– Piero Sbrissa -dijo Marco-. Su estudio está en San Marco.
– Gracias -dijo Brunetti sorteando a Marco para volver al comedor, desde donde gritó-: Ya te llamaré. No hables con nadie. -Y se fue.
En la questura, Vianello pasó una hora delante del ordenador y Brunetti dos al teléfono, y al final uno y otro habían hallado indicios de que existía la posibilidad de persuadir al arquitecto Sbrissa de la conveniencia de no demandar a su cliente, Marco Erizzo. Al parecer, la tramitación de más de uno de los permisos de obra solicitados por el arquitecto se había demorado de manera injustificada, según dijeron a Brunetti tres de sus antiguos clientes. En todos los casos, el cliente había aceptado la sugerencia de Sbrissa de utilizar cierto método, no por ilegal menos frecuente, para resolver su problema, aunque ninguno de ellos quiso revelar la suma entregada. Vianello, por su parte, descubrió que Sbrissa había declarado haber percibido de Marco Erizzo durante el año anterior sólo dieciséis millones de liras, y la secretaria de Marco, cuando el inspector la llamó, dijo que tenían en sus archivos recibos firmados por más de cuarenta millones.
Brunetti llamó a un amigo que prestaba sus servicios en el cuartel de los carabinieri de San Zaccaria, quien le informó de que Sbrissa había llamado aquella mañana para dar parte de una agresión y había quedado en ir personalmente a hacer la denuncia formal, cuando lo hubiera visto un médico. Brunetti pasó a su amigo los datos fiscales de Sbrissa y le preguntó si creía poder convencer al architetto de que recapacitara sobre su decisión de presentar la denuncia. El carabiniere dijo que le plantearía la situación personalmente y que estaba seguro de que el signor Sbrissa sabría elegir el mejor camino.
Cuando Brunetti llamó a Marco para decirle que el asunto estaba prácticamente resuelto, su amigo no podía creerlo. Quería saber qué había hecho Brunetti, y cuando éste se negó a revelárselo, Marco quedó en silencio un momento y luego soltó que estaba disonorato por haber pedido ayuda a la policía.
Brunetti tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir el comentario que le subía a los labios, y se limitó a decir:
– Somos amigos, Marco, y no se hable más.
– Pero tienes que dejar que haga algo por ti.
– Está bien. Algo puedes hacer -dijo Brunetti rápidamente.
– Bien. ¿Qué es? Lo que sea.
– La próxima vez que vayamos al restaurante, di a la signora Maria que dé a Paola la receta del relleno de los mejillones.
Marco tardó mucho en contestar y al fin dijo, entre apenado y dolido:
– Eso es chantaje. No querrá.
– Lástima que no fuera la signora Maria la que pegara a Sbrissa.
– Ni aun así te la daría -dijo Marco con resignación-. Esa mujer preferiría ir a la cárcel antes que revelar el secreto de los mejillones.
– Me lo temía -dijo Brunetti que, después de asegurar a Marco que pensaría en la manera de permitirle pagar el favor, colgó el teléfono.
Este incidente, aunque gratificante en el ámbito personal, en nada contribuía a iluminar lo que Brunetti se planteaba como el triángulo Leonardo, Guzzardi, Filipetto. Bajó al despacho de la signorina Elettra, y vio que ya se había marchado, lo que no era de extrañar, puesto que faltaba poco para las cinco y ella solía quejarse de lo tediosas que eran las dos últimas horas de la jornada. Cuando daba media vuelta para marcharse, se abrió la puerta del despacho del vicequestore Patta y apareció éste en persona, con el abrigo gris tórtola doblado sobre un brazo y una cartera nueva, que Brunetti identificó inmediatamente como de Bottega Veneta, en la mano izquierda.
– Ah, Brunetti -dijo Patta al verlo-. Dentro de veinte minutos tengo una reunión con el pretore.
