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– Leí la trascripción de su entrevista de esta mañana. Usted dijo que se llamaba Margo Posner y que era víctima de una conspiración…

Margo se echó a reír.

– Me porté muy mal. Sólo lo dije para disgustar a Tyler. No. Yo soy Julia Stanford.

Él la miró.

– ¿Puede probarlo?

Ése era el momento que Margo esperaba.

– ¡Por supuesto que sí! -dijo con tono triunfal-. Tyler lo demostró. Contrató a un detective privado llamado Frank Timmons, quien comparó mis huellas digitales con las que me tomaron cuando, siendo más joven, saqué el permiso de conducir. Son idénticas. Sobre eso no hay ninguna duda.

– ¿El detective Frank Timmons, dice usted?

– Así es. Trabaja para la oficina del fiscal de distrito, aquí en Chicago.

Él la observó un momento.

– ¿Está segura de lo que dice? ¿Que usted no es Margo Posner sino Julia Stanford?

– Absolutamente segura.

– ¿Y que ese detective privado llamado Frank Timmons puede corroborarlo?

Ella sonrió.

– Ya lo ha hecho. Lo único que tiene que hacer es llamar a la oficina del fiscal de distrito y comunicarse con él.

El doctor Gifford asintió.

– Está bien. Lo haré.

A las diez de la mañana siguiente, el doctor Gifford, acompañado por la enfermera, volvió a la habitación de Margo. -Buenos días.

– Buenos días, doctor. -Lo miró con ansiedad-. ¿Ha hablado con Frank Timmons?

– Sí. Quiero estar seguro de entender bien esto. ¿Su historia de que el juez Stanford la metió en una especie de conspiración era falsa?

– Completamente. Lo dije porque quería castigar a mi hermano. Pero ahora todo está aclarado. Estoy lista para volver a casa.

– ¿Y Frank Timmons puede probar que usted es Julia Stanford?

– Claro que sí.

El doctor Gifford miró a la enfermera y asintió. Ella hizo señas a otra persona. Un negro alto y flaco entró en la habitación.

Miró a Margo y le dijo:

– Soy Frank Timmons. ¿Puedo hacer algo por usted?

Era un completo desconocido.

El desfile de modas estaba saliendo bien. Las modelos se movían con gracia por la pasarela y cada nuevo diseño recibía aplausos entusiastas. El salón estaba repleto de gente. Todos los asientos estaban ocupados, y había gente de pie en la parte de atrás.

Algo se movió entre bastidores, y Kendall se volvió para ver qué ocurría. Dos policías uniformados avanzaban hacia ella. El corazón de Kendall comenzó a latir de prisa.

Uno de los policías dijo:

– ¿Es usted Kendall Stanford?

– Sí.

– La arresto por el homicidio de Martha Ryan.

– ¡No! -gritó ella-. ¡No fue intencionado! ¡Fue un accidente! ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor…!

Kendall despertó llena de pánico y temblando de pies a cabeza.

Era una pesadilla continua. «No puedo seguir así -pensó-. ¡No es posible! Tengo que hacer algo.»

Necesitaba desesperadamente hablar con Marc. De mala gana, él había tenido que volver a Nueva York.

– Tengo un trabajo, querida -le había dicho-. No me permitirán tomarme más días libres.

– Lo entiendo, Marc. Yo iré dentro de algunos días. Tengo que preparar el desfile.

Kendall iba a viajar a Nueva York por la mañana, pero antes tenía que hacer algo. La conversación con Woody le había resultado muy inquietante. «Lo que hace es echarle la culpa a Peggy de todos sus problemas.»

Capítulo 29

Kendall encontró a Peggy en la terraza.

– Buenos días -le dijo.

– Buenos días.

Kendall se sentó frente a ella.

– Tengo que hablar contigo.

– ¿Ah, sí?

Era una situación incómoda.

– Estuve hablando con Woody y lo encontré muy mal. Él…bueno, cree que tú le has estado suministrando la heroína. -¿Eso te dijo?

– Sí.

Se hizo un silencio prolongado.

– Bueno, es verdad.

Kendall la miró sin poder creerlo.

– ¿Qué? No lo entiendo. Me dijiste que tratabas de que abandonara las drogas. ¿Por qué desearías que siguiera siendo adicto?

