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Brunetti no encontró nada que decir a eso, y salió detrás de Ford a la desierta sala de lectura. Ford se ofreció a acompañarlo hasta la puerta, pero Brunetti rehusó cortésmente diciendo que bajaría solo. Salió a la pálida luz de un día de finales de otoño, sin otra cosa que hacer que irse a casa a almorzar, con la sensación, reavivada por la entrevista con Ford, del absurdo clamoroso de la pérdida de una vida joven.

CAPITULO 18

Paola lo recibió con la noticia de que Marco Erizzo lo había llamado dos veces y había dejado el recado de que le urgía hablar con él. Ella había anotado al lado del teléfono el número del móvil de Marco, y Brunetti lo marcó inmediatamente, a pesar de que por la puerta de la cocina podía ver a su familia sentada a la mesa frente a unos humeantes tagliatelle.

A la segunda señal, Marco contestó con su nombre.

– Soy yo, Guido, ¿qué ocurre?

– Tus hombres me buscan -dijo Marco, con voz tensa-. Pero prefiero que vengas tú a detenerme.

Pensando que quizá Marco había visto demasiada televisión, Brunetti preguntó:

– ¿Qué dices, Marco? ¿Qué hombres? ¿Qué has hecho?

– Ya te conté lo que ocurría, ¿te acuerdas?

– ¿Sobre el permiso de obras? Sí, me acuerdo. ¿De eso se trata?

– Sí. -Había parásitos en la línea.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Brunetti cuando cesó el chisporroteo.

– Era el arquitecto -dijo Marco-. Canalla. Era él. El permiso fue concedido hace tres meses, pero él me decía que no, que había que modificar ligeramente los planos, que así quizá los aprobaran. Y luego, como ya te conté, me dijo que un empleado del Comune le había pedido treinta millones de liras. Y, mientras tanto, yo he estado pagándole cada juego de planos y las horas que decía que pasaba trabajando para mí. -Calló, porque lo ahogaba la indignación.

– ¿Cómo te has enterado?

– Ayer, mientras tomaba una copa con Angelo Costantini, entró un amigo suyo y, cuando nos presentó, él reconoció mi nombre, me dijo que trabajaba en la oficina de planificación y me preguntó cuándo pensaba ir a recoger el permiso de obras. -Hizo una pausa, para permitir a su amigo manifestar indignación o repulsa, pero en aquel momento Brunetti tenía toda la atención puesta en sus tagliatelle, cubiertos ahora con un plato boca abajo, en lo que él confiaba que fuera un intento eficaz para mantenerlos calientes.

– ¿Qué hiciste, Marco? -preguntó, sin dejar de pensar en el almuerzo que estaba enfriándose rápidamente.

– Le pregunté de qué me hablaba, y él me dijo que el arquitecto les había comunicado, hará unos dos meses, que yo le había pedido que hiciera unas modificaciones en los planos y que tenía que discutirlas conmigo antes de presentar los definitivos.

– Pero, si el permiso ya estaba concedido, ¿por qué no te llamaron?

– Llamaron al arquitecto. Ha tenido suerte de que no lo matara.

Brunetti comprendió de pronto el motivo de la llamada.

– ¿Qué ha pasado?

– Esta mañana he ido a su despacho -dijo Marco, y calló.

– ¿Y qué has hecho?

– Decirle lo que sabía, lo que me había dicho el empleado de la oficina de planificación.

– ¿Y él?

– Él me ha contestado que debía de haberlo entendido mal y que esta mañana iría a aclararlo. -Marco respiraba hondo, tratando de reprimir el furor-. Pero yo le he dicho que sabía lo que ocurría y que estaba despedido.

– ¿Y?

– Me ha contestado que no podía despedirlo hasta que la obra estuviera terminada o que me demandaría por incumplimiento de contrato.

– ¿Y?

La pausa era como la que solían hacer sus hijos, y Brunetti sabía que no tenía más que esperar.

– Y entonces le he pegado -dijo Marco al fin. Otra pausa y prosiguió-: Verlo allí sentado detrás de su gran mesa, llena de planos y proyectos, diciéndome que me demandaría si trataba de despedirlo, me ha sacado de quicio.

– ¿Qué ha pasado?

