– ¿Peligroso? ¿Por qué peligroso? Pero, ¿qué sabes de eso, qué es peligroso?
Por añadidura el tono de sus palabras era tan falso… Parecía que estuviera representando una comedia. Yo comprendía muy bien cuál y tenía ganas de llorar. Bajé la frente y entonces, otra vez, por cansancio, por abatimiento, casi abandono todo. Lo que me lo impidió fue, cuando levanté la cabeza, los ojos de Peyssou. Estaban furiosos pero también traducían un ruego. Me suplicaban que no dijera nada, que lo dejara el mayor tiempo posible en su ceguera, como si mis palabras hubieran tenido el poder de crear totalmente la horrible desgracia que era la suya.
Ahora ya estaba seguro, había comprendido -como Colin, como Meyssonnier-. Pero ellos trataban de huir de su atroz pérdida con el estupor y la inmovilidad, en tanto que Peyssou huía hacia adelante, negando todo y listo para correr, con los ojos cerrados, hasta su casa en cenizas.
En mi cabeza comencé varias frases y casi me quedé prendido a una de ellas: Estás en lo cierto, Peyssou, porque a juzgar por la temperatura que ha hecho aquí… Pero no, no podía decir eso. Era demasiado claro. De nuevo bajé la cabeza y dije con aire porfiado:
– No puedes irte así.
– ¿Y serás tú el que me lo impedirá, se puede saber? -dijo Peyssou en tono de desafío. Hablaba con voz débil y al mismo tiempo hacía un esfuerzo lastimoso para erguir sus anchas espaldas.
No contesté nada. Sentía en las ventanas de la nariz y en el fondo de la garganta un olor soso y dulzón que me repugnaba. Cuando los dos apliques de dos velas cada uno se hubieron apagado, alguien, quizá Thomas, había encendido el aplique siguiente, de tal modo que la parte de la bodega en la que estaba yo, cerca de la boca de agua, se encontraba sumida en gran parte en la oscuridad. Necesité un tiempo para comprender que el olor que me incomodaba provenía del cuerpo de Germán tendido, apenas visible, al lado de la puerta.
Me di cuenta que me había olvidado hasta de su existencia. Peyssou, cuyos ojos no abandonaban los míos, siempre con ese aire de odio y de súplica, siguió mi mirada y a la vista del cadáver se quedó un instante petrificado. Después desvió la mirada con un movimiento rápido y avergonzado como si hubiera decidido negar lo que acababa de ver. Ahora era el único entre nosotros que estaba vestido, y aunque el camino hacia la puerta estaba libre y yo fuese del todo incapaz de cerrárselo, no se movía.
Yo seguía repitiendo con una obstinación despojada de toda clase de energía:
– Vamos, Peyssou, no te puedes ir así.
Pero hice mal en hablar, porque Peyssou pareció apoyarse en mi frase para volver a encontrar un poco de impulso, e hizo, sin darnos del todo la espalda pero sin caminar tampoco para atrás, algunos pasos al sesgo, vacilantes y torpes, hacia el lado de la puerta.
En ese momento recibí socorro de donde menos lo esperaba. La Menou abrió los ojos y dijo en dialecto, lo mismo que si estuviera sentada en el castillete de entrada, en lugar de estar tendida, desnuda y lívida, en una bodega:
– Emanuel tiene razón, muchacho, no puedes irte así. Tienes que comer algo.
– No, no -dijo Peyssou, él también en dialecto-. Gracias de todos modos. No quiero. Gracias.
Pero se inmovilizó, ya metido en la trampa de las invitaciones campesinas, con su complicado ritual de rechazo y de aceptación.
– Pero sí, pero sí -dijo la Menou avanzando paso a paso en la ceremonia acostumbrada-, no te hará mal comer algo. Y a nosotros tampoco. Señor le Coultre -prosiguió en francés dirigiéndose a Thomas- ¿podría usted prestarme su cuchillito?
– Pero si te digo que no lo necesito -le dice Peyssou, a quien esas palabras le hacían un bien inmenso y que miraba a la Menou con una infantil gratitud, como si se prendiera de ella y del mundo familiar y tranquilizador que representaba.
– Pero sí, pero sí -dijo la Menou con la absoluta seguridad de que él iba a aceptar-. Vamos, tú -dice, empujando la cabeza de Momo de arriba de sus rodillas-, sal un poco para que me levante -y como Momo se colgaba de sus rodillas gimiendo- vamos, termínala, especie de tonto -prosigue en dialecto dándole en la mejilla una buena cachetada. De dónde sacaba esas reservas de fuerza no lo sé, porque cuando se levantó, desnuda, diminuta, y esquelética, me quedé una vez más estupefacto ante su frágil apariencia. Sin ninguna ayuda, sin embargo, deshizo el nudo de la cuerda de nylon de donde colgaba uno de los jamones suspendidos sobre nuestras cabezas, lo hizo bajar y lo desató, en tanto que Momo, con el rostro blanco y aterrorizado, la mirada lanzando unos grititos de llamada como si fuera un bebé. Cuando volvió hacia él y para quitarle el forro puso el jamón sobre el tonel encima de la cabeza de su hijo, éste dejó de lloriquear y se puso a chupar el dedo, como si de golpe hubiera regresado al estadio infantil.
Miraba a la Menou mientras cortaba con mucho trabajo lonjas bastante gruesas, del jamón apoyado en el tonel, con el mango mantenido con firmeza por su flaca mano. Con más exactitud, yo miraba su cuerpo. Como ya lo había previsto no usaba corpiño y en el lugar de los pechos tenía dos bolsillitos flácidos y arrugados. Debajo de su vientre ya estéril los huesos de su pelvis sobresalían, sus omóplatos también y sus nalgas, más flacas que las de una mona, tenían el grosor de un puño. Generalmente, cuando yo decía "la Menou" era un nombre cargado del afecto, de la estima y de la irritación que sellaban nuestras relaciones. Y hoy, viéndola desnuda por primera vez, me daba cuenta que "la Menou" era también un cuerpo, quizás el cuerpo de la única mujer que había sobrevivido, y comprobando su decrepitud sentía una infinita tristeza.
La Menou juntó las lonjas de jamón en su mano derecha como un abanico de cartas e hizo su distribución comenzando por mí y terminando con Momo. Éste se apoderó de su parte con un gritito salvaje y se la metió entera en la boca empujándola con los dedos. En seguida se puso escarlata y sin duda se hubiese sofocado si su madre, abriéndole a la fuerza las mandíbulas, no hubiera zambullido su mano menuda hasta el gaznate para desobstruirlo. Después de eso, con la ayuda del cuchillo de Thomas, cortó la lonja húmeda de baba en pedacitos y los llevó uno a uno a la boca de Momo, retándolo y pegándole cada vez que él le mordía los dedos.
Yo miraba vagamente esta escena, sin sonreír y sin sentir asco. Desde el momento en que tuve el jamón en mano, la saliva había inundado mi boca, y sosteniendo la lonja con las dos manos, me puse a desgarrarla con los dientes con apenas un poco menos de glotonería que Momo. Era muy salada y comer toda esa sal al mismo tiempo que el cerdo al cual se incorporaba me dio una sensación de increíble bienestar. Observé que mis compañeros, incluso Peyssou, comían con la misma voracidad, alejándose un poco unos de otros y lanzando a su alrededor miradas casi hurañas como si tuvieran miedo de que los demás les quitaran su parte.
Terminé mucho antes que los otros, y buscando con la mirada el estante de las botellas llenas, comprobé que estaba vacío. No fui pues el único en calmar mi sed, lo que me alegró, porque comenzaba a sentir remordimientos por haber usado la tina tanto tiempo. Tomé dos botellas vacías, me dirigí hacia la embotelladora, las llené y distribuyendo nuevamente los vasos, y esta vez sin prestar la más mínima atención al que había manipulado Momo, serví vino a la ronda. Mientras bebían como habían comido, sin decir una palabra, mis compañeros tenían fijos sus ojos hundidos y parpadeantes sobre el jamón que reposaba de plano sobre el tonel contra el cual la Menou se había apoyado para cortarlo. Ésta comprendió las miradas pero no se dejó enternecer. Cuando hubo terminado su vaso, envolvió de nuevo el jamón con gestos de una inflexible precisión y lo volvió a poner en su lugar, fuera de alcance, encima de nuestras cabezas. Con excepción de Peyssou, todavía estábamos desnudos, y de pie, silenciosos, a medias encorvados por la fatiga, con los ojos fijos con avidez en la carne colgada de la bóveda oscura, no éramos demasiado diferentes de los homínidos que habían vivido, no lejos de Malevil, en la gruta de los mamuts de los Rhunes, en los tiempos en que el hombre apenas se diferenciaba del primate.