– Si me disculpas, creo que me iré a mi habitación. Creo que voy a desmayarme.
Charles la miró con suspicacia y, entre dientes, dijo:
– Nunca en tu vida te has desmayado.
– ¿Cómo ibas a saberlo? -le respondió ella, igualmente en voz baja-. Ni siquiera sabías de mi existencia hasta la semana pasada.
– Pues parece una eternidad.
Ellie levantó la nariz y, con sequedad, susurró:
– Estoy de acuerdo.
Luego irguió la espalda y salió de la cocina con la esperanza de que su gran salida no se viera estropeada por el hecho de ir llena de hollín, de cojear ligeramente y de llevar un vestido que ahora estaba partido en tres trozos.
CAPITULO 09
Ellie se pasó todo el día cuidándose las heridas y alegó que estaba agotada cuando una doncella entró en la habitación para acompañarla al salón a cenar. Sabía que parecería una cobarde, pero la verdad es que estaba tan furiosa con Charles y su familia que no confiaba en ella misma si tenía que compartir una cena entera con ellos.
Sin embargo, quedarse en la habitación era muy aburrido, así que bajó sin que nadie la viera y cogió el periódico del día para revisar las páginas económicas. Comprobó sus inversiones, como solía hacer, pero entonces se dio cuenta de que no sabía en qué situación estaban sus ahorros. ¿Habría hecho Charles ya la transferencia, como le había prometido? Seguramente no, se dijo, intentando ser paciente. Sólo llevaban casados un día. Aunque tendría que recordárselo. Había leído un informe favorable sobre una fábrica de algodón nueva en Derbyshire, y estaba deseando invertir una parte de su dinero.
Leyó el periódico tres veces, ordenó los adornos de la cómoda dos veces y se pasó una hora mirando por la ventana antes de dejarse caer en la cama con un gruñido. Estaba aburrida, hambrienta y sola, y todo era culpa de su marido y su maldita familia. Estaría encantada de estrangularlos a todos.
Y entonces, Judith llamó a la puerta.
Ellie sonrió a su pesar. Supuso que no estaba furiosa con toda la familia de su marido. Al fin y al cabo, era bastante difícil estar enfadada con una niña de seis años.
– ¿Estás enferma? -preguntó la pequeña mientras se subía a la cama de Ellie.
– No. Sólo cansada. Judith frunció el ceño.
– Cuando estoy cansada, la señorita Dobbin me saca de la cama igualmente. A veces, me pone un trapo mojado y frío en el cuello.
– Y seguro que funciona.
La pequeña asintió, muy seria.
– Cuesta mucho dormir con el cuello mojado.
– Me lo imagino.
– Mamá dijo que haría que te trajeran una bandeja con la cena.
– Es muy amable.
– ¿Tienes hambre?
Antes de que pudiera responder, su estómago gruñó. Judith se echó a reír.
– ¡Tienes hambre!
– Supongo que sí.
– Me parece que me caes bien.
Ellie sonrió, y se sintió mejor que en todo el día.
– Me alegro. Tú también me caes bien.
– Claire dice que has provocado un incendio.
La joven contó hasta tres antes de responder.
– Ha habido un incendio, pero ha sido un accidente. Yo no lo he provocado.
Judith ladeó la cabeza como si estuviera reflexionando sobre las palabras de Ellie.
– Me parece que voy a creerte. Claire se equivoca a menudo, aunque no le gusta admitirlo.
– A poca gente le gusta.
– Yo casi nunca me equivoco.
Ellie sonrió y se apartó el pelo. Una doncella apareció en la puerta con una bandeja. Judith saltó de la cama y dijo:
– Será mejor que vuelva a mi habitación. Si llego tarde, la señorita Dobbin se comerá mi pudin.
– ¡Eso sería terrible!
Judith hizo una mueca.
– Se lo come cuando me voy a la cama.
Ellie dobló el dedo y le susurró:
– Ven aquí un momento.
Intrigada, Judith volvió a subir a la cama y se acercó a la cara de Ellie.
– La próxima vez que la señora Dobbin se coma tu pudin -le susurró-, me lo dices. Iremos a la cocina y buscaremos algo incluso más bueno.
