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Luego levantó la vista y sonrió. Su rostro, tan redondo, tan anticuado, quedó iluminado por el fulgor del mapa.

Una vez más Pamir pensó que era una mujer hermosa.

—Mira en el núcleo de la nave —le aconsejó ella.

En voz baja, casi cortés, los dos hombres disfrutaron de una buena y larga carcajada a costa de la pobre Quee Lee.

31

Pamir elaboró una lista de lugares prometedores y luego realizó registros a pie y visuales de todos y cada uno, siempre disfrazado, siempre tomándose su tiempo y con el cuidado obsesivo natural en un inmortal que trabaja solo. Durante los años siguientes descubrió un océano de rumores afilados, mentiras resbaladizas y algo parecido a apariciones distraídas. Por lo que pudo determinar, la única certeza era que todos y cada uno de los organismos sensibles habían visto a los capitanes desaparecidos al menos una vez y, a juzgar por las apariciones, los capitanes estaban en todas partes. Hasta Pamir se había contagiado de la histeria. Los colegas desaparecidos surgían sin previo aviso. Antiguas amantes en general. Washen más que nada. Sin previo aviso veía a una mujer alta que paseaba con aire despreocupado por una avenida atestada, su modo de andar y el color y el moño de su cabello gris y castaño reconocibles a medio kilómetro de distancia. Pamir echaba a correr y al acercarse redoblaba la velocidad. Pero para cuando alcanzaba a Washen, esta se había convertido en otra mujer atractiva, turbada y quizá un poco halagada por tener a un extraño tirándole del brazo. En una ocasión diferente la distinguió sentada con las piernas cruzadas en el medio de una cámara por lo demás vacía; desnuda, elegante y bella. Pero en el tiempo que le llevó a Pamir acercarse, su amiga se había convertido en una estatua de veinte metros de altura, y justo cuando se convencía de que aquella era su primera pista de verdad, la estatua se convirtió en un simple y sugerente montón de escombros mal iluminados. Pasó un año y Washen apareció arrodillada en un saliente entre las epífitas de color violeta que crecían sobre la orilla de gravilla en la que Pamir había instalado el campamento. Levantó la vista y vio su rostro conocido sonriéndole, observando cómo asaba un salmón chinook recién pescado. Luego, el viento cambió y oyó la voz de Washen preguntando: «¿suficiente para dos?». Pero para entonces Pamir ya sabía lo que había y no se permitió emocionarse. Se levantó una ráfaga de viento y el rostro de Washen se convirtió en un nudo de hojas muertas. Y él sacudió la cabeza, se rió de su propia ridiculez y colocó el pez un poco más cerca de la chisporroteante hoguera.

Los pasajeros y la tripulación se enteraron de su búsqueda, y por todo tipo de razones imaginables trataron de despistarlo.

Algunos querían dinero a cambio de sus mentiras.

Otros rogaban que les prestara atención, que los alabara, los amara o los hiciera famosos.

Mientras que había unos cuantos que estaban tan sinceramente deseosos de complacer que no sabían que estaban mintiendo, que inflaban los difusos recuerdos con ilusiones y construían épicas coherentes capaces de soportar cualquier batería de pruebas psicológicas.

Los capitanes desaparecidos vivían con luditas radicales en algún lugar de los Fondos.

Habían formado su propia comunidad ludita, oculta en el interior de una cámara que no figuraba en los mapas, en algún lugar por debajo del Mar de Gasa.

Habían sido abducidos por los kajjan quasans, una especie diminuta, en parte orgánica y en parte silicio, que los habían convertido en esclavos y los utilizaban como transporte, como si fueran ganado.

Una corriente de gel los había sepultado en el distrito Magna.

O estaba la teoría, muy común y casi plausible, de los alienígenas amargados y vengativos. Los villanos preferidos eran los fénix, aunque había muchos candidatos dignos. Fueran quienes fueran, habían regresado a la nave en secreto, y como castigo por los antiguos crímenes de la maestra habían asesinado a sus mejores capitanes.

