada y lista para estallar.
—Quizá —reconoció él. Luego se sentó en la cama y los muelles de hierro chillaron cuando sus suaves y fuertes piernas salvaron el borde y los dedos besaron las tablas del suelo, oscuras y frías. De nuevo, esta vez en voz más baja, dijo—: Quizá.
—Es posible que la nave se purifique cada millón de años. El Incidente destruye todo lo ajeno y orgánico que encuentra.
Surgió una sonrisa diminuta.
—¿Y nosotros sobrevivimos?
—Médula sobrevivió —respondió ella—. De otro modo, esto sería hierro estéril.
Diu se pasó una de las manos por la cara y luego, con los dedos, se peinó el largo cabello del color del café. Incluso en la oscuridad obligada del dormitorio, Washen le veía la cara. Después de tantos años la conocía mejor que sus propios rasgos, y en toda la inmensidad que era la vida que recordaba jamás se había sentido así de cerca de un hombre, o al menos no se le ocurría ninguno.
—Son solo palabras —dijo Washen a su amante—. No creo lo que estoy diciendo.
—Lo sé.
Al colocar una mano en su sudorosa espalda se dio cuenta de que Diu estaba mirando la cuna. Su hijo recién nacido, Locke, estaba profundamente dormido, dichoso en la ignorancia de no saber cuál era el tema de su triste discusión. Dentro de tres años viviría en la guardería. Viviría con Till, no dejaba de pensar ella. Había pasado un mes desde que Washen había escuchado por casualidad la historia de los constructores y los inhóspitos. Pero no se lo había dicho a nadie. Ni siquiera a Diu.
—Hay más explicaciones que personas tenemos —admitió ella.
El se limpió otra vez el sudor de la cara.
Luego Washen dijo con tono importante:
—Cariño, ¿has escuchado alguna vez a los otros niños?
Diu se volvió a medias y la miró.
—¿Por qué?
Se lo explicó en pocas palabras.
Desde que construyeron la casa, la misma franja de luz se había colado a través de las contraventanas. Al cambiar el ángulo de la cabeza, la luz chocó contra el ojo gris y el alto y fuerte pómulo.
—Ya conoces a Till —fue la respuesta de Diu—, Ya sabes lo raro que puede parecer.
—Por eso no lo mencioné.
—¿Lo has oído contar de nuevo esa historia?
—No —admitió ella.
—Pero has estado escuchando a escondidas, diría yo.
Washen no dijo nada.
Su amante asintió con gesto sabio y el gesto se acercó a una sonrisa. Luego, con un pequeño guiño, se levantó y los pies desnudos lo llevaron hasta la cuna.
Pero Diu no miraba al hijo de ambos, sino que acariciaba el móvil que colgaba sobre la cuna con un cordel grueso y fiable. Unos trozos pintados de madera botaban con suavidad de un cable casi invisible, y mostraban a Locke todas esas maravillas que no podía ver por sí mismo. La nave estaba en el centro, el objeto más grande con diferencia, y la rodeaban naves estelares diminutas y varias aves genéricas, además de un fénix que su madre había tallado por razones propias y que luego había colgado allí sin dar ninguna explicación.
Después de un momento, Washen se reunió con Diu ante la cuna.
Locke era un bebé callado. Paciente, nunca se quejaba. De sus padres había adquirido una mezcla de genes inmortales y una gran fuerza, y de aquel mundo, su lugar dé nacimiento tenía… Bueno, ¿qué había en él que fuera Médula? No por primera vez, Washen se preguntó si no era un error permitir niños en un mundo que apenas se comprendía. Un mundo que con toda probabilidad podía matarlos a todos. Y matarlos esa misma noche, si le entraba el deseo de hacerlo.
—Yo no me preocuparía por Till —dijo Diu.
—No me preocupo —le aseguró ella, hablando más para sí que para él.
Pero aun así el hombre se explicó:
—Los niños son máquinas de imaginar —dijo—. Nunca se sabe lo que van a pensar sobre nada.
