Выбрать главу

– ¿No te sientes orgulloso de lo que hiciste en la guerra? -preguntó impulsivamente, sorprendiéndose a sí mismo tanto como al conde.

Si creía que su suegro tendría que pensar la respuesta, se equivocaba, porque fue inmediata:

– No; no estoy orgulloso. Al principio, sí lo estaba, supongo. Era muy joven, un crío. Aún no había cumplido dieciocho años cuando terminó la guerra, y había estado viviendo y actuando como un hombre, o como yo creía que debía vivir y actuar un hombre, hacía más de dos años. Pero mi edad moral -matizó, hizo una pausa y miró a Brunetti con una sonrisa extrañamente cándida- o, si lo prefieres, mi edad ética, era la de un chiquillo.

El conde contemplaba la alfombra y alisó una hebra del fleco que se había doblado, y eso hizo pensar a Brunetti en Claudia Leonardo y las circunstancias de su muerte. La voz del conde lo hizo volver al presente.

– Nadie debería enorgullecerse de haber matado, y menos, a hombres como los que nosotros matábamos hacia el final de la guerra. -Miró a Brunetti instándole a comprender-. Supongo que todo el mundo se hace una idea del típico soldado alemán: un gigante rubio con la calavera de las SS en los hombros, enjugando la sangre de la bayoneta después de atravesar con ella la garganta de… qué sé yo, una monja o la madre de alguien. Los hombres con los que yo estaba decían que veían a tipos de ésos al principio, pero al final todos eran unos mozalbetes asustados, con guerrera de un color y pantalón de otro que ellos llamaban uniforme y con un fusil en la mano que les daba la ilusión de ser un ejército.

»Pero no eran más que chiquillos despavoridos ante la idea de la muerte, lo mismo que nosotros. -Tomó un sorbo de grappa y envolvió la copa con las manos-. Me acuerdo de uno de los últimos que matamos. -Su voz era serena, desapasionada, como muy distante de los hechos que describía-. Tendría a lo sumo dieciséis años. Le hicimos un juicio, o lo que nosotros llamábamos juicio, pero venía a ser eso que dicen en las películas norteamericanas: «Concededle un juicio justo y luego ahorcadlo.» Sólo que nosotros lo fusilamos. Oh, nos sentíamos importantes, unos héroes, jugando a los abogados y los jueces. Él era un crío, estaba inerme y no había razón alguna por la que no hubiéramos podido tenerlo prisionero. Se rindieron al cabo de una semana.

Pero él ya estaba muerto.

El conde volvió la cara hacia la ventana. Se veían luces al otro lado del canal y él las miraba mientras seguía hablando.

– Yo no formaba parte del pelotón que lo fusiló, pero tuve que llevarlo a la pared y vendarle los ojos con un pañuelo. Alguno habría leído eso en un libro o lo habría visto en el cine. Ya entonces me parecía que sería preferible dejarles ver a los hombres que iban a matarlos. Por lo menos eso se merecían, que bien poco es. Pero quizá les tapábamos los ojos con esa intención, la de que no pudieran vernos.

Hizo una pausa larga, quizá para reflexionar sobre esa explicación y dijo:

– Él estaba aterrado. Cuando alcé las manos para taparle los ojos, se orinó. En aquel momento, no sentí compasión, al contrario, era una satisfacción ver a un alemán reducido a tan bochornoso terror. Hubiera sido más caritativo hacer como si no lo viera, pero no había caridad en mí, ni en ninguno de nosotros. Yo miré la mancha del pantalón y él me vio mirarla. Entonces empezó a llorar, y yo sabía suficiente alemán como para entender lo que decía. «Mi madre, quiero a mi madre», y sollozaba. Tenía la barbilla apoyada en el pecho, y yo no podía atarle el pañuelo, así que me aparté y los otros dispararon. Ahora pienso que hubiera podido usar el pañuelo para enjugarle las lágrimas, pero ya te he dicho que entonces era muy joven y no tenía compasión. -El conde desvió la mirada de las luces y se volvió hacia Brunetti-. Después lo miré, le vi los mocos en la cara y la sangre en el pecho, y en aquel momento se acabó la guerra para mí. No me lo planteé en términos grandiosos, ni en lo que yo pudiera entender por ética, pero comprendí que lo que habíamos hecho estaba mal, que lo habíamos asesinado, como si le hubiéramos cortado el cuello mientras dormía en casa de su madre. No había gloria en lo que hacíamos, ni servía a propósito alguno. Al día siguiente matamos a otros tres. En la ejecución del primero yo intervine, y aún creo que se lo merecía, pero después de aquello, me daba cuenta de lo que estábamos haciendo. De todos modos, no tenía valor para tratar de disuadir a los otros, temía lo que pudieran hacerme a mí. Así pues, otra vez contestaré a tu pregunta: No; no estoy orgulloso de lo que hice en la guerra.