Un ser humano muy sincero afirmaba que un alienígena desconocido había trinchado las funciones mentales superiores de los capitanes y luego había dejado a los discapacitados supervivientes dentro de una planta de tratamientos de la zona. Por improbable que pareciera, el testigo recordaba haber visto a una mujer idéntica a Washen.

—Hablé con ella —juraba—. Pobre señora. Tonta perdida, ahora. Pobre señora.

Lleno de esperanza y preocupación, Pamir se metió dentro de la inmensa cámara. La maquinaria de reciclaje original se había visto aumentada ahora con un bosque de hongos personalizados, una escena que no pudo evitar recordarle al capitán al hogar que tanto tiempo atrás tenía su madre. Los champiñones se cernían muy por encima de su cabeza, dándose un festín con los desperdicios de mil especies. Una aldea de chozas bajas y hogueras humeantes era justo donde se esperaba encontrar una colonia humana que no figuraba en ningún mapa, ni oficial ni de otro tipo. Poco a poco, con mucho cuidado, se acercó a la choza más cercana, y después de respirar hondo dio un paso y sonrió a la mujer que se encontraba ante una puerta abierta.

Reconoció el rostro. Sin lugar a dudas se parecía a alguien que en otro tiempo había sido una de las ingenieras que habían ayudado a construir la nave estelar de los mineros de asteroides, y que luego se había unido a las filas de los capitanes.

—¿Aasleen? —preguntó mientras se paraba a tiro de piedra.

El rostro casi no había cambiado, sí: un color negro suntuoso y brillante sobre unos rasgos lisos y elegantes, con una sonrisa luminosa de color blanco amarillento. La sonrisa también era muy, muy parecida. Cuanto más miraba Pamir esta aparición, más seguro estaba.

La mujer dijo «hola» en voz baja, casi demasiado baja para ser oída.

—Soy Pamir —dijo él—. ¿Me recuerdas, Aasleen?

—Siempre —respondió ella, y la sonrisa se iluminó.

Su voz era demasiado suave y demasiado lenta. No era la correcta, pero, ¿y si alguna criatura la había mutilado de algún modo muy elaborado? Con cada palabra la voz se iba acercando un poco más a la que él recordaba, a la que esperaba. Se descubrió disfrutando de esa ilusión. Se acercó más y la observó a medida que el rostro seguía cambiando, evolucionando hasta que se pareció mucho al de su ex amante.

—¿En qué estás pensando, Aasleen? —le preguntó.

La mujer abrió la boca, pero de ella no salió ningún sonido.

—¿Sabes cómo llegaste aquí? —Pamir se acercó aún más y sonrió al repetir la pregunta—: ¿Sabes cómo?

—Lo sé —mintió ella—. Sí.

—Dímelo.

—Por accidente —respondió la mujer—. Eso es lo que tuvo que ser.

Pamir estiró la mano para cogerle la cara.

—No —le dijo cuando ella intentó apartarse—. Déjame.

Luego su amplia mano pasó por una proyección de luz y polvo ionizado. La choza de hongos y las hogueras eran también irreales. Aquello no era una comunidad, sino un simple entretenimiento. Alguien había tirado su IA empática, probablemente con la mierda de la mañana, y de alguna forma había sobrevivido a la caída y a los procedimientos de esterilización, para terminar aterrizando con el tiempo en el potingue que tenía bajo los pies.

Pamir lo dejó donde lo había encontrado, sin marcarlo en ningún mapa.

Abandonó la zona de búsqueda y viajó por media nave hasta un lugar que significaría mucho para Washen y Aasleen. Trepó al interior del tanque de antimateria donde habían vivido en otro tiempo los fénix. Como esperaba, la instalación estaba vacía. Totalmente limpia y vacía. Ni siquiera lo esperaba allí uno de los fantasmas de Washen. De pie en el fondo, sobre un suelo de hiperfibra lustrosa y sin edad, se encontró recorriendo aquella inmensidad con la mirada. El tanque hacía que se sintiera diminuto, aunque una parte muy sabia de él le advertía que aquello no era nada, que la nave eclipsaba ese pequeño cilindro y que el universo eclipsaba a la nave, y que todos esos majestuosos proyectos y maravillas plateadas no eran nada comparados con las interminables extensiones que surcaban.