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– No; enseguida me pusieron con una cajera, y ella me envió una copia de los depósitos y los débitos de la cuenta, aunque sin justificar las transferencias más importantes.

– En tal caso, podría ser conveniente que nosotros comprobáramos sus apuntes -sugirió la signorina Elettra.

A Brunetti le constaba que eso era ilegal, pero tal circunstancia no le hizo titubear ni un segundo.

– ¿Podríamos verlos ahora mismo?

– Nada más fácil, comisario -dijo ella apurando el café.

Volvieron al despacho de la signorina Elettra, examinaron la nueva información que ella hizo aparecer en la pantalla del ordenador y descubrieron que, durante los últimos años, Claudia Leonardo había transferido la mayor parte de su dinero a varios países del mundo: Tailandia, Brasil, Ecuador e Indonesia eran algunos de los puntos de destino. Las transferencias no parecían hacerse siguiendo un programa definido y los importes oscilaban entre los dos y los veinte millones. El total superaba de largo los trescientos millones de liras. Otras sumas iban a distintos beneficiarios en forma de assegni circolari. Tampoco aquí se apreciaba otra pauta que la de la finalidad, ya que todas eran organizaciones humanitarias: un orfanato de Kerala, Médicos sin Fronteras, Greenpeace, un hospital para enfermos de sida en Nairobi…

– Tenía razón Paola -dijo Brunetti-. Donaba el dinero.

– Resulta raro en una persona de su edad, ¿verdad? Si no me he equivocado en la suma -dijo la signorina Elettra señalando la cantidad anotada al pie de la página-, son casi quinientos millones.

Él asintió.

– Y en impuestos, nada, ¿verdad? -dijo ella-. Siendo para beneficencia…

Se quedaron mirando los números, sin ver más allá de la suma total y los lugares a los que había sido destinada.

– ¿Ha encontrado alguna referencia a un notario o un abogado? -preguntó Brunetti de pronto.

– ¿Quiere decir ahí? -preguntó ella señalando los papeles esparcidos sobre la mesa.

– Sí.

– Ninguna. Pero aún no he comprobado todos los números de la libreta de teléfonos. ¿Lo hago?

– ¿Cómo? ¿Llamando uno a uno? -dijo él abriendo la libreta por la A.

¿La había visto cerrar los ojos durante una fracción de segundo? No estaba seguro. Mientras trataba de decidirlo, ella le tomó la libreta de las manos.

– No, señor. Telecom dispone del medio para encontrar el nombre y dirección correspondientes a cualquier número que esté en la guía. No tienen más que pulsar el número, y el programa les da el nombre al instante.

– ¿Podría yo pedirles esa información?

– En otros países, es un servicio público, pero aquí sólo Telecom tiene acceso a esos datos, y dudo que se los facilitara sin una orden judicial. -Al cabo de un momento, agregó-: Pero mi amigo Giorgio me ha dado una copia del programa.

– Bien. ¿Querrá ver si hay números de abogados o notarios?

– ¿Y si los hubiera?

– Si los hubiera, quiero hablar con ellos.

– ¿Quiere que le pida una cita?

– No; prefiero aparecer de improviso.

– ¿Como un ladrón? -preguntó ella.

– «Como un león» sería más halagador, signorina, aunque quizá su figura se ajuste más a la realidad.

CAPITULO 15

Eran ya más de las seis cuando la signorina Elettra le subió el fruto del trabajo realizado con el programa pirateado por Giorgio y le puso el papel en la mesa sin disimular una sonrisa.

– Aquí tiene, comisario. En la libreta sólo estaba el número, sin más datos. Pero es un notario.

Brunetti miró el papel.

– ¿Realmente? -dijo al leer la anotación; era un nombre que recordaba incluso de cuando era niño-. Creí que Filipetto había muerto hace años.

