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Al día siguiente, un mensajero trajo un paquete para Ellie. Con curiosidad, desató las cuerdas y se detuvo cuando un sobre cayó al suelo. Se agachó, lo cogió y lo abrió:

Querida Eleanor:

Le ruego que acepte este regalo como muestra de mi estima y afecto. Estaba tan guapa de verde el otro día. He pensado que quizá le gustaría ponérselo para la boda.

Sinceramente, Billington

P.D.: Por favor, no se cubra el pelo.

Ellie apenas pudo contener la emoción cuando sus dedos acariciaron el delicioso terciopelo. Apartó el papel y descubrió el vestido más bonito que había visto en su vida, y que nunca habría soñado que podría ponerse. Era de color verde esmeralda intenso y de corte sencillo, sin volantes ni adornos. Sabía que le iría como anillo al dedo.

Y, con un poco de suerte, el hombre que se lo había regalado también.

El día de la boda amaneció resplandeciente y despejado. Un carruaje vino a llevar a Ellie, a su padre y a la señora Foxglove hasta Wycombe Abbey, y Ellie realmente se sintió como una princesa de cuento. El vestido, el carruaje, el increíblemente apuesto hombre que la esperaba al final del trayecto…; todo parecía el decorado perfecto para el cuento de hadas más glorioso.

La ceremonia iba a celebrarse en el salón formal de Wycombe Abbey. El reverendo Lyndon se colocó en su sitio frente a Charles y luego, para diversión de todo el mundo, soltó un grito de consternación y salió del salón.

– Tengo que entregar a la novia -dijo antes de salir.

Y las risas continuaron cuando, siguiendo el texto que tenía memorizado, dijo:

– ¿Quién entrega a esta mujer? -y luego añadió-: En realidad, yo.

Sin embargo, esos momentos de ligereza no rebajaron el nerviosismo de Ellie, que notó cómo todo su cuerpo se tensaba cuando su padre la invitó a decir «Sí quiero».

Sin poder casi respirar, miró al hombre que iba a convertirse en su marido. ¿Qué estaba haciendo? Si apenas lo conocía.

Miró a su padre, que la estaba mirando con una nostalgia impropia de él.

Se volvió hacia la señora Foxglove, que, por lo visto, había olvidado todos sus planes de utilizar a Ellie como deshollinadora y se había pasado todo el trayecto hablando de cómo ella siempre había sabido que su «querida Eleanor se casaría con un excelente partido» y de su «querido yerno, el conde».

– Sí quiero -dijo Ellie-. Sí que quiero.

A su lado, notó cómo Charles se sacudía de la risa.

Y entonces, él le deslizó un impresionante anillo de oro en el dedo anular de la mano izquierda y Ellie se dio cuenta de que, ante los ojos de la Iglesia y de Inglaterra, ahora pertenecía al conde de Billington. Para siempre.

Para una mujer que siempre había presumido de su coraje, notó que las rodillas le temblaban sospechosamente.

El señor Lyndon terminó la ceremonia y Charles se inclinó y dio un suave beso a Ellie en los labios. Para cualquier observador, no fue más que un casto beso, pero ella notó cómo la lengua de su flamante marido le rozaba la comisura de los labios. Agotada por aquella caricia secreta, apenas tuvo tiempo de recuperar la compostura cuando Charles la tomó del brazo y la guió hasta un grupo de personas que ella había imaginado que serían sus familiares.

– No he tenido tiempo de invitar a toda mi familia -le dijo-, pero quiero que conozcas a mis primas. Te presento a la señora de George Pallister, a la señorita Pallister y a la señorita Judith Pallister -se volvió hacia la señora y las dos chicas y sonrió-. Helen, Claire, Judith, os presento a mi mujer, Eleanor, condesa de Billington.

– Encantada -dijo Ellie, que no estaba segura de si tenía que hacerles una reverencia, o si quizá se la tenían que hacer ellas, o si nadie tenía que hacer nada. De modo que dibujó su sonrisa más encantadora. Helen, una atractiva señora rubia de unos cuarenta años, también sonrió.

– Helen y sus hijas viven en Wycombe Abbey -dijo Charles-. Desde la muerte del señor Pallister.

– ¿Ah, sí? -preguntó Ellie sorprendida. Se volvió hacia sus nuevas primas-. ¿Ah, sí?

