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Lil estaba feliz. Una vez más estaba embarazada y se sentía más dichosa que nunca. La vida le había dado lo que esperaba, incluso más. Pat la mimaba tanto como de costumbre, y ella y sus hijos constituían el centro de su existencia. Tanto ella como él habían padecido tanta miseria y falta de cariño en su infancia que estaban decididos a que sus hijos se sintieran felices y protegidos. Les unía ese deseo mutuo de convertir a sus hijos en el principal bastión de su existencia. Pat, gracias a su poco usual horario de trabajo, podía pasar muchas horas en compañía de los niños. Pat Junior era como su doble. Imitaba todo lo que hacía su padre y, cuando sólo tenía ocho años de edad, ya se había ganado el respeto en el barrio. Su Primera Comunión le garantizó ese puesto entre sus amigos, pues fue un acontecimiento muy sonado.

Nadie había visto nada igual, ni antes ni después, y Pat Junior se comportó como un angelito durante toda la ceremonia. La fiesta que se celebró después duró hasta bien entrada la noche y la gente habló de ella durante varias semanas. Pat era un niño feliz y muy popular, que ya mostraba signos de llevar dentro el espíritu luchador de su padre y la determinación de su madre. Sin embargo, su fuerza se veía amainada por una amabilidad innata que ella sabía que su padre consideraba un defecto, a pesar de que en su interior estaba satisfecho de que un muchacho tan generoso y de buen corazón hubiera salido de sus entrañas. En el mundo en que vivían, los hombres no podían ser blandos, se consideraba una debilidad, y Pat deseaba que sus hijos fuesen duros y un reflejo de él mismo.

Lance, por el contrario, era otra historia. A los seis años ya era un chico robusto y no era precisamente lo que se puede definir como un niño normal. Era callado y tosco, además de bastante caprichoso, por lo que armaba tremendos jaleos cuando algo se le antojaba. A veces se empeñaba en llevar la contraria sin motivo y su abuela, como siempre, le respaldaba incondicionalmente.

Lily había lamentado en muchas ocasiones haber acogido a su madre, casi siempre por culpa de Lance. Annie había sido como un grano en el culo siempre que se trataba de algún asunto relativo a Lance. Lil había estado en muchas ocasiones a punto de estallar contra ella, aunque su madre siempre terminaba por recapacitar cuando se daba cuenta de que se había sobrepasado y trataba de que su hija no tuviera motivos por los que quejarse. Annie sabía también que su ayuda era agradecida por su hija, ya que le confiaba a sus hijos para que los cuidase.

Pat, sin embargo, era otra historia muy distinta. En una ocasión puso a su madre en su lugar cuando vio a su hijo metido en la cama con ella y dormido en sus brazos. Lance estaba desnudo y, por alguna razón, aquello provocó tal enfado en Pat que armó un escándalo tremendo y ya no dejó nunca más que su madre se quedase a pasar la noche. Ahora que se encontraba en estado avanzado, la necesidad de tener a su madre en casa era muy limitada, ya que Lil había dejado de trabajar en los clubes por las noches. Sus hijos se estaban beneficiando de tenerla más tiempo en casa y su comportamiento estaba siendo supervisado más de lo normal. A Lance no le agradaba lo más mínimo, ya que no podía salirse siempre con la suya, ni tampoco se podía quedar levantado con su abuela mientras que a su hermano mayor le dejaban que se quedase hasta más tarde. Lil se sorprendía del dominio que ejercía su madre sobre Lance. Ver que conseguía de inmediato lo que ella sólo lograba a base de insistencia le irritaba y lamentaba haber permitido que su madre tuviese semejante autonomía sobre Lance; no era normal, ni sano. Tenían una forma de mirarse entre sí que excluía a todos los demás, pero lo que más le molestaba es que siempre que le pedía algo a Lance, éste primero miraba a Annie esperando su confirmación. Parecía algo trivial e increíble cuando se decía en voz alta, pero cuando veía esa complicidad entre los dos le parecía siniestro. Ahora se consolaba pensando que estaba en casa, sola, y que pronto todo volvería a su cauce.

