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Lil escuchaba a su madre a medias, ya que estaba cepillando el pelo de Kathleen y siempre se quedaba maravillada con su suavidad. La gemelas, vestidas con su traje color crema, tenían un aspecto encantador. Cuando estaban vestidas de esa manera, su parecido se acrecentaba incluso más. Eileen tenía los ojos un poco más oscuros, pero, a menos que no se los mirase detenidamente, casi nadie era capaz de percibirlo.

– Cuando abrí la puerta y vi a tu marido casi me da un ataque al corazón.

Annie se alegró de que por fin su hija le prestara algo de atención.

– ¿Cómo dices? ¿Pat fue a tu casa? Eso sí que es raro.

Annie asintió y respondió con una mirada que esperaba fuese complaciente. Había deseado con todas sus ganas formar parte de nuevo de la familia de su hija y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para lograrlo, ya que en las últimas semanas se había sentido más sola que nunca.

– ¿Y qué te dijo? -preguntó Lil.

Annie sonrió ligeramente. Sus arrugas denotaban lo mucho que les había echado de menos. Parecía haber envejecido enormemente y, cuando la miró, se dio cuenta de lo mucho que necesitaba de ella y de su familia.

– Me dijo que Lance estaría castigado durante un tiempo y que yo debía quitarme de en medio para que vosotros resolvierais ese asunto en privado.

Lil era muy escéptica a ese respecto, pero prefirió guardarse sus pensamientos.

Annie no pensaba comentarle a su hija que Patrick Brodie le había formado un escándalo, que le había amenazado con prohibirle definitivamente verles si se mostraba indulgente con Lance o lo trataba de forma distinta a los demás. Le había dicho en la cara que ella no le gustaba en absoluto, y que la dejaría entrar de nuevo en su casa si sabía dónde estaba su lugar. Un paso en falso y podía darse por muerta; eso fue lo que le dijo.

Ella lo había aceptado, pero sabía que para ganarse de nuevo un sitio en la vida de su familia debía de caminar sobre ascuas. Ese día se había reprimido los deseos de ir a visitar a Lance a su habitación y se comportó como si no le preocupase. No podía engañar a nadie, lo sabía, pero así al menos dejaba claro que lo estaba intentando. Mientras Lil cogía a Eileen para ponerla sobre sus rodillas y peinarla como había hecho con su hermana, Kathleen se acercó hasta ella y la rodeó con los brazos. Annie se sintió desfallecer de felicidad.

– Abuelita.

Annie sonrió al oír las palabras de su nieta.

– Abuelita loca.

A Lil le habría encantado pegarle a su marido una buena tunda por enseñarle a decir esas cosas a las niñas, pero se sorprendió de ver que ella se reía y no hacía ningún comentario sarcástico al respecto. Verla reírse de esa forma le resultó tan inusual que los ojos se le llenaron de lágrimas. Debía de tener las hormonas un tanto alteradas últimamente porque estaba muy llorosa y, con cualquier cosa, se emocionaba. Desde que Lance había provocado aquel incidente con esa niña había estado viviendo sobre el filo de una navaja y, aunque sabía que su embarazo influía en su estado de ánimo, las fechorías de su hijo le habían quitado el sueño.

Eileen también se reía y Lil la estrechó entre sus brazos, dándole gracias a Dios por las hijas que le había dado. Eran dos ángeles y, aunque sabía que todas las madres pensaban eso mismo de sus hijas, las suyas lo eran realmente. Y no sólo para ella, sino para todo el mundo. La gente solía comentárselo cuando salía con ellas. Parecían unas niñas tan felices y tan contentas que dejaban enamorado a cualquiera. Además, si habían logrado ablandar el corazón de Annie Diamond, entonces es que tenían algo de especial, ya que ella no había logrado sacarle una sonrisa a su madre en su vida, cosa que había lamentado enormemente.