Washen recordaba al Niño, aquella criatura parte humana y parte gaiana que había criado para Pamir.
—Pero eso es lo divertido de tenerlos —respondió con un sonrisa agridulce—. O eso me han dicho siempre…
El niño caminaba solo, cruzaba la rotonda pública con los ojos clavados en sus propios pies desnudos y contemplaba cómo se arrastraban por el hierro caliente, cocido por el cielo.
—Hola, Till.
Parecía incapaz de sorprenderse. Hizo una pausa y levantó la mirada poco a poco mientras una sonrisa esperaba para ofrecerse radiante a la capitana.
—Hola, señora Washen. Confío en que esté bien.
Bajo la mirada azul y furiosa del cielo era un niño de once años muy educado y normal hasta lo escrupuloso. Tenía un rostro delgado que se unía a un cuerpo pequeño y enjuto, y, al igual que la mayoría de sus iguales, llevaba tan poca ropa como los adultos le permitían. Menuda maraña era la genética moderna… Washen ya había dejado de intentar adivinar quién era su padre. A veces se preguntaba si Miocene misma lo sabía. Era obvio que quería ser la única progenitura del niño, y nunca ocultaba que lo preparaba para colocarlo a su lado algún día. Siempre que Washen miraba a aquel muchacho medio salvaje y que no llevaba nada puesto salvo un calzón, sentía un resentimiento persistente, más mezquino imposible, y que dado que iba dirigido a un niño de once años resultaba ridículo, sin más.
—Tengo una confesión que hacer —le dijo al niño sonriendo ella también—. Hace un rato, mientras estabas en la guardería, te oí habiéndoles a los otros niños. Les estabas contando un cuento muy elaborado.
Los ojos eran grandes y castaños, con dardos de color negro en el interior, y ni siquiera parpadearon.
—Era una historia muy interesante —reconoció Washen.
Till la miró como cualquier niño que no sabe qué pensar de un adulto molesto. Suspiró cansado y cambió el peso de un pie marrón al otro. Luego volvió a suspirar, el retrato del puro aburrimiento.
—¿Cómo se te ocurrió esa historia? Un encogimiento de hombros.
—Sé que nos gusta hablar de la nave. Quizá demasiado. —La explicación de Washen parecía sensata y práctica. Su mayor temor era parecerle condescendiente al niño—. A todo el mundo le gusta especular. Sobre el pasado de la nave, sus constructores y todo lo demás. Tanto parloteo nuestro tiene que ser confuso. Y dado que vamos a reconstruir el puente con vuestra ayuda…, es cierto que eso os convierte en una especie de constructores, ¿verdad?
Till volvió a encogerse de hombros y sus ojos miraron algo que había más allá de ella.
Al otro lado de la rotonda, delante del taller mecánico, un equipo de capitanes sudorosos dispararon su última turbina, una maravilla primitiva construida gracias a un acero tosco y vagos recuerdos, además de unas cuantas pruebas. Los alcoholes caseros combinados con el oxígeno creaban un rugido delicioso. Cuando funcionaba, el motor era lo bastante potente para realizar cualquier trabajo que le pidieran, al menos durante un tiempo. Pero era sucio y ruidoso, e ineficaz, y su sonido casi ocultaba la fuerte voz del niño.
—Yo no especulo —anunció—. Ni sobre eso ni sobre nada.
—¿Disculpa? —dijo Washen como si no lo hubiera oído.
—No pienso decírtelo. Que me lo estoy inventando.
La turbina chisporroteó y luego se quedó callada.
Washen asintió y sonrió con gesto derrotado. Luego observó que se acercaba una figura. Venía del taller, con sus antiguas charreteras sobre una sencilla túnica de tela tejida a mano. Miocene parecía cansada como siempre, y enfadada de mil maneras.
—Yo no me invento nada —protestó el niño.
—¿Qué es lo que no haces? —preguntó su madre.