Se dijo que debía comprobarlo cuando volviera.
El nuevo abogado de Ellie era un hombre de mediana edad llamado William Barnés, y era obvio que Charles le había dejado claro que su mujer estaría al cargo de sus finanzas. El señor Barnes era la educación personificada, e incluso expresó su gran respeto por los conocimientos y la visión de Ellie para los negocios. Cuando ella le dijo que invirtiera la mitad de sus ahorros en una cuenta conservadora y la otra mitad en el negocio del algodón, más arriesgado, el señor Barnes chasqueó la lengua como muestra de aprobación por el valor que Ellie daba a la diversificación.
Era la primera vez que Ellie había podido reclamar crédito por sus expertas gestiones, y le pareció una sensación embriagadora. Le gustaba poder hablar por sí misma y no tener que empezar cada frase con: «A mi padre le gustaría…» o «Mi padre cree que…».
La única opinión de su padre sobre el dinero era que era fuente de mucha maldad y Ellie estaba encantada de poder decir: «Quiero invertir mi dinero de la siguiente forma». Imaginaba que la mayoría la considerarían excéntrica; normalmente, las mujeres no gestionaban su propio dinero. Pero no le importaba. De hecho, disfrutaba mucho de su recién descubierta independencia.
Cuando regresó a Wycombe Abbey, estaba de buen humor, y decidió esforzarse todavía más en convertir aquella gran propiedad en su casa. Sus esfuerzos dentro de aquellas paredes habían acabado en sonados fracasos, así que decidió pasar el día fuera y conocer personalmente a los arrendatarios. Era una aventura que valía la pena; sabía que, a menudo, las relaciones entre dueño y arrendatarios marcaban la diferencia entre unas tierras prósperas y unas tierras pobres. Si algo había aprendido como hija del vicario, era escuchar las preocupaciones de la gente y ayudarlos a encontrar soluciones a sus problemas. Como señora de esas tierras, su poder y posición serían mucho más elevados, pero estaba segura de que el proceso sería el mismo.
Aquello sí que sabía hacerlo.
Aunque claro, también sabía arreglar hornos y cuidar rosas, y todo le había salido mal.
Regresó poco después de mediodía y Rosejack la informó de que el conde había salido a dar un paseo a caballo. Daba igual; prefería conocer a los arrendatarios sin la imponente presencia del conde junto a ella. Helen sería una mejor compañía y Ellie esperaba que aceptara.
Y así fue. Cuando la encontró en el salón, Helen respondió:
– Oh, encantada. He tenido que encargarme de eso yo sola durante años y, para serte sincera, creo que no se me da demasiado bien.
– Bobadas -respondió Ellie con una sonrisa cómplice.
– No, de veras. Puedo llegar a ser muy tímida y nunca he sabido qué decirles.
– Entonces, no se hable más. Estoy encantada de asumir la responsabilidad, pero tendrás que acompañarme para guiarme.
Cuando salieron, el aire era frío, pero el sol estaba en lo alto del cielo y brillaba con la promesa de una tarde cálida. Tardaron unos veinte minutos en llegar al primer grupo de casas. Ellie seguramente habría tardado cinco minutos menos, pero hacía tiempo que había aprendido a adaptar sus andares rápidos y desbocados al ritmo de los demás.
– La primera casa es de Thom y Bessie Stillwell -dijo Helen- Tienen un pequeño trozo de tierra donde siembran avena y cebada. La señora Stillwell también hace remiendos para ganarse unas monedas más.
– Stillwell -se repitió Ellie mientras anotaba el apellido en una pequeña libreta-. Avena. Cebada. Remiendos -levantó la mirada-. ¿Hijos?
– Dos, creo. Ah, no, espera, ahora son tres. Hace unos meses tuvieron una niña.
Ellie llamó a la puerta y les abrió una mujer de unos veinticinco años.
– Oh, señora Pallister, ¿cómo está? -le dijo a Helen, casi disculpándose con la mirada-. No la esperaba. ¿Le apetece una taza de té? Me temo que no tengo galletas.
– No se preocupe, señora Stillwell -respondió Helen-. No le hemos dicho que veníamos, de modo que no esperamos que nos reciba con todos los honores.
