Las rodillas y las palmas de las manos todavía me dolían, pero las fuerzas y la conciencia volvían ambas a mi cuerpo y observaba hasta qué punto hablábamos poco y con qué cuidado evitábamos comentar el acontecimiento. En el mismo instante, y por primera vez, me sentí un poco molesto de estar desnudo. La Menou debió sentir lo mismo, porque dijo a media voz con aire de desaprobación.
– ¡Y cómo estoy, con todo!
Había hablado en francés, lenguaje de los sentimientos oficiales y corteses. Empezó en seguida a vestirse, imitada por todos, y prosiguió en dialecto, en voz alta y con un tono completamente distinto: -y no tan bien hecha como para tentar al mundo.
Mientras me volvía a poner la ropa, miraba de reojo a Colin y a Meyssonnier, y lo menos que podía, a Peyssou. La cara de Meyssonnier estaba estirada a lo largo, hundida y lampiña, y sus ojos pestañeaban sin parar. La de Colin tenía aún su sonrisa en góndola, pero extrañamente artificial y fija, y sin ninguna relación con la angustia que se podía leer en sus ojos. En cuanto a Peyssou, que ya no tenía razón para quedarse, habiendo bebido y comido, no tenía cara de irse y yo evitaba con cuidado parecer como que lo miraba, para no volverlo a poner en movimiento. Sus gruesos labios temblaban, sus anchas mejillas estaban recorridas de tics, y con los brazos colgando, las rodillas ligeramente dobladas, parecía vacío de toda voluntad y de toda esperanza. Notaba que dirigía frecuentes miradas a la Menou, como si esperara de ella que le dictara lo que tenía que hacer.
Me acerqué a Thomas. Lo veía bastante mal, dado que esta parte de la bodega estaba a oscuras.
– ¿En tu opinión -dije en voz baja- es peligroso salir?
– Si quieres decir desde el punto de vista de la temperatura, no. Ha bajado.
– ¿Hay otro punto de vista?
– Por supuesto. Las lluvias.
Lo miré. No había pensado en las lluvias. También noté que Thomas no tenía ninguna duda sobre la naturaleza del acontecimiento.
– ¿Entonces, es mejor esperar?
Thomas se encogió de hombros. Su rostro estaba sin vida y sin voz, taciturno.
– Las lluvias, puede haberlas dentro de un mes, dos meses, tres meses…
– ¿Entonces?
– Si me permites ir a buscar el contador Geiger de tu tío en tu armario, sabremos a qué atenernos. Al menos por el momento.
– ¡Pero te vas a exponer!
Su cara se quedó tan inmóvil como un bloque de piedra.
– Sabes -dijo con la misma voz opaca y mecánica- de todos modos nuestras posibilidades de supervivencia son muy limitadas. Ni flora, ni fauna, esto no puede durar mucho.
– Más bajo -dije al observar que, sin atreverse a acercarse, los compañeros parecían prestar oído.
Sin una palabra, saqué de mi bolsillo la llave del armario y se la tendí. Luego, Thomas, con lentitud, se puso el impermeable y su casco de motociclista, sus gruesos anteojos herméticos y sus guantes. Así equipado, tenía un aspecto bastante pavoroso, dado que su impermeable y su casco eran negros.
– ¿Es una protección? -dije yo con voz apagada, tocándolo con la mano.
Sus ojos detrás de los anteojos siguieron taciturnos, pero una ligera mueca desfiguró sus rasgos extáticos.
– Digamos que de todas maneras es mejor que estar con el cuerpo al aire.
Después que se fue, Meyssonnier se acercó a mí.
– ¿Qué va a hacer? -dijo en voz baja.
– Medir la radiactividad.
Meyssonnier me miró con sus ojos hundidos. Sus labios temblaban.
– ¿Piensa que es una bomba?
– Sí.
– ¿Y tú?
– Yo también.
– Ah -dijo Meyssonnier y se calló.
No hubo nada más que ese "ah" y ese silencio. Ni siquiera parpadeaba, estaba con los ojos bajos. Su largo rostro estaba ceroso. Eché una mirada de reojo del lado de Colin y Peyssou. Nos miraban, pero no se acercaban a nosotros. Dudando entre la sed de saber y el terror de enterarse de lo peor, estaban como paralizados. Sus rostros parecían sin expresión.
Thomas volvió diez minutos más tarde, con los auriculares en los oídos y el contador de Geiger en la mano. Dijo con voz breve:
– Negativo en el primer recinto. Por el momento.
Luego se arrodilló delante de Germán y paseó el contador sobre su cuerpo. -Negativo también.
Me di vuelta hacia mis compañeros y dije con tono autoritario:
– Thomas y yo vamos a subir al torreón para darnos una idea de lo que ha pasado. No se muevan de aquí. Volveremos dentro de unos minutos.
Creí que los otros tres iban a protestar, pero no sucedió nada por el estilo. Estaban en ese estado de estupor, de postración y de desconcierto en el que cualquier orden dada con voz de mando es acatada de inmediato. Estaba seguro de que no se moverían de la bodega.
Cuando llegamos al pequeño patio circunscripto por el torreón, el puente levadizo y la casa Renacimiento, Thomas me hizo señas de que me detuviera y volvió a pasear su contador por el suelo, metódicamente. Yo lo miraba hacer, con la garganta seca, sin abandonar la entrada de la bodega. De golpe el calor me envolvió, mucho mayor, en realidad, que el que reinaba en la bodega. Sin embargo, no sé por qué no se me ocurrió cerciorarme de ello echando una mirada al termómetro que había llevado.
El cielo estaba gris y plomizo, la luminosidad era muy débil. Miré mi reloj: 9 y 10. Atontado, con la mente apagada, vagamente me preguntaba si estábamos en el crepúsculo del día J, o a la mañana siguiente. Pregunta absurda, de lo que me di cuenta después de un esfuerzo de reflexión que me resultó muy doloroso: en Pascua, a las 9 de la noche, era ya de noche. Se trataba pues de la mañana del J2: habíamos pasado en esa bodega un día y una noche.
Sobre nuestras cabezas no veía ni azul ni nubes, sino una capa gris oscura, uniforme, que parecía encerrarnos como bajo una tapa. La palabra tapa da cabalmente la impresión de penumbra, de pesadez y de ahogo que el cielo me daba. Levanté la mirada. A primera vista el castillo no había sufrido nada más que en la parte del torreón que sobresalía un poco por encima del acantilado, las piedras se habían tostado.
El sudor comenzó a correr por mi cara y al fin se me ocurrió mirar el termómetro. Marcaba cincuenta grados. Sobre las losas centenarias en donde Thomas paseaba el contador había cadáveres de pájaros carbonizados a medias, de urracas y palomas. Eran los huéspedes acostumbrados del torreón y a veces me quejaba del arrullo de las palomas y de la gritería de las urracