– Muy bien, pasen. y un batallón de periodistas inundó el cuarto.
Fue Gordon Wellman, el gerente nocturno del hotel Copley Square, quien sin saberlo salvó la vida a Julia. Había entrado de servicio aquella tarde a las seis, y automáticamente revisó el registro del hotel. Cuando se topó con el nombre de Julia Stanford, se quedó mirándolo, sorprendido. Desde la muerte de Harry Stanford, los periódicos habían estado llenos de relatos sobre la familia Stanford. Habían sacado a la luz el viejo escándalo de la aventura de Stanford con la institutriz de sus hijos, y el suicidio de la esposa de Stanford. Harry Stanford tenía una hija ilegítima llamada Julia. Corrían rumores de que había viajado a Boston en secreto y que, poco después de una serie de compras costosas, supuestamente había partido a América del Sur. Ahora, todo parecía indicar que había vuelto. «¡Y se aloja en mi hotel!», pensó Gordon Wellman, entusiasmado.
Le dijo al empleado de recepción:
– ¿Sabes la publicidad que esto podría significar para el hotel? Un minuto después, hablaba por teléfono con la prensa…
Cuando Julia regresó al hotel después de su recorrido por la ciudad, el vestíbulo estaba lleno de periodistas que la aguardaban con impaciencia. En cuanto entró, se abalanzaron sobre ella.
– ¡Señorita Stanford! Soy del Bostan Globe. La hemos estado tratando de localizar, pero nos dijeron que se había ido de la ciudad. ¿Podría decimos…?
Una cámara de televisión la enfocaba.
– Señorita Stanford, soy del canal de televisión WCVB.
Nos gustaría tener unas declaraciones suyas…
– Señorita Stanford, soy del The Phoenix. Queremos saber cuál fue su reacción al…
– ¡Mire hacia aquí, señorita Stanford! ¡Sonría! Gracias. y los flashes destellaban sin cesar.
Julia permaneció en pie, llena de confusión. «Dios mío -pensó-. La familia pensará que yo he organizado todo esto.»
Miró a los periodistas.
– Lo siento, no tengo nada que decir.
Corrió hacia un ascensor, pero ellos la siguieron.
– La revista People quiere publicar la historia de su vida, y lo que se siente al haber estado separada de su familia des de hace más de veinticinco años…
– Oímos decir que se había ido a América del Sur… -¿Piensa vivir en Boston…?
– ¿Por qué no se hospeda en Rose Hill…?
Julia salió del ascensor en el cuarto piso, y corrió por el pasillo. Pero ellos le pisaban los talones. No había forma de escapar.
Julia sacó la llave y abrió la puerta de su habitación. Entró y encendió la luz.
– Muy bien, pasen.
Oculto detrás de la puerta, Hal Baker se quedó paralizado por la sorpresa, con el cuchillo en su mano levantada. Cuando los periodistas pasaron junto a él, se apresuró a meter el cuchillo en el bolsillo y a mezclarse con el grupo.
Julia se dirigió a los periodistas.
– De acuerdo, de uno en uno, por favor.
Frustrado, Baker retrocedió hacia la puerta y se deslizó fuera. El juez Stanford no estaría nada complacido.
Durante treinta minutos, Julia respondió preguntas lo mejor que pudo. Hasta que finalmente todos se fueron y ella cerró la puerta con llave y se acostó.
Tyler leyó los diarios y se puso furioso. Woody y Kendall se reunieron con él para el desayuno.
– ¿Qué es todo este disparate sobre una mujer que se hace llamar Julia Stanford? -preguntó Woody.
– Es una impostora -dijo Tyler con desenvoltura-. Ayer vino a casa a reclamar dinero y la eché. No esperaba que recurriera a este juego sucio de la publicidad. Pero no os preocupéis, yo me ocuparé de ella.
Llamó por teléfono a Simon Fitzgerald.
– ¿Ha visto los periódicos de la mañana? -le preguntó. -Sí.
– Esa estafadora se ha puesto a recorrer la ciudad alegando ser nuestra hermana.
– ¿Quiere que la haga detener? -preguntó Fitzgerald. -¡No! Eso sólo significaría más publicidad. Quiero que la obligue a salir de la ciudad.