– No lo entiendes, ¿verdad? -Su tono era de resentimiento-. Tú vives en tu asqueroso mundillo. ¡Pues déjame que te diga algo, señorita diseñadora famosa! Yo era camarera cuando Woody me dejó embarazada. Jamás esperé que Woodrow Stanford se casara conmigo. Y, ¿sabes por qué lo hizo? Para sentirse mejor que su padre. Y bien, Woody se casó conmigo y todos me trataron como una mierda. Cuando mi hermano Hoop vino para la boda, lo trataron como si fuera una basura.

– Peggy…

– Si quieres que te sea franca, me quedé pasmada cuando me dijo que quería casarse conmigo. Yo ni siquiera sabía si el hijo era suyo. Podría haber sido una buena esposa para Woody, pero nadie me dio esa oportunidad. Para ellos, yo seguía siendo una camarera. Yo no perdí el niño… me hice practicar un aborto. Pensé que entonces Woody se divorciaría de mí, pero no lo hizo. Yo era algo así como el símbolo de lo democrático que él era. Te diré una cosa, Kendall… yo no necesito eso. Valgo tanto como tú o como cualquier otra persona.

Cada palabra era un golpe. -¿Alguna vez has querido a Woody?

Peggy se encogió de hombros.

– Era apuesto y divertido, pero después de aquel accidente durante el partido de polo, todo cambió. En el hospital le dieron drogas y, cuando salió, esperaban que dejara de consumirlas. Una noche él tenía muchos dolores y entonces yo le dije: «Tengo un regalito para ti». Y, después de eso, cada vez que tenía dolores yo le daba su regalito. Muy pronto la necesitaba siempre, tuviera o no dolor. Mi hermano la vende, así que yo podía conseguir toda la heroína que necesitaba. Hice que Woody me la pidiera de rodillas. Y a veces le decía que no me quedaba nada, sólo para verlo sudar y llorar… ¡Cuánto me necesitaba el señor Woodrow Stanford! ¡Entonces él ya no era tan arrogante! Lo incitaba a que me golpeara, para que después se sintiera culpable y se arrastrara hasta mí con regalos. Como ves, cuando Woody no está drogado, yo no soy nadie. Cuando lo está, yo soy la que tiene el poder. Tal vez él sea un Stanford y yo sólo una camarera pero la que controla la situación soy yo.

Kendall la miraba horrorizada.

– Sí, tu hermano ha tratado de dejar las drogas. Cuando las cosas se ponían muy feas, sus amigos lo internaban en un centro de desintoxicación, y entonces yo iba a visitarlo y a observar al gran Stanford sufrir los tormentos del infierno. Y, cada vez que salía, yo lo esperaba con mi regalito. Había llegado el momento de la venganza.

A Kendall le resultaba difícil respirar.

– Eres un monstruo -dijo en voz baja-. Quiero que te vayas de aquí.

– ¡Encantada! ¡No veo la hora de irme de este lugar! -Sonrió-. Claro que no me iré por nada. ¿Cuánto dinero recibiré?

– Lo que sea -dijo Kendall- será demasiado. Ahora vete de aquí.

– Muy bien. -y luego agregó, con voz afectada-: Haré que mi abogado llame al vuestro.

* * *

– ¿Realmente me va a dejar?

– Sí.

– Eso significa…

– Sé lo que significa, Woody. ¿Podrás afrontarlo?

Él miró a su hermana y sonrió.

– Creo que sí. Sí. Me parece que sí.

– Yo estoy segura de que sí.

Woody respiró hondo.

– Gracias, Kendall. Jamás habría tenido el valor de librarme de ella.

Kendall sonrió.

– ¿Para qué están las hermanas?

Aquella tarde, Kendall viajó a Nueva York. El desfile sería una semana después…

El negocio de la moda es el más importante de Nueva York. Una diseñadora de modas famosa podía tener influencia sobre la economía mundial. Los caprichos de una diseñadora pueden afectar a los cosechadores de algodón de la India, a los tejedores escoceses y a los gusanos de seda de la China y del Japón. Tiene efecto sobre la industria de la lana y la de la seda. Los Donna Karans y Calvin Kleins y Ralph Laurens ejercen una importante influencia económica, y Kendall había llegado a esa categoría. Se rumoreaba que estaba a punto de recibir el Premio Coty, el galardón más prestigioso que podía recibir un diseñador.