Brunetti, a quien tenía sin cuidado si Patta iba a trabajar o no y a qué horas entraba y salía, encontraba interesante aquella reacción casi pavloviana del hombre, consistente en escudarse en la mentira, y se preguntaba si su superior tendría intención de dedicarse a la política cuando se retirara de la policía.
– Entonces no le entretengo, señor -dijo Brunetti, haciéndose a un lado para dejar paso al superior.
– ¿Alguna novedad en…? -empezó Patta que, incapaz de recordar el apellido de Claudia, agregó-: El asesinato de esa muchacha.
– Estoy recogiendo información -dijo Brunetti.
Patta, lanzando una rápida mirada al reloj, murmuró un distraído:
– Bien, bien -saludó y se fue.
Brunetti sentía curiosidad por saber si la signorina Elettra había averiguado algo, pero no se atrevía a tocar su ordenador: de haber descubierto algo importante, se lo hubiera dicho. Por otra parte, dada la suspicacia con que ella miraba a algunos de los hombres que trabajaban en la questura, la información que pudiera contener su ordenador sin duda estaría protegida por barreras y laberintos insalvables para cualquiera que intentara acceder a ella.
Brunetti volvió a su despacho y estuvo hojeando la carpeta del asesinato de Claudia hasta que encontró el número de teléfono de la compañera de piso. Marcó el prefijo de Milán, luego el número y no tardó en hablar con la madre, que accedió a llamar al teléfono a la muchacha, no sin advertir a Brunetti que no debía atosigarla y que ella estaría escuchando por el supletorio.
Pero la llamada resultó inútil, porque Lucia no recordaba haber oído a Claudia mencionar el nombre de Filipetto, ni hablar de notario alguno. Brunetti, consciente de la silenciosa presencia de la madre, se abstuvo de preguntar a la muchacha cómo se encontraba, y cuando Lucia se interesó por el estado de la investigación, él no pudo decirle sino que estaban siguiendo varias pistas y confiaban en que pronto habría novedades. Irritaba a Brunetti tener que oírse a sí mismo utilizar semejantes tópicos.
Después de aquello, con el eco de palabras insustanciales resonándole en los oídos, Brunetti se sentía incapaz de concentrarse en tarea alguna, y abandonó la questura, se encaminó hacia Rialto y su casa. Al llegar al puesto de quesos de Piero, donde hubiera tenido que torcer a la izquierda, siguió en línea recta, adentrándose en Santa Croce, en dirección a campo San Boldo. No se paró hasta encontrarse frente a la casa de la signora Jacobs. Pulsó el timbre.
Tuvo que esperar un buen rato para oír la voz grave que preguntaba quién llamaba.
– El comisario Brunetti -respondió él.
– Ya le dije que no quiero hablar con usted -dijo ella, con tono más de cansancio que de irritación.
– Pero yo sí tengo que hablar con usted, signora.
– ¿De qué?
– Del notaio Filipetto.
– ¿De quién? -preguntó ella, después de una larga pausa.
– Del notaio Filipetto -repitió Brunetti, sin más explicaciones.
El mecanismo de la puerta rechinó, sorprendiendo a Brunetti, que entró y subió rápidamente al piso de la anciana, a la que encontró apoyada en el marco de la puerta, como si estuviera bebida.
– Gracias, signora -dijo él asiéndola del codo para acompañarla al interior. Esta vez, se obligó a sí mismo a no prestar atención a los objetos de la habitación y, muy despacio, la llevó hasta el sillón, percibiendo la levedad de su cuerpo. Nada más sentarse, ella extendió el brazo hacia un lado, en busca de un cigarrillo, pero le temblaba la mano, y del paquete saltaron tres que cayeron al suelo antes de que consiguiera encender uno. Si a veces Brunetti había pensado dónde metían sus hijos todo lo que comían, ahora, al ver a la anciana aspirar con ansia se preguntó en qué intersticios pulmonares podía hallar cabida tanto humo.