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– ¿Se agita, el Paulat?

– Y sí. Sobre todo cuando ha visto que soplaba contra el alcalde. Explicó por todas partes que, en cuanto a la carta, estaba de acuerdo. Hasta da a entender que es él quien la ha redactado…

– ¡Está bueno! -digo yo.

– Si no la ha firmado -siguió Colin- es porque no quiso poner su firma al lado de la de un comunista.

– Sin embargo -digo yo-, aceptaría figurar en una lista electoral con un comunista, a condición de que el comunista no sea el primero de la lista.

– ¡Eso es! -dice Colin-. Has comprendido.

– Y el primero, por supuesto, sería yo. Sería elegido alcalde, Paulat sería el primer teniente, y como yo estoy con mucho trabajo como para ocuparme de la alcaldía, se apoderaría de ella.

Paré de llenar y me di vuelta hacia ellos.

– Bueno. ¿Y? ¿Qué nos importan los tejes y manejes de Paulat? No le llevemos el apunte, nada más.

– Pero es que la gente está bastante de acuerdo -dice Colin.

– ¿De acuerdo en qué?

– En que tú seas alcalde.

Me puse a reír.

– ¿Bastante de acuerdo?

– Manera de decir -dice Colin-. Incluso lo están del todo.

Miré a Meyssonnier y volví a trasegar con mi sifón. En Malejac, en el 70, cuando había dimitido de mi puesto de director de la Escuela, para seguir con lo de mi tío, me habían tachado de muy imprudente. Y cuando compré Malevil, es muy sencillo, Emanuel, a pesar de su instrucción, es tan loco como su tío. Pero las sesenta y cinco hectáreas de impenetrables montes bajos se habían trasformado en feraces praderas. Pero la viña de Malevil había sido replantada y daba un excelente vino. Pero iba a ganar "cientos y miles" dejando visitar el castillo. Y sobre todo, había vuelto al seno de la ortodoxia malejaciana: había vuelto a comprar vacas. En seis años, me había pues beneficiado en la opinión pública de mi pueblo, con una rápida promoción. De demente, me había convertido en vivo. ¿Y un vivo que hace tan bien sus negocios, por qué no puede hacer también los de la comuna?

En una palabra, Malejac se equivocaba dos veces: la primera vez, tomándome por loco. La segunda vez, queriendo confiarme la alcaldía. Porque no hubiera sido un buen alcalde, no me interesaba lo suficiente. Y al buen alcalde, Malejac, fiel a su ceguera, lo tenía en las narices y no lo veía.

Dejando las dos puertas abiertas, pero es cierto, tenía las manos ocupadas, Momo volvió trayendo no tres vasos sino seis, prueba de que no tenía la intención de olvidarse de él. Los seis uno dentro del otro y con sus dedos sucios metidos hasta el fondo del de arriba. Me levanté.

– Dame eso -le dije rápidamente desembarazándolo de la carga. Y empezando por él, le di el vaso sucio.

Trasegué una botella del año 75, la mejor para mi gusto, e hice la distribución a la ronda, en medio de los acostumbrados rechazos y protestas. Cuando estaba por terminar, entró Thomas, pero él, por supuesto, cerró con cuidado las dos puertas detrás de él y avanzó, sin una sonrisa, más que nunca semejante a una estatua griega a la que se hubiera vestido con un casco de motociclista y un impermeable negro.

– Toma un vaso -le digo tendiéndole el mío.

– No, gracias -dice Thomas-, no bebo por la mañana.

– Rebuendía -dice el gran Peyssou con una amable sonrisa.

Y como Thomas lo mira sin contestar, ni a su sonrisa, ni a su rebuendía, agregó con aire molesto:

– Ya nos vimos, esta mañana.

– Hace unos veinte minutos -dice Thomas, la cara inmóvil. Era de toda evidencia que no veía la necesidad de decir de nuevo buen día, puesto que ya lo había hecho.

– He venido a avisarte que no vengo a almorzar -dice Thomas mirándonos.

– ¡Para un poco la musiquita -le grito a Momo- que estamos hartos!

– ¿Oyes lo que Emanuel te dice? -grita la Menou.

Momo se alejó unos pasos, apretando su transistor bajo el brazo izquierdo con gesto huraño y sin disminuir para nada el volumen del sonido.