– Está bien. Yo me ocuparé, juez Stanford.
– Gracias.
Por la mañana, los canales de televisión y los periódicos ofrecían historias de Julia Stanford.
Simon Fitzgerald mandó llamar a Steve Sloane.
– Tenemos un problema -dijo.
Steve asintió.
– Ya lo sé. He oído las noticias de la mañana y he leído los periódicos. ¿Quién es ella?
– Por lo visto, alguien que cree que puede sacar partido de la fortuna de la familia. El juez Stanford me sugirió que la hiciéramos abandonar la ciudad. ¿Puedes encargarte de todo?
– Con mucho gusto -dijo Steve.
Una hora más tarde, Steve llamaba a la puerta de la habitación de Julia.
Cuando ella abrió la puerta y lo vio, dijo:
– Lo siento. No recibo a más periodistas. Yo…
– No soy periodista. ¿Puedo pasar?
– ¿Quién es usted?
– Me llamo Steve Sloane. Trabajo en el bufete jurídico que se ocupa de los bienes de Harry Stanford.
– Ah, bueno. Sí. Pase.
Steve entró en la habitación.
– ¿Le dijo usted a la prensa que era Julia Stanford? -Me temo que me cogieron desprevenida. Verá, yo no los esperaba y…
– ¿Pero les dijo que era la hija de Harry Stanford?
– Sí. Soy su hija.
Él la miró y le dijo, cínicamente.
– Por supuesto, tiene pruebas de lo que dice.
– Bueno, no -dijo Julia en voz baja-. No las tengo. -Oh, vamos -insistió Steve-. Debe de tener alguna prueba -su propósito era hacer que cayera en sus propias trampas.
– No tengo nada -dijo ella.
Steve la observó, sorprendido. No era como había esperado. Había en ella una franqueza que desarmaba. «Parece inteligente. ¿Cómo pudo ser tan estúpida como para venir y alegar ser hija de Harry Stanford sin tener pruebas?»
– Qué pena -dijo Steve-. El juez Stanford quiere que abandone la ciudad.
Julia abrió los ojos de par en par.
– ¿Qué?
– Lo que oye.
– Pero… no lo entiendo. Todavía no he conocido a mis otros hermanos.
«De modo que está decidida a seguir con la comedia», pensó Steve.
– Mire, no sé quién es usted, o cuál es su juego, pero podría terminar en la cárcel por esto. Le estamos dando una oportunidad. Lo que usted hace va contra la ley. De usted depende. Puede irse de la ciudad y dejar de molestar a la familia, o podemos hacerla detener.
Julia parecía paralizada por la impresión.
– ¿Detener? Yo… no sé qué decir.
– Es decisión suya.
– ¿Ellos ni siquiera quieren verme? -preguntó Julia, atontada.
– Eso es quedarse corto.
Julia hizo una inspiración profunda.
– Está bien. Si eso es lo que quieren, regresaré a Kansas. Y le prometo que jamás volverán a tener noticias mías.
Kansas. Parece que hiciste un viaje muy largo para cometer tu pequeña estafa.
– Me parece muy sensato -se quedó un momento observándola, desconcertado-. Bien, adiós.
Ella no contestó.
Steve estaba en la oficina de Simon Fitzgerald.
– ¿Has visto a la mujer, Steve?
– Sí. Regresa a su casa.
– Bien. Se lo diré al juez Stanford. Estará muy complacido. -¿Sabes qué me molesta, Simon?
– ¿Qué?
– El perro no ladró.
– ¿Cómo dices?
– Es una historia de Sherlock Holmes. La clave estaba en lo que no sucedió.
– Steve, ¿qué tiene eso que ver con…?
– Ella ha venido sin ninguna prueba.
Fitzgerald lo miró, intrigado.
– No entiendo. Eso debería haberte convencido.
– Al contrario. ¿Por qué habría de venir aquí desde Kansas, alegar ser la hija de Harry Stanford, y no tener nada con que respaldar esa afirmación?
– Hay mucha gente chiflada, Steve.
– Pero ella no tiene nada de chiflada. Debería haberla visto. Y también hay otro par de cosas que me molestan, Simon. -¿Sí?