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– Te quedas sin torta -dice mi madre después de un momento de reflexión-. Así aprenderás a no atormentar a estas pobres chicas.

Mi padre hace "t-tt" con la lengua. Y no dirá más. Yo me callo con altura. Y aprovechando que mi padre baja tristemente la nariz sobre el plato y que mi madre se levanta para traer de la cocina la mixtura que se cuece a fuego lento desde el día anterior, le dirijo a la gritona Pelagia una espantosa mueca. De nuevo se pone a pegar alaridos y, en su limitado lenguaje, se queja a mi madre de que la he "mirado".

– ¿Y entonces, qué? -digo mirando a cada uno de ellos con mis ojos inocentes (doblemente inocentes puesto que son azules)-. ¿Entonces ahora no tengo ni el derecho de mirarte?

Un silencio. Hago como que como con la punta de los labios el riquísimo guiso materno. Incluso llego hasta tener el coraje de rechazar otro plato que por obligación se me ofrece. Y mientras los comensales se delectan, me quedo con la mirada fija en un grabado cagado por las moscas que está encima del aparador. Representa "La vuelta del hijo pródigo".

El hijo serio, en una esquina de la imagen, pone muy mala cara. No le dejo de dar la razón. Porque a él, que no ha dejado de trajinar para su padre, se le ha rehusado un corderito para darse un banquete con sus compañeros. Y para ese canallita que vuelve a la granja después de haber dilapidado su parte con unas putas, nadie vacila en tirar la casa por la ventana.

Apretando los dientes pienso: con mis hermanas y yo, igual. Unas blandengues, unas tontonas. Y a pesar de eso, la madre siempre mimándolas, inundándolas de agua de colonia, peinándolas, poniéndoles rulos. Me río con sarcasmo, en silencio. El último domingo, a paso de lobo me deslicé hasta ellas y deposité sobre sus lindos bucles unas telas de araña.

Ese feliz recuerdo me es absolutamente necesario para no ceder a la desesperación, en tanto que mi mirada desciende del grabado del "Hijo pródigo" a la tarta de damasco de la que distingo su dorada circunferencia sobre el bargueño. En ese instante, mi madre se levanta y, no sin cierto aire pomposo, la pone sobre la mesa, delante de mi nariz.

Enseguida me levanto y, con las manos en los bolsillos, me dirijo hacia la puerta.

– Y bueno -dice mi padre con esa voz ronca de la gente que habla poco- ¿no quieres tu porción de tarta?

Tardía contraorden, que no agradezco. Me doy vuelta sin sacar las manos de los bolsillos y digo con sequedad por encima del hombro:

– No tengo hambre.

– ¡Bah! ¡Qué bien le hablas a tu padre! -dice mi madre de inmediato.

No me quedo a escuchar lo que viene. La interminable seguidilla. Le va a arruinar la tarta a mi padre, como me suprimió la mía.

Salgo al patio del Gran Hórreo y deambulo con los puños crispados en los bolsillos. En Malejac dicen que mi padre es bueno como el buen pan. Justamente. Demasiada miga, y poca cascara.

En medio de mi rabia y de mi amargura, medito. Imposible tener una conversación en serio con esta idiota (es la palabra que empleo). Me rebaja, me convierte en el hazmerreír de esas tontas y, para colmo, me castiga. Se me había quedado atragantado lo de la tarta. No por la tarta en sí, sino por la humillación. Con los puños en los bolsillos, camino de un lado para otro, bien erguido, con mis espaldas ya anchas. ¡Dejar sin postre al primero del curso en la entrega del Certificado de Estudios!

Es la famosa última gota y estoy que desbordo. Estoy furioso. Y treinta años más tarde, me veo de nuevo furioso. Retrospectivamente me parece que no fui un Edipo demasiado bueno. Yocasta no arriesgaba nada, ni siquiera en el pensamiento. Yo "tuve" mi complejo, pero no con ella, sino con Adelaida, nuestra tendera. Además de que tiene la risa alegre y el bombón fácil, es una opulenta rubia con una pechera de ensueño. También "hice" -¡qué jerigonza!- una buena identificación, no con mi padre sino con mi tío. Quien -pero entonces yo no lo sabía- está a partir un piñón con Adelaida. Sin saberlo, pues, tengo una verdadera familia, paralela a la que repudio.