Judith aplaudió; su cara era el reflejo de la felicidad.
– ¡Milady, serás la mejor prima del mundo!
– Como tú -respondió la joven condesa, que notó cómo se le humedecían los ojos-. Y llámame Ellie. Ahora somos familia.
– Mañana te enseñaré toda la casa -dijo la pequeña-. Conozco todos los pasadizos secretos.
– Será un placer. Pero será mejor que te vayas. No queremos que la señorita Dobbin se coma tu pudin esta noche.
– Pero si has dicho…
– Lo sé, pero hoy la cocina está inutilizable y sería muy difícil encontrar otro postre.
– ¡Ay! -exclamó Judith, que palideció ante la idea-. ¡Adiós!
Ellie la vio salir de la habitación, luego se volvió hacia la bandeja y empezó a comer.
A pesar del hambre, Ellie descubrió que su apetito sólo le permitió comerse una cuarta parte de la cena. El estómago vacío no ayudó a calmarle los nervios y, más adelante, cuando oyó cómo la puerta de la habitación de Charles se abría, casi saltó hasta el techo. Lo oyó ir de un lado a otro, seguramente se preparaba para acostarse, y se maldijo por contener el aliento cada vez que oía que se acercaba a la puerta que comunicaba las dos habitaciones.
Aquello era una locura. Una absoluta locura.
– Tienes un día -murmuró-. Un día para sentir lástima por ti misma, pero después tienes que salir y hacerlo lo mejor posible. ¿Que todos piensan que prendiste fuego a la cocina? Bueno, no es lo peor que podría haber pasado.
Se pasó un minuto intentando pensar en algo peor. No era fácil. Al final, agitó la mano en el aire y, un poco más alto que antes, dijo:
– Podrías haber matado a alguien. Eso habría estado muy mal. Muy, muy mal.
Oyó un ruido en la puerta. Ellie se tapó hasta la barbilla a pesar de que sabía que estaba cerrada.
– ¿Sí? -dijo.
– ¿Hablabas conmigo? -preguntó Charles desde el otro lado de la puerta.
– No.
– Y puedo preguntarte con quién hablabas. ¿Acaso creía que estaba hablando con un mozo?
– ¡Hablaba sola! -y luego, murmurando, añadió-: Aparte de Judith, soy la mejor compañía que voy a encontrar en este mausoleo.
– ¿Qué?
– ¡Nada!
– No te he oído.
– ¡Es que no hablaba contigo! -exclamó ella.
Silencio, y luego oyó cómo sus pasos se alejaban de la puerta. Se relajó un poco y se acurrucó. Justo cuando se había puesto cómoda, oyó un suave y terrible ruido metálico y gruñó, porque sabía qué se iba a encontrar cuando abriera los ojos.
La puerta abierta. Y Charles de pie en el umbral.
– ¿Te he dicho -le preguntó, arrastrando las palabras, mientras se apoyaba casualmente en el marco de la puerta- alguna vez lo molestas que me resultan estas puertas?
– Se me ocurren al menos tres respuestas -contestó ella-, pero ninguna es particularmente propia de una dama.
Él agitó la mano en el aire, para restar importancia a su comentario.
– Te aseguro que ya hace tiempo que dejé de esperar que te comportaras como una dama.
Ella se quedó boquiabierta.
– Estabas hablando -Charles se encogió de hombros-. No podía oírte.
Ellie necesitó reunir toda su fuerza de voluntad para apretar los dientes y contenerse, pero lo hizo.
– Creo que te he dicho que no estaba hablando contigo -luego dibujó una lunática sonrisa-. Es que estoy algo chiflada.
– Es curioso que lo digas porque juraría que estabas hablando de matar a alguien. -Charles avanzó unos pasos y se cruzó de brazos-. La cuestión es: ¿estás muy chiflada?
Ellie lo miró horrorizada. No creía que fuera capaz de matar a nadie, ¿verdad? Si aquello no era prueba suficiente de que no conocía a ese hombre lo bastante bien como para haberse casado con él, no sabía qué pruebas necesitaba. Pero entonces vio arrugas alrededor de sus ojos mientras intentaba no reírse y respiró tranquila.