Pat Junior entró en la habitación vestido con su nueva ropa y Lil miró su agraciada cara mientras cogía a sus dos hermanas en brazos y les hablaba en tono cariñoso. Vestido con sus pantalones negros y su camisa blanca parecía tan mayor que se quedó sin palabras durante unos instantes. De repente se dio cuenta de que se estaba convirtiendo en un hombrecito y eso le recordó una vez más que los hijos no son para siempre, que antes de que se diera cuenta, ya serían unos adultos dispuestos a volar del nido. Por ese motivo, su mayor deseo era que se sintieran queridos, que pensaran que ella les había proporcionado una bonita infancia; en definitiva, que ellos tuvieran lo que ella jamás tuvo en su niñez.

Annie miró el rostro de su hija y deseó haberle proporcionado algo a ella también, pero jamás había hecho nada en ese sentido y no recordaba ni el décimo, ni ninguno de sus cumpleaños. Ellos jamás habían celebrado nada y ella lamentaba haber dejado que fuese su marido quien gobernara por completo sus vidas. Annie olvidaba que era precisamente ella quien se lo había permitido convirtiéndose en una persona igual que él; una mujer arrepentida de tener una hija que la había forzado a contraer matrimonio con un hombre como ése. Annie suspiró. En esta vida se aprende y, por eso, se consideraba muy afortunada de que su hija le hubiese dado una segunda oportunidad. Le estaba enormemente agradecida por ello.

Se preguntó si Lil pensaba lo mismo mientras ella miraba a su nieto mayor, casi postrado por el nerviosismo de la fiesta, dándole las gracias a su madre por el trabajo que se había tomado en organizado todo. No pudo evitar pensar si eso le recordaba a su hija lo parcos que habían sido sus cumpleaños de niña por su culpa.

Annie oyó que se abría la puerta principal y escuchó la voz de Patrick Brodie reclamando la presencia de su hijo. Annie aún se sentía inquieta en su presencia y optó por marcharse al vestíbulo para admirar la bicicleta que le habían comprado a Patrick Junior. Se recordó a sí misma que, en lo referente a Patrick Brodie, ella seguía en libertad condicional.

Patrick le guiñó un ojo y ella se sintió aliviada. Estrechó luego a su esposa entre sus brazos y, dirigiéndose a Patrick Junior, dijo: -Conque ya tenemos diez años, verdad hijo. Pronto estarás tan alto como yo. Mi viejo dejó de pegarme el día que pude mirarle a los ojos de frente. Le miré y le dije que la próxima vez que me pegase lo mataría cuando estuviese dormido. Desde entonces ni tan siquiera lo intentó.

A Pat Junior le encantaba que su padre le contase historias de su propia infancia. Mientras tocaba su nueva bicicleta de carreras le preguntó en serio:

– ¿De verdad te pegaba con la correa?

– Me pegaba con lo primero que tuviera a mano. Era un jodido cabrón y, según tengo entendido, lo sigue siendo. Lo que sí puedo asegurarte es que los correazos duelen. Pat Junior miró a su madre y le preguntó:

– ¿Te pegó alguna vez la abuela Annie? Lo dijo en broma, pero se arrepintió al instante porque se dio cuenta de que su madre borraba la sonrisa de su boca y respondía: -Dejemos el asunto y péinate para hacerte la fotografía, ¿de acuerdo?

Pat Junior asintió, pero se dio cuenta de que la cara de su abuela se había puesto de color rojo escarlata. Sintió enormes deseos de abrazar a su madre y consolarla, aunque no estaba seguro de por qué. Su padre, sin embargo, se le adelantó. Observó con tristeza cómo su padre besaba a su madre en los labios y le susurraba:

– Te quiero, Lily Brodie, no lo olvides nunca.

Patrick Junior sintió enormes deseos de echarse a llorar y su madre, al verlo tan compungido, lo estrechó entre sus brazos y lo apretó contra su enorme barriga. Luego le beso mientras reía:

– ¡Qué estúpidos somos! Mira que ponernos casi a llorar hoy que es tu cumpleaños.

Pat Junior sintió la mano de su padre sobre su hombro. Por unos instantes se sintió tan protegido que deseó quedarse así toda la vida. Se sentía tan seguro, protegido y querido que guardaría ese recuerdo el resto de su vida.