Y además otra que me es muy querida y que yo mismo me fabriqué: el "Círculo". Sociedad archisecreta de siete miembros, fundada por mí en el colegio de Malejac (401 habitantes, iglesia del siglo XII), y de la cual soy a mi vez el padre, desplegando por todos lados mi espíritu empresario faltante en mi progenitor, y enérgico, enérgico, bajo mi aterciopelada apariencia.

Mi decisión está tomada: es en el seno de esa familia adonde, ultrajado en esta, voy a refugiarme. Espero que mi padre suba para dormir la siesta, y que mi madre se ocupe de lavar los platos, con sus dos hijitas pegadas a la pollera. Me voy a mi entrepiso, lleno mi bolso de camping (regalo de mi tío) y cuando está cerrado, lo tiro por la ventana sobre un montón de leña. Antes de escaparme, dejo una nota sobre mi mesa. Muy ceremoniosamente está dirigida al señor Simón Comte, cultivador, el Gran Hórreo, Malejac.

Querido Papá,

Me voy. En esta casa no se me trata como lo merezco. Un abrazo,

Emanuel.

Y mientras que, detrás de los postigos cerrados, mi padre duerme sin siquiera saber que su granja ha dejado de tener sucesor, pedaleo bajo el caliente sol, bolso al hombro, dirección Malevil.

Malevil es un gran castillo del siglo XIII, casi en ruinas, encaramado a mitad camino de un abrupto acantilado que domina un pequeño valle, el del Rhunes. Su propietario lo abandonó a su destino, y desde que una vez un bloque de piedra, desprendido de los matacanes del torreón, mató a un turista, se prohibió su entrada. Los Monumentos Históricos han colocado dos carteles y el alcalde de Malejac ha clausurado la única ruta de acceso por el flanco de la ladera con cuatro hileras de alambre de púa. Sumado a esos alambrados, pero sin que nada tenga que ver la alcaldía, cincuenta metros de impenetrables zarzas se espesan más cada año a lo largo del antiguo camino entre el acantilado y el precipicio, el que separa al vertiginoso Malevil de la colina en donde campean las Siete Hayas de mi tío.

Ahí es. Bajo mis inspiradas directivas, el Círculo ha violado todos los tabúes. Se ha practicado en las alambradas una puerta invisible, se ha cavado y conservado entre las zarzas gigantescas un túnel en el que un ingenioso codo oculta su vista desde el camino. En el primer piso del torreón, reconstituyendo en parte un suelo desaparecido, se ha construido un pasaje, viga por viga, con la ayuda de viejos tirantes recuperados en el depósito de mi tío. Así es como se pudo llegar, en el fondo de la inmensa sala, a una piecita, a la que Meyssonnier, que en el taller de su padre ha aprendido a hacer esos trabajos muy bien, ha cerrado con una ventana y una puerta con cadena.

El torreón está fuera del agua. La cúpula con nervaduras ha resistido al tiempo. Y nuestra guarida tiene además una chimenea, un viejo somier cubierto de bolsas, una mesa y unos banquitos.

El secreto se ha mantenido. Hace ya un año que el Círculo se ha acondicionado ese local ignorado por los adultos. Cuento con retirarme aquí hasta el comienzo de las clases. Por el camino, le avisé a Colin, que lo trasmitirá a Meyssonnier, que lo trasmitirá a Peyssou, quien se lo pasará a los demás. No me embarco sin dejar rastros.

Paso la tarde en mi celda, y la noche y el día siguiente. Es menos delicioso de lo que hubiera creído. Estamos en julio, mis compañeros ayudan en el campo, no los veré hasta la noche. Y no me atrevo a salir de Malevil. En el Gran Hórreo, deben haberme puesto a los gendarmes en los talones.

A las siete golpean en la puerta del Círculo. Espero al buen Peyssou, que es el encargado de abastecerme. He sacado la cadena a la puerta y desde mi duro somier, donde estoy recostado, con un libro de cruentas aventuras en mis manos, grito con toda mi voz: "¡Entra, cuernos!"

Es el tío Samuel. Es protestante, de ahí su nombre bíblico. Ahí está, de tamaño natural, vestido con una camisa a cuadros abierta sobre su musculoso cuello y unas viejas bombachas militares (hizo su servicio en caballería). Y encuadrado por la puerta baja, con la frente tocando el dintel de piedra, me mira sonriente y con la frente arrugada.