– Sí -respondió Charles-, igual que mi tía soltera, Cordelia. No sé dónde estará.

– Es un poco excéntrica -añadió Helen. Claire, que debía de tener unos catorce o quince años, no dijo nada y estuvo todo el tiempo con expresión hosca.

– Estoy segura de que nos llevaremos de maravilla -dijo Ellie-. Siempre he querido vivir en una casa llena de gente. La mía ha estado bastante vacía desde que mi hermana se marchó.

– La hermana de Eleanor hace poco que se casó con el conde Macclesfield -explicó Charles.

– Sí, pero se marchó de casa mucho antes -dijo Ellie, algo nostálgica-. Hace ocho años que mi padre y yo vivimos solos.

– ¡Yo también tengo una hermana! -exclamó Judith-. ¡Claire! Ellie sonrió hacia la pequeña.

– Ya lo veo. ¿Y cuántos años tienes, Judith?

– Seis -respondió la niña, orgullosa, apartándose el pelo castaño de la cara-. Y mañana tendré doce.

Helen se rió.

– «Mañana» suele significar algún día en el futuro -dijo, mientras se inclinaba para besar a su hija en la mejilla-. Primero tiene que cumplir siete.

– ¡Y luego doce!

Ellie se agachó.

– Todavía no, tesoro. Después ocho, y después nueve, y después…

– Diez, después once -la interrumpió orgullosa Judith-, ¡y después doce!

– Exacto -dijo Ellie.

– Puedo contar hasta sesenta y dos.

– ¿De verdad? -preguntó Ellie con su mejor voz de «estoy impresionada».

– Mmm… mmm. Uno. Dos. Tres. Cuatro…

– ¡Madre! -dijo Claire con un atribulado suspiro.

Helen tomó a Judith de la mano.

– Vamos, pequeña. Ya practicaremos los números otro día. Judith puso los ojos en blanco antes de volverse hacia Charles y decir:

– Mamá dice que ya iba siendo hora de que te casaras.

– ¡Judith! -exclamó Helen, ligeramente sonrosada.

– Lo dijiste. Y dijiste que tenía trago con demasiadas mujeres y que…

– ¡Judith! -casi gritó Helen mientras agarraba a su hija de la mano-. No es el momento.

– No pasa nada -se apresuró a decir Ellie-. No lo ha hecho con maldad.

Parecía que Helen quisiera que la tierra se la tragara. Tiró a Judith del brazo y dijo:

– Creo que los recién casados querrán estar solos unos instantes. Acompañaré al resto al comedor para el desayuno nupcial.

Mientras Helen salía con todos los invitados, Ellie y Charles oyeron cómo Judith decía:

– Claire, ¿qué es una mujer fresca?

La respuesta de su hermana fue:

– Judith, no tienes remedio.

– ¿Acaso tiene siempre frío? ¿Está en la heladera?

Ellie no sabía si reír o llorar.

– Lo siento -dijo Charles cuando se quedaron solos.

– No ha sido nada.

– Una novia no tendría que escuchar historias de los deslices de su nuevo marido el día de su boda.

Ella se encogió hombros.

– No es tan terrible si viene de la boca de una niña de seis años. Aunque imagino que quería decir que tenías «trato» con mujeres.

– Te aseguro que no tengo «trago» con nadie.

Ellie se rió.

Charles miró a la mujer que se había convertido en su esposa y sintió cómo, en su interior, florecía un inexplicable sentido de orgullo. Los acontecimientos de aquella mañana podrían haberla sobrepasado, pero se había comportado con gracia y dignidad. Había elegido bien.

– Me alegro de que no te hayas cubierto el pelo -le susurró él. Se rió cuando ella se llevó una mano a la cabeza.

– No imagino por qué me pediste que no lo hiciera -dijo ella, algo nerviosa.

Él alargó la mano y acarició uno de los mechones que se había soltado del recogido y se le enroscaba en la base de la garganta.

– ¿Ah, no?

Ella no respondió y el la agarró con fuerza por el hombro hasta que Ellie se balanceó hasta él, con los ojos brillando de deseo. Charles sintió una oleada de triunfalismo cuando se dio cuenta de que seducir a su mujer no iba a ser tan difícil como se había imaginado.