– ¡Tuviste una buena idea, eh, para Navidad! -le digo a la Menou.

– El pobre -me contesta, cambiando de bando al instante-. ¡Tiene derecho a entretenerse un poco cuando limpia tus caballerizas!

La miraba, pico cerrado. Después tomé el partido de sonreír frunciendo un poco el ceño, lo que, según, espero, reconocía la ventaja de la Menou salvaguardando mi autoridad.

– Te decía que no volveré a almorzar.

– Entendido -y como Thomas giraba sobre sus talones, le dije a Meyssonnier en dialecto:- Vamos, no te preocupes por las elecciones, ya encontraremos un modo de neutralizar al Paulat.

En mi recuerdo, todo se ha inmovilizado en ese preciso segundo, como en una escena del museo Grévin, en la que los personajes históricos quedan para siempre extáticos en sus actitudes familiares. En el centro, el grupo formado por Meyssonnier. Colin, el gran Peyssou y yo, con el vaso en la mano, la cara animada, muy ocupados los cuatro por el porvenir de un pueblo de 412 habitantes, sobre un planeta que contaba con cuatro mil millones de seres humanos.

Alejándose del grupo a grandes zancadas y dándole la espalda, Thomas. Entre Thomas y nosotros, Momo, mirándome todavía desafiante, teniendo en una mano su vaso del que ya tragó más de la mitad y en la otra, su transistor de donde seguía brotando, al mayor volumen, la idiota canción de un ídolo. A su lado, como para protegerlo, y tanto más pequeña, la Menou, arrugada como una manzanita pasada, pero con los ojos aún brillantes por su victoria sobre sí. Y por fin, alrededor y por encima de nosotros, ese inmenso sótano y sus grandes bóvedas a nervaduras iluminadas desde abajo, reflejando la luz sobre nuestras cabezas y atenuándola.

El fin del mundo, o más bien, el fin del mundo en el cual hasta ahora habíamos vivido, comenzó en la forma más sencilla y la menos dramática. La electricidad se cortó. Cuando se hizo la noche, hubo risas, alguien dijo, es un desperfecto, un encendedor chasqueó dos veces y se prendió, iluminando el rostro de Thomas. ¿Quieres prender las velas? le dije avanzando hacia él. O mejor, vamos, pásame tu encendedor, lo hago yo. Sé dónde están los apliques. Me puedo encontrar la boca a pesar de todo, se oye la voz de Peyssou. Y alguien, quizá Colin, dice a media voz con una risita, es lo bastante grande como para eso. Con la llama del encendedor vacilando ante mí, pasé delante de Momo y me di cuenta que su transistor no berreaba más, pero que el cuadrante seguía iluminado. Encendí los dos apliques más cercanos, en total cuatro velas, y la luz después de la oscuridad, nos pareció casi intensa aunque dejaba en la sombra la mayor parte de la bodega. Los apliques habían sido colocados bastante bajos en las paredes para respetar el dibujo de las bóvedas y sobre éstas nuestras sombras parecían gigantes y quebradas. Devolví su encendedor a Thomas, que se lo volvió a poner en el bolsillo del impermeable y se dirigió hacia la puerta.

– ¡Apagaste por fin tu chisme! -digo a Momo.

– A ten aété -dice Momo mirándome con aire de reproche como si yo le hubiera hecho el mal de ojo a su aparato-. A macheblu!

– ¡No anda más! -gritó la Menou indignada-. ¡Un transistor completamente nuevo! ¡Y que además le hice reponer las pilas, ayer, en La Roque!

– Es realmente asombroso -dice Thomas volviéndose hacia nosotros, con su cara surgiendo de nuevo a la luz-. ¡Pero si recién andaba, vamos!

Prosiguió:

– ¿No le habrás andado tocando las pilas?

– No, no.

– Déjame ver eso -dice, poniendo sus mapas sobre un taburete.

Esperaba verlo a Momo prenderse a su transistor, pero enseguida se lo dio a Thomas, con el aire de una madre inquieta que confía a un médico su bebé enfermo. Thomas apagó el cuadrante, luego lo prendió, le dio el máximo de volumen, y paseó lentamente la aguja a lo largo de las estaciones. Se oyeron chisporroteos, pero no emitió sonido alguno.