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Como en la sala de lectura no había nadie, Brunetti no veía la necesidad, pero siguió a Ford tal como se le pedía. El despacho, ubicado en el ángulo del edificio opuesto a Isola di San Pietro, tenía ventanas en dos de sus paredes, pero las de la más corta daban a las persianas de la casa del otro lado de la calle.

También allí, entre las ventanas, las paredes estaban cubiertas de estanterías hasta la altura de un hombre, pero en lugar de libros contenían archivadores.

Brunetti, tomando el asiento que se le ofrecía, empezó a preguntar:

– ¿Dijo usted que Claudia Leonardo trabajaba aquí?

– En efecto -respondió Ford. Se sentó frente a Brunetti, declinando la oportunidad de situarse en una posición de autoridad, detrás del escritorio. Tenía los ojos castaño claro, la nariz recta y era bien parecido; por lo menos, según los cánones ingleses.

– ¿Cuánto tiempo?

– Unos tres meses, quizá algo menos.

– ¿En qué consistía su trabajo?

– Catalogaba las adquisiciones, ayudaba a los visitantes en sus consultas… las funciones normales de una bibliotecaria. -La voz de Ford era llana, como para dar a entender que las preguntas de Brunetti le parecían naturales y previsibles.

– Pero, siendo estudiante universitaria, no estaría preparada para esta clase de trabajo. ¿Cómo podía saber ella lo que tenía que hacer?

– Claudia era muy lista -dijo Ford con su primera sonrisa. Se le entristecieron los ojos cuando se oyó a sí mismo elogiar a la muchacha-. En realidad, una vez conoces los principios básicos del trabajo de documentación, todo se reduce a lo mismo.

– ¿No han cambiado esas cosas con Internet? -preguntó Brunetti.

– En algunos campos, sí, desde luego. Pero la información que tenemos en la biblioteca y la clase de cosas que interesan a nuestros visitantes, bien, no se encuentran en la Red.

– ¿Qué clase de cosas?

– Relatos personales de los hombres que sirvieron en la guerra o en la Resistencia. Nombres de las víctimas. Lugares en los que se libraron pequeñas batallas o escaramuzas. Esas cosas.

– ¿Y a quién interesa esta información?

La voz de Ford se animaba a medida que la conversación derivaba hacia el tema que él dominaba: la muerte de hombres jóvenes ocurrida más de cincuenta años atrás, y se alejaba de la muerte reciente de una muchacha.

– Recibimos muchas consultas de familiares de hombres a los que se dio por desaparecidos o capturados por el enemigo. A veces, en los diarios o en las cartas de compañeros, se menciona a los desaparecidos. La mayor parte de la información que nosotros tenemos está inédita, únicamente se puede encontrar aquí. Sólo aquí puede la gente averiguar qué ha sido de sus familiares.

– ¿No da esa información el Archivio di Stato? -preguntó Brunetti.

– Por desgracia, los Archivos facilitan muy poca información de esta clase. Y digo facilitan adrede, porque tienen la información pero parecen reacios a darla. O la dan con una lentitud exasperante.

– ¿Por qué? -preguntó Brunetti.

– Sabe Dios -respondió Ford, sin tratar de disimular la impaciencia-. Yo sólo puedo decirle cómo van las cosas o, mejor dicho, cómo no van. -Como el historiador estimulado por su tema, Ford se animaba evidentemente-. Imprimen en todo el proceso de consulta una complejidad innecesaria y el Archivo debe trabajar a un ritmo muy lento. -Brunetti no pidió aclaración de este último extremo, pero Ford se la dio de todos modos-: Aquí han venido personas que habían presentado solicitudes oficiales hacía treinta años. Un hombre hasta traía una carpeta de toda la correspondencia generada por su intento de averiguar lo que había sido de su hermano, desaparecido en 1945. La carpeta estaba llena de cartas formulario del Archivo que decían que se había dado curso a la solicitud por la vía correspondiente. -Brunetti hizo un sonido con la garganta que denotaba interés, y el inglés prosiguió-: Lo más triste de este caso es que las primeras cartas que pedían la información estaban firmadas por el padre, que había muerto hacía quince años sin averiguar nada, y el hijo se había hecho cargo de las pesquisas.