A Pat Junior, por el contrario, le encantaba que ella se quedase en casa. Podía notar lo sosegado que se sentía al oscurecer porque se daba cuenta de la predilección que mostraba su madre por su hijo pequeño. Casi le agradó saber que en la escuela eran de su misma opinión en lo que respecta a Lance. Le habían dicho que era un niño muy poco sociable y ella sonrió e interpretó aquellas palabras tal y como debía hacerlo. Querían decir que era un chulo y, si su padre hubiese sido otra persona, ya lo habrían metido en vereda. Pat Junior, Dios le bendiga, había sido desplazado por Lance, el niño mimado, el niño que ella sabía que su madre consideraba como suyo. Ese niño que su madre consideraba lo más importante de su vida.

De todos modos, pasara lo que pasara, Lil no pudo encontrar la forma de apartar a su madre de su vida. De alguna manera, se daba cuenta de que su madre estaba experimentando el amor por primera vez, además de que tenía dificultades para querer a ese niño, por lo que se consideraba culpable de haber dejado que su madre ocupara su lugar. Lance, Dios le bendiga, le producía escalofríos, además de considerarlo culpable por tener que retener a su madre a su lado. Pronto tendría un nuevo hijo y eso pondría de nuevo las cosas en su sitio. De momento, estaba cansada y carente de recursos, por lo que Lance y sus problemas tendrían que esperar.

Annie le puso un vaso de leche a su lado y Lil le respondió con una sonrisa agradeciéndoselo. Observó que su madre estaba mucho más sociable desde que Pat la puso en su sitio.

El chillido que se oyó desde la habitación alertó a las dos mujeres; fue un chillido aterrador. Cuando irrumpieron en la habitación vieron a Lance encogido en el suelo y a Patrick encima de él. Fue una escena que ni la madre ni la hija habían presenciado con anterioridad, pues Pat era un chico tranquilo y pacífico, un niño bueno. Annie cruzó la habitación a toda prisa y abofeteó con todas sus ganas a Patrick. Lil, por primera vez en muchas semanas, sintió que recuperaba las fuerzas y, a pesar de lo pesada que estaba por el embarazo, se aproximó hasta donde se encontraba su madre, ahora de rodillas en el suelo y abrazando a un maltratado Lance, y, echando para atrás el brazo, le propinó un puñetazo a su madre con todas sus fuerzas en la cabeza.

Lance gritó, más fuerte incluso. Por eso, sin pensárselo si quiera, Lil le abofeteó también a él en la cara.

– ¡Quítate de mi vista ahora mismo! -le gritó.

La voz de Lil sonó profunda y resonante, el ímpetu de sus palabras penetró en el cerebro del muchacho, que salió corriendo de la habitación, aún consternado por el bofetón que había recibido.

Lil cogió a Patrick entre sus brazos y lo estrechó contra ella. Aún no lloraba, a pesar de que el golpe de su abuela debía de haber sido doloroso.

– Sal de la habitación, madre -gritó Lil.

Annie miró a ese rostro tan parecido al suyo y se dio cuenta de que sus días en esa casa estaban contados. En tan sólo unos pocos segundos, todo lo que había imaginado que obtendría bajo la protección de su hija se esfumó en el aire. Dinero, prestigio, calor y compañía. Prefería tener que arrastrarse por los suelos que no ver nunca más a ese niño que tanto adoraba.

– Cálmate, Lil -le dijo-. Piensa en el bebé. -Su voz sonaba recatada, su rostro dibujaba una mueca de dolor y pena.

– ¡Lárgate de una puñetera vez! -respondió Lil rechinando los dientes y jadeando.

Annie se dio cuenta de que andaba por un terreno sumamente resbaladizo.

– Lo siento de verdad, Lil. ¿Puedes tranquilizarte?

Annie trataba de levantarse, apoyándose en la cama de Pat. Lil se dio cuenta de que estaba demasiado vieja para su edad. Lo vio en el color de su pelo, peinado hacia atrás, y en los surcos que rodeaban los ojos y la comisura de su boca. Era una persona ruin y miserable, sus ojos delataban la verdad de sus sentimientos y, una vez más, Lil ardió en deseos de asesinarla allí mismo.