El conde vació la copa y la dejó en la mesa. Se puso en pie.

– Me parece que no hay nada que añadir a lo dicho.

Brunetti se levantó y, movido por un impulso que lo sorprendió, se acercó al conde y le dio un abrazo, un abrazo largo, luego se volvió y salió del estudio.

CAPÍTULO 17

Paola ya dormía cuando él llegó y, aunque abrió los ojos lo justo para preguntar cómo había ido la visita, la vio tan atontada que sólo le dijo que habían hablado. Le dio un beso y fue a ver si los chicos estaban en casa y en la cama. Abrió la puerta de Raffi, después de dar unos discretos golpes y encontró a su hijo tendido boca abajo, despatarrado en una «X» gigante, con un brazo y un pie colgando. Brunetti pensó en la herencia del muchacho: un abuelo que había perdido en Rusia seis dedos de los pies y la moral, y el otro verdugo voluntario de muchachos indefensos. Cerró la puerta y se asomó a la habitación de Chiara, que dormía plácidamente bajo una manta lisa. Ya en la cama, estuvo un rato pensando en su familia, y se durmió profundamente.

Al día siguiente, fue directamente al despacho de la signorina Elettra, a la que encontró sitiada por regimientos de papeles que avanzaban sobre la mesa.

– ¿Puedo ver en eso una señal prometedora? -preguntó al entrar.

– ¿Qué fue lo que dijo Howard Carter cuando por fin pudo mirar al interior de la tumba? Veo cosas, cosas maravillosas.

– Pero seguro que usted no ve máscaras de oro ni momias, signorina -respondió Brunetti.

Como un crupier que recogiera las cartas, ella se acercó varios de los papeles que tenía a su derecha e hizo un montón.

– Mire esto. He impreso los archivos del ordenador.

– ¿Y los estados de cuentas? -preguntó él acercando una silla, donde se sentó.

Ella, con ademán displicente, señaló un montón de papeles de un ángulo de la mesa.

– Es lo que me suponía -dijo con la falta de interés con la que se menciona lo que es evidente-. Ni el banco declaró los depósitos ni los de la Finanza se molestaron en preguntar al banco.

– ¿Y eso quiere decir…? -preguntó él, aunque ya se hacía una idea.

– Lo más probable es que la Finanza, simplemente, no se tomara la molestia de cotejar sus ingresos con la relación de las transferencias de fondos que entraban en el país.

– Lo cual significa…

– O negligencia o soborno, diría yo.

– ¿Es posible?

– Como ya le he dicho más de una vez, comisario, tratándose de bancos, todo es posible.

Brunetti aceptó su autorizada opinión y preguntó:

– ¿Le ha sido difícil conseguirlo?

– Habida cuenta de la encomiable reticencia de los bancos suizos y de la instintiva falsedad de los nuestros, diría que sí, que fue más difícil de lo habitual.

Brunetti, sabedor de la extensa red de amistades de la signorina Elettra, optó por no hacer más preguntas, aunque no podía sustraerse a cierta inquietud cuando pensaba que un día sus fuentes podían pedir información a cambio, y se preguntaba si ella la daría.

– Todo esto son cartas -dijo la signorina Elettra entregándole el montón de papeles-. Las fechas y las cantidades que se indican coinciden con las transferencias hechas con cargo a su cuenta.