– No, no, claro que no -respondió Bessie, que no parecía demasiado convencida. Miró a Ellie y empezó a ponerse nerviosa. Había oído que el conde se había casado y no se equivocaba al imaginar que Ellie era la nueva condesa. Ésta decidió sacarla de dudas.
– ¿Cómo está, señora Stillwell? -dijo-. Soy la nueva condesa de Billington y es un placer conocerla.
Bessie hizo una rápida reverencia y farfulló un saludo. Ellie se preguntó qué experiencias había tenido aquella gente con la aristocracia para estar tan nerviosos en su presencia. Dibujó su más cálida sonrisa y dijo:
– Es la primera arrendataria que visito. Tendré que confiar en sus buenos consejos. Estoy convencida de que sabrá decirme la mejor ruta si quiero visitar a todos los demás esta tarde.
Bessie agradeció la sugerencia de poder aconsejar a una condesa y la charla continuó en un tono tan agradable como Ellie podía esperar. Descubrió que los hijos de los Stillwell se llamaban Thom Junior, Billy y Katey, que la familia estaba pensando en comprar otro cerdo y que el tejado tenía una gotera, algo que Ellie prometió arreglar lo antes posible.
– No, Thom puede encargarse. Es un manitas -dijo Bessie. Y luego bajó la mirada-. Lo que no tenemos son los materiales necesarios.
Ellie imaginó que el último año había sido difícil para los Stillwell. Sabía que, en Bellfield, las cosechas no habían sido tan abundantes como otros años, y supuso que por las cercanías de Wycombe Abbey había sucedido lo mismo.
– Entonces, me aseguraré de que les envíen los materiales -dijo-. Es lo menos que podemos hacer. Nadie tendría que vivir con goteras en el tejado.
Bessie le dio las gracias y, al final del día, Ellie había tenido tanto éxito con los arrendatarios que, con frecuencia, Helen decía:
– No sé cómo lo haces. Acabas de conocerlos y no sé por qué presiento que todos estarían dispuestos a lanzarse bajo las ruedas de un carromato por ti.
– Sólo tienes que asegurarte de que sepan que estás a gusto con ellos. Cuando lo sepan, estarán a gusto contigo.
Helen sonrió.
– Supongo que la señora Smith no tiene ninguna duda de que estás cómoda con ella, después de ver cómo te has subido a una escalera y has inspeccionado el nido de pájaros de su tejado.
– No podía no hacerlo. Si los pájaros estaban quitándole la paja del tejado podrían haber provocado un problema grave. Por eso creo que el nido debería trasladarse a algún árbol cercano. Sin embargo, no estoy segura de cómo hacerlo sin asustar a las crías. He oído que, si un humano toca a las crías, la madre ya no las alimentará nunca más.
Helen meneó la cabeza.
– ¿Dónde aprendes esas cosas?
– De mi cuñado -respondió Ellie mientras agitaba la mano en el aire-. Siempre ha sido bastante científico. Ya hemos llegado. La última casa del día.
– Aquí vive Sally Evans -dijo Helen-. Enviudó hace casi un año.
– Qué pena -murmuró Ellie-. ¿De qué murió su marido?
– De fiebre. Asoló el pueblo el año pasado, pero él fue la única víctima.
– ¿La señora Evans puede mantenerse sola? ¿Tiene hijos?
– No -respondió Helen-. Llevaba casada menos de un año. Y no sé cómo se gana la vida. Imagino que dentro de poco se buscará otro marido. Tiene un pequeño huerto y unos cuantos animales, pero cuando sacrifique a los cerdos no sé qué va a hacer. Su marido era herrero, de modo que ella no tiene ninguna tierra para intentar sembrar algo. Además, aunque la tuviera, dudo que pudiera arreglárselas sola.
– Sí -asintió Ellie mientras levantaba la mano para llamar a la puerta-, trabajar la tierra es muy duro. Demasiado para una mujer sola. O un hombre solo, da lo mismo.
Sally Evans era más joven de lo que Ellie se esperaba y enseguida reconoció las líneas de dolor agrietando su pálida cara. Estaba claro que la mujer todavía lloraba a su marido.