– He dado la vuelta a la mesa; yo sólo quería agarrarlo… -Brunetti imaginó a Marco diciendo estas palabras delante de un juez y se estremeció-. Él se ha levantado y ha venido hacia mí.

Cuando le pareció que ésa era toda la explicación que Marco iba a darle, Brunetti dijo:

– Cuéntame exactamente lo que has hecho, Marco -dijo en el tono que usaba con sus hijos cuando traían malas notas del colegio.

– Ya te lo he dicho, le he pegado. -Y prosiguió, sin dar a Brunetti tiempo de decir algo-. Pero no muy fuerte. Ni siquiera lo he tirado al suelo, sólo ha sido como un empujón.

– ¿Le has dado con el puño? -preguntó Brunetti, que creía necesario aclarar lo que podía significar «empujón».

Tras una larga pausa, Marco dijo:

– Más o menos.

Brunetti no ahondó más en eso y preguntó:

– ¿Dónde?

– En la mandíbula, o la nariz.

– ¿Y?

– Él se ha ido para atrás y ha quedado sentado en el sillón.

– ¿Tenía sangre?

– No lo sé.

– ¿Cómo?

– Me he marchado. Lo he mirado allí sentado y me he ido.

– Entonces, ¿por qué dices que mis hombres andan detrás de ti?

– Porque ésa es la clase de individuo que es. Habrá llamado a la policía y les habrá dicho que yo quería matarlo. Por eso quiero que sepas lo que ha pasado realmente.

– ¿Es eso lo que ha pasado realmente, Marco?

– Te lo juro por mi madre.

– Está bien. ¿Qué quieres que haga?

Había auténtica sorpresa en la voz de Marco cuando dijo:

– Nada. ¿Por qué iba a querer que hicieras algo? Sólo quería que lo supieras.

– ¿Dónde estás?

– En el restaurante.

– ¿El de cerca de Rialto? -preguntó Brunetti.

– Sí. ¿Por qué?

– Estaré ahí dentro de cinco minutos. Espérame. No hagas nada ni hables con nadie. ¿Entendido, Marco? Con nadie. Y no llames a tu abogado.

– Está bien -dijo Marco hoscamente.

– Ahora mismo voy para allá -dijo Brunetti colgando el teléfono. Fue a la mesa, levantó el plato que cubría los tagliatelle, aspiró el aroma ahumado de la ricotta rallada y de la berenjena, volvió a taparlos, dio un beso a Paola en el pelo y dijo:

– He de ir a ver a Marco.

Cuando abría la puerta de la escalera, oyó decir a Chiara:

– Está bien, Raffi, para ti la mitad.

El restaurante estaba lleno, y en las mesas había cosas maravillosas: una pareja tenía delante unas langostas del tamaño de perros salchicha y, a su izquierda, un grupo de empresarios atacaba una fuente de marisco que hubiera podido alimentar a toda una aldea de Sri Lanka durante una semana.

Brunetti fue directamente a la cocina, donde encontró a Marco hablando con la signora Maria, la cocinera. Marco fue a su encuentro.

– ¿Quieres comer? -preguntó.

Era uno de los mejores restaurantes de la ciudad, y la signora Maria, con su talento culinario, había deparado a Brunetti gozos infinitos.

– Gracias, Marco, pero ya he almorzado en casa -dijo. Tomó del brazo a su amigo, apartándolo de María, que los siguió con una mirada de decepción, y del camino de un camarero que transportaba a la altura del hombro una bien surtida bandeja. Se quedaron en la puerta del almacén en el que se guardaban mantelerías y latas de tomate.

– ¿Cómo se llama el arquitecto? -preguntó Brunetti.

– ¿Por qué quieres saberlo? -preguntó Marco, la misma voz huraña de antes.

Brunetti pensó en reservarse la explicación, pero luego decidió darla, aunque no fuera más que para hacer que Marco cambiara de tono.

– Porque ahora volveré a la questura y miraré si encuentro algo sobre él, si ha tenido algún tropiezo o tiene algún contencioso pendiente, y me jugaré el cargo amenazándolo con abusar de mi poder hasta que se avenga a no presentar cargos contra ti. -Había ido alzando la voz, y ahora advirtió que su enfado con Marco era muy parecido al que a veces le producían sus hijos-. ¿Satisfecho? Y ahora dame el nombre.