– ¿Por qué acudió a ustedes?

Ford parecía incómodo.

– No me gusta jactarme de lo que hacemos, y trato de evitarlo, pero nosotros hemos proporcionado datos a muchas personas que no los habían conseguido del Archivo, y ha cundido la voz.

– ¿Cobran algo por sus servicios?

Ford pareció francamente sorprendido por la pregunta.

– Nada en absoluto. La biblioteca recibe una pequeña subvención del Estado, pero la mayor parte del dinero lo recibimos de aportaciones particulares y de una fundación. -Titubeó un momento y agregó-: La pregunta es ofensiva, comisario, perdone que se lo diga.

– Comprendo, signore -dijo Brunetti con una ligera inclinación de la cabeza-, pero comprenda que, en cierto modo, también yo he venido en busca de documentación, y por ello he de preguntar todo lo que se me ocurra. Pero no era mi intención ofenderlo.

Ford aceptó estas palabras inclinando la cabeza a su vez y el clima se hizo más cálido.

– ¿Y Claudia Leonardo? -preguntó Brunetti-. ¿Cómo vino a trabajar aquí?

– En un principio, vino a documentarse y, cuando descubrió la tarea que estábamos haciendo, preguntó si podría trabajar con nosotros en calidad de voluntaria. En realidad, sólo venía unas horas a la semana. Si lo desea, podríamos ver mis notas -dijo Ford empezando a levantarse. Brunetti lo detuvo con un ademán-. Enseguida se familiarizó con nuestros archivos -prosiguió el inglés- y se ganó la simpatía de nuestros visitantes. -Ford se miró las manos, buscando la manera de expresar lo que deseaba decir-. Muchos son personas muy mayores, y creo que agradecían encontrar a una persona que no sólo era competente sino muy…

– Creo que le comprendo -dijo Brunetti, que también se sentía incapaz de utilizar palabras que hicieran justicia a la integridad, franca y juvenil, de Claudia sin provocarse dolor-. ¿Tiene idea de cómo se enteró de la existencia de la biblioteca?

– En absoluto. Un día entró a preguntar si podía consultar nuestros archivos, el material le interesó, volvió varias veces y luego, como le decía, preguntó si podría ayudarnos. -Rememoraba el momento en que la muchacha le había hecho la petición-. La subvención que recibimos del Estado es pequeña, y muchos de nuestros consultantes son gente modesta, de modo que nosotros aceptamos encantados su ofrecimiento.

– ¿«Nosotros»? -preguntó Brunetti-. Dijo usted que era codirector. ¿Podría decirme quién es el otro director?

– Por supuesto -dijo Ford, sonriéndose de su olvido-. Es mi esposa. En realidad, esta biblioteca la fundó ella, y cuando nos casamos me propuso compartir sus funciones.

– Comprendo -dijo Brunetti-. Volviendo a Claudia, ¿hablaba de sus amigos? ¿Nunca mencionó a alguien en particular?

Ford reflexionó.

– No que yo pueda recordar con exactitud. Quizá hablara de un chico… o será que me gusta suponer que es lo que hacen las jóvenes, pero nadie en concreto.

– ¿Y de su familia? ¿O de otras personas?

– No, nada. Lo siento, comisario. Ella era muy joven, y debo confesar que, a no ser que hablen de historia o de algún tema que me parezca interesante, no acostumbro a prestar mucha atención a lo que dicen los jóvenes. -La sonrisa del hombre era tímida, casi contrita, pero Brunetti, que compartía su opinión acerca de la conversación de los jóvenes, no veía por qué tenía que disculparse.

Como no sabía qué más preguntar, Brunetti se puso en pie y extendió la mano.

– Gracias por su tiempo y su ayuda, signor Ford.

– ¿Tiene alguna idea…? -preguntó el hombre, sin poder terminar la pregunta.

– Proseguimos la investigación -fue la respuesta estereotipada de Brunetti.

– Bien. Es terrible. Era una muchacha encantadora. Todos la apreciábamos.