– No, señor; el que murió era su hijo. Cáncer de páncreas. Hará seis o siete años. Se había hecho cargo de la notaría de su padre y, antes de morir, aún pudo traspasarla a su sobrino, hijo de su hermana.

– ¿El que tuvo aquel accidente con una lancha hace un par de años? -preguntó Brunetti.

– Sí, señor. Massimo.

– ¿El viejo aún ejerce?

– No puede ejercer, después de haber traspasado la notaría a su hijo. Además, no es la misma dirección que la del despacho de Sanpaolo.

Él se puso en pie, dobló el papel y lo guardó en el bolsillo interior de la americana.

– ¿Ha hablado con él alguna vez? -preguntó la signorina Elettra.

– Sí, hace años, cuando ejercía. ¿Y usted, lo conoce?

– Mi padre tuvo tratos con él, años atrás. La cosa fue muy mal.

– ¿Para quién? ¿Para su padre o para el dottor Filipetto?

– Me parece que sería imposible encontrar algo que haya ido mal para un Filipetto, padre o hijo -dijo ella, y agregó, mordaz-: aparte del páncreas, claro.

– ¿De qué se trataba?

Ella pensó un momento y explicó:

– Mi padre tenía participación en un restaurante que ponía mesas a lo largo de un canal. El dottor Filipetto vivía en el tercer piso, encima del restaurante, y decía que las mesas le tapaban la vista del otro lado del canal.

– ¿Desde el tercer piso?

– Sí.

– ¿Y qué pasó?

– Filipetto era viejo amigo del juez que fue asignado al caso. Al principio, ni mi padre ni su socio se preocuparon, porque la alegación les parecía absurda, hasta que se enteraron de que tanto el juez como Filipetto eran masones, miembros de la misma logia, y entonces comprendieron que no tendrían más remedio que buscar un acuerdo extrajudicialmente.

– ¿Y cuál fue el acuerdo?

– Que, si mi padre le pagaba un millón de liras al mes, él se comprometía a no presentar más demandas.

– ¿Cuánto hace de eso?

– Unos veinte años.

– Entonces un millón era una fortuna.

– Mi padre vendió su parte al poco tiempo. Ahora ya no habla de aquello, pero aún recuerdo lo que decía de Filipetto entonces.

A Brunetti el caso le recordaba otros muchos similares relacionados con el notaio Filipetto, de los que había oído hablar años atrás.

– Me parece que me acercaré a ver si está en casa.

Al salir, Brunetti se paró en la oficina de los agentes, donde encontró a Vianello que, después del ascenso, aún ocupaba su mesa de siempre, porque el teniente Scarpa se había negado a asignarle otra entre los otros ispettori.

– Voy a Castello a hacer una visita, ¿me acompaña?

– ¿El caso de esa muchacha?

– Sí.

– Encantado -dijo Vianello, poniéndose en pie y descolgando la americana del respaldo de la silla-. ¿A quién vamos a ver? -preguntó cuando salían de la questura.

– Al notaio Gianpaolo Filipetto.

Vianello no llegó a pararse pero sí vaciló un momento.

– ¿Filipetto? -preguntó-. ¿Todavía vive?

– Eso parece -respondió Brunetti-. Claudia Leonardo tenía su número en la libreta de teléfonos. -Habían llegado a la riva y torcieron a la derecha, en dirección a la piazza. Por el camino, Brunetti informó a Vianello sobre las transferencias y las obras benéficas a las que habían sido destinadas.

– No parece la clase de asunto en el que pudiera intervenir un Filipetto -observó el inspector.

– ¿Se refiere a dar tanto dinero a los necesitados?

– A dar cualquier cosa -respondió Vianello.

– Aún no sabemos si hay alguna relación entre él y el dinero -dijo Brunetti, aunque no lo dudaba.

– Entre un Filipetto y el dinero siempre hay relación -dijo Vianello, como enunciando una verdad que los venecianos hubieran comprobado durante varias generaciones.