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Él esperaba que ella le hiciera alguna pregunta, pero la anciana guardó silencio hasta que el cigarrillo quedó reducido a una punta diminuta, que dejó caer en un cuenco de cerámica azul, ya medio lleno de colillas.

– Signora -dijo Brunetti-, en nuestra investigación, hemos encontrado el nombre del dottor Filipetto. -Aquí calló un momento, por si ella hacía alguna pregunta o alusión respecto al notario, pero no fue así-. Por lo tanto, me gustaría preguntarle si sabe usted por qué Claudia podía querer hablar con él.

– ¿Ahora ya es Claudia?

– ¿Cómo dice? -preguntó él, sinceramente sorprendido.

– Habla de ella como de una amiga -dijo la mujer secamente-. Claudia -repitió, y al pensamiento de Brunetti acudió el recuerdo de la muchacha.

¿Qué era más indiscreto -pensaba Brunetti-, sorprender a una persona después del coito o después de la muerte? Probablemente, esto último, porque la persona ha sido despojada de toda posibilidad de simulación. Ahí está, exhausta y, al parecer, dolorosamente vulnerable, a pesar de que ya se halla más allá de la vulnerabilidad y del dolor. Estar indefenso implica que una defensa aún podría servir de algo, pero los muertos están por encima de todo eso, de la defensa y de la esperanza.

– Ojalá hubiera sido posible -dijo Brunetti.

– ¿Por qué? -preguntó la mujer-. ¿Para poder hacerle preguntas y descubrir sus secretos?

– No, signora, para poder hablar con ella de los libros que ambos leíamos.

La signora Jacobs resopló con incredulidad y desdén.

Atónito, pero también intrigado por la idea de que Claudia tuviera secretos, Brunetti argumentó.

– Era alumna de mi mujer. Ya habíamos hablado de libros.

– Libros -dijo ella, y esta vez no había más que desdén en su voz. La irritación la hizo aspirar profundamente, lo que le provocó una explosión de tos. Era una tos honda y blanda y tan persistente que al fin Brunetti fue a la cocina en busca de un vaso de agua. Lo sostuvo hasta que ella lo tomó y esperó mientras la mujer iba bebiendo pequeños sorbos, y por fin dejó de toser-. Gracias -dijo con naturalidad devolviéndole el vaso.

– De nada -dijo él con igual soltura, dejó el vaso en el escritorio situado a la izquierda de la mujer, acercó una silla y se sentó frente a ella.

– Signora -prosiguió-. No sé qué piensa usted de la policía ni qué piensa de mí, pero créame que no deseo sino encontrar a la persona que la mató. No quiero saber nada que ella deseara mantener en secreto, a no ser que ello pueda ayudarme en mi trabajo. Yo sólo quiero que ella descanse en paz, si ello es posible. -La miraba fijamente al hablar, instándola a creerle.

La signora Jacobs alargó la mano en busca de otro cigarrillo y lo encendió. De nuevo inhaló profundamente, y Brunetti tensó los músculos, esperando otro acceso de tos. Pero esta vez no llegó. Cuando la colilla ya se consumía en el bol azul, la mujer dijo:

– Su familia no tiene ese don.

– ¿Qué don? -preguntó él, confuso.

– El de descansar en paz. El de hacer las cosas en paz.

– Lo siento, pero no conozco a nadie de la familia, sólo a Claudia. -Se puso a pensar en cómo formular la pregunta siguiente, pero entonces, abandonando toda prudencia, preguntó, sencillamente-: ¿Querría usted hablarme de ellos?

Ella juntó las manos delante de la cara, rozando los labios con la punta de los dedos, en actitud de oración, por más que Brunetti sospechaba que hacía mucho tiempo que esa mujer no rezaba por nada, ni a nadie.

– Usted ya sabe quién era su abuelo -dijo.

Brunetti asintió.

– ¿Y su padre?

Brunetti negó con la cabeza.

– Nació durante la guerra, y su padre, naturalmente, le puso Benito. -Ella lo miró con una sonrisa, como el que acaba de contar un chiste, pero él no sonrió sino que se quedó esperando a que continuara-. Así era Luca.

Para Brunetti, Luca Guzzardi era un oportunista político que había muerto en un manicomio, por lo que le pareció que lo más prudente sería callar.

– Él creía realmente en todo aquello. Las marchas, los uniformes, y el regreso del Imperio romano. -Ella meneó la cabeza, ahora sin sonreír-. Por lo menos, al principio lo creía.

Brunetti nunca había sabido, porque sus padres no se lo habían dicho, si su padre había creído realmente en todo aquello. Tampoco sabía si ello suponía una diferencia, ni en qué sentido. Esperaba pacientemente, sabiendo que los viejos siempre vuelven a su tema.

– Era un hombre guapo. -La signora Jacobs se volvió hacia un aparador que estaba arrimado a la pared y señaló con la mano una deslucida hilera de pálidas fotos. Brunetti, intuyendo que se esperaba de él que se acercara a mirarlas, así lo hizo. La primera era un busto de un joven cuya cara quedaba casi oscurecida por el penacho de plumas de su casco de bersagliere, un tocado que al Brunetti adulto siempre había parecido francamente ridículo. En otra, el mismo joven blandía un rifle y, en la siguiente, envuelto en los pliegues de una capa larga y oscura, una espada. La actitud era, en todas las imágenes, deliberadamente beligerante: mentón salido y firme la mirada, compuesta con el propósito de inmortalizar ese momento de patriotismo sublime. A Brunetti aquellas poses le parecían tan tontas como las plumas, las bandas y las charreteras que adornaban el uniforme del joven. Él era tan insensible al atractivo de la parafernalia militar que raramente podía sustraerse a la tentación de comparar a los hombres de uniforme con los indígenas de Nueva Guinea que llevan un hueso atravesado en la nariz, el cuerpo pintado de blanco y el pene protegido por una funda de bambú de un metro de largo. Por ello, soportaba mal los desfiles y ceremonias oficiales.

Brunetti siguió contemplando las fotos durante el tiempo que le pareció prudencial y volvió a sentarse frente a la signora Jacobs.

– Hábleme de él, signora.

Ella lo miró con ojos penetrantes, apenas empañados por la edad.

– ¿Qué se puede decir? Éramos jóvenes, yo estaba enamorada y el futuro era nuestro.

Brunetti se permitió entrar en el terreno confidencial que ella había abierto.

– ¿Sólo usted estaba enamorada?

La sonrisa de la mujer era la de la persona anciana que ya casi todo lo ha dejado atrás.

– Ya le he dicho que él era muy guapo; los hombres como él, en el fondo, sólo se aman a sí mismos. -Adelantándose a cualquier comentario de él, agregó-: Yo entonces no lo sabía. O no quería saberlo. -Sacó otro cigarrillo y lo encendió. Lanzando una larga nube de humo, comentó-: Aunque viene a ser lo mismo, ¿verdad? -Volvió la brasa del cigarrillo hacia sí, la miró un momento y dijo-: Lo extraño es que, aun sabiéndolo, ello no hubiera hecho cambiar la manera en que yo lo amaba. Y aún lo amo. -Miró a Brunetti, se miró el regazo y, en voz baja, añadió-: Por eso quiero devolverle el buen nombre.

Brunetti callaba, resistiéndose a interrumpirla. Ella, al advertirlo, prosiguió:

– Era emocionante aquella sensación, o aquella ilusión, de que todo iba a ser nuevo y diferente. En Austria se percibía desde hacía años, y por eso a mí me pareció natural. Cuando la observé también aquí, en hombres como Luca y sus amigos, yo no me daba cuenta de lo que significaba en realidad, ni sospechaba que aquellas ideas no podían traernos nada más que muerte y sufrimiento. -Suspiró y dijo-: Tampoco Luca lo veía.

Como la mujer no decía más, Brunetti preguntó:

– ¿Cuánto duró su relación?

Ella consideró la pregunta y respondió:

– Seis años, los últimos de la guerra, el juicio y luego… -Su voz se apagó. Brunetti aguardaba; sentía curiosidad por ver cómo lo expresaría ella-. Todo lo que vino después -dijo únicamente.