– ¿Hay algún doctor cerca? -preguntó Ellie a Sally.
La mujer meneó la cabeza.
Ellie se volvió hacia Charles.
– No, no puedes. Voy a tener que coserte yo.
Él cerró los ojos.
– ¿Lo has hecho antes?
– Claro -mintió ella-. Es como coser una colcha. Sally, ¿tienes hilo?
La joven viuda ya había sacado un carrete de la caja de costura y lo dejó en la mesa, al lado de Charles. Ellie hundió un pedazo de tela limpia en el agua caliente y le lavó la herida.
– Así estará limpia antes de cerrarla -le explicó.
Cuando terminó, rompió un trozo de hilo y también lo hundió en el agua.
– Quizá también me serviría con la aguja -se dijo a sí misma, y luego metió la aguja también. -Allá vamos -dijo con una alegría fingida. La piel de Charles parecía tan rosada, sana y…, bueno, tan viva. Todo lo contrario a los últimos bajos de vestido que había cosido.
– ¿Estás segura de que lo has hecho antes?
Ella sonrió algo tensa.
– ¿Te mentiría?
– No querrás oír mi respuesta.
– ¡Charles!
– Venga, acaba cuanto antes.
Ella respiró hondo y clavó la aguja. El primer punto fue el peor, aunque Ellie descubrió que su pequeña mentira resultó ser verdad: era un poco como coser una colcha. Emprendió la tarea con la misma devoción y concentración que aplicaba a todo en la vida y, al cabo de poco, Charles tenía una preciosa hilera de puntos en el brazo.
También se había terminado lo que quedaba en la única botella de coñac que había en casa de Sally Evans.
– También te compraremos una -dijo Ellie, con una sonrisa a modo de disculpa.
– Te compraremos una casa entera -dijo Charles, arrastrando las palabras.
– Oh, no hace falta -dijo Sally enseguida-. Ésta está como nueva, con la chimenea arreglada.
– Ah, sí -dijo Charles, que estaba muy parlanchín-. Bonita chimenea. La he visto. ¿Sabías que la he visto?
– Lo sabemos todos -dijo Ellie, en un tono de lo más paciente-. Te hemos visto subido al tejado.
– Claro, es verdad -sonrió y luego tuvo hipo.
Ellie se volvió hacia Sally y dijo:
– Suele ponerse un poco tonto cuando está borracho.
– ¿Y quién puede culparlo? -respondió Sally-. Si me estuvieran cosiendo a mí, habría necesitado dos botellas de coñac enteras.
– Y yo tres -dijo Ellie mientras acariciaba el brazo de Charles. No quería que se preocupara de que las dos mujeres pensaran que era un débil por beber alcohol para soportar el dolor.
Pero él todavía seguía dándole vueltas al comentario de que estaba borracho.
– ¡No estoy borracho! -dijo, indignado-. Un caballero nunca se emborracha.
– ¿De verdad? -preguntó Ellie con una paciente sonrisa.
– Un caballero se confunde -dijo, asintiendo decidido-. Estoy confundido.
Ellie vio que Sally se tapaba la boca para esconder una sonrisa.
– No me importaría aceptar otra taza de té mientras esperamos el carruaje -le dijo a su anfitriona.
– No tendrá tiempo -respondió Sally-. Lo acabo de ver girar la curva.
– Gracias a Dios -dijo Ellie-. Tengo que meterlo en la cama enseguida.
– ¿Te meterás conmigo? -dijo Charles mientras se levantaba, algo titubeante.
– ¡Milord!
– No me importaría retomar las cosas donde las hemos dejado -hizo una pausa para tres hipos muy seguidos-. Me imagino que sabes a qué me refiero.
– Milord -dijo Ellie muy seria-, el coñac te ha dejado la lengua muy suelta.
– ¿En serio? Me pregunto qué habrá hecho con la tuya -se balanceó hacia ella y Ellie se apartó justo antes de que sus labios se tocaran. Por desgracia, esto provocó que perdiera el equilibrio y cayera al suelo.
– ¡Por todos los santos! -exclamó Ellie-. Si te has abierto los puntos, juro por Dios que te despellejaré vivo.
Él parpadeó y apoyó las manos en las caderas. Sin embargo, el gesto no le otorgaba demasiada dignidad, porque seguía sentado en el suelo.
– Eso parece bastante contraproducente, ¿no crees?
Ellie soltó un sufrido suspiro.
– Sally, ¿quieres ayudarme a poner al conde de pie?
La joven acudió de inmediato en su ayuda y, en unos segundos, habían levantado a Charles y lo habían sacado fuera. Por suerte, con el carruaje habían venido tres mozos. Ellie dudaba que, entre las dos, hubieran podido meterlo dentro.
El trayecto a casa fue tranquilo, puesto que Charles se quedó dormido. Ellie lo agradeció, porque suponía un descanso bien merecido. Sin embargo, cuando llegaron, tuvo que despertarlo y, cuando los mozos y ella lo subieron a su habitación, estaba convencida de que iba a gritar. Había intentado besarla catorce veces en las escaleras, cosa que no le habría importado demasiado si no hubiera estado borracho, si no hubiera hecho caso omiso de la presencia de los mozos y si no corriera peligro de desangrarse si se caía y se abría los puntos.
Bueno, pensó, seguramente no se desangraría, pero la amenaza resultó efectiva cuando al final perdió los nervios y gritó:
– Charles, si no paras ahora mismo, voy a dejarte caer y, por mí, puedes desangrarte hasta morir.
Él parpadeó.
– ¿Que pare de qué?
– De intentar besarme -gruñó, avergonzada por tener que decir eso delante de los mozos.
– ¿Por qué? -preguntó él mientras se acercaba a ella con los labios preparados.
– Porque estamos en las escaleras.
Él ladeó la cabeza y la miró con una expresión desconcertada.
– Es curioso cómo puedes hablar sin abrir la boca. Antes de volver a hablar, Ellie intentó separar los dientes, pero no pudo:
– Haz el favor de subir las escaleras y entrar en tu habitación.
– ¿Y allí podré besarte?
– ¡Sí! ¡De acuerdo!
Él suspiró encantado.
– Perfecto.
Ellie gruñó e intentó ignorar cómo los mozos trataban de ocultar sus sonrisas.
Al cabo de un minuto o dos, casi habían llegado a su habitación, pero Charles se detuvo en seco y dijo:
– ¿Sabes cuál es tu problema, Ellie, querida?
Ella siguió empujándolo por el pasillo.
– ¿Cuál?
– Eres increíblemente buena en todo.
Ellie se preguntó por qué aquellas palabras no le había parecido un cumplido.
– Quiero decir… -agitó el brazo bueno, lo que provocó que se inclinara hacia delante, con lo que Ellie y dos de los mozos tuvieron que sujetarlo para que no se cayera al suelo.
– Charles, no creo que sea el momento -dijo.
– Verás -dijo, ignorándola-. Pensaba que quería una esposa a la que poder ignorar.
– Lo sé -Ellie miró desesperada a los mozos mientras lo metían en la cama-. Creo que ahora ya puedo encargarme sola.
– ¿Está segura, milady?
– Sí -dijo entre dientes-. Con un poco de suerte, se desmayará dentro de nada.
Los mozos parecían tener sus reservas, pero se marcharon.
– ¡Cerrad la puerta! -gritó Charles.
Ellie se volvió y se cruzó de brazos.
– No eres un borracho nada atractivo, milord.
– ¿En serio? Un día me dijiste que te gustaba más borracho.
– He cambiado de opinión.
Él suspiró.
– Mujeres.
– El mundo sería un lugar mucho menos civilizado sin nosotras -dijo ella con la cabeza alta.
– Estoy totalmente de acuerdo -eructó-. A ver, ¿por dónde iba? Ah, sí, quería una esposa para poder ignorarla.
– Lo que eres es un buen ejemplo de la alegría y la caballerosidad inglesa -dijo ella en voz baja.
– ¿Qué has dicho? No te he oído. Bueno, da igual. En cualquier caso, lo que quería decir es lo siguiente.
Ellie lo miró con una expresión de impaciencia sarcástica.
– He acabado encontrando una esposa que puede ignorarme -se golpeó en el pecho y dijo: -¡A mí!
Ella parpadeó.
– ¿Cómo dices?
– Sabes hacer de todo. Coserme el brazo, amasar una fortuna. Bueno, dejando aparte el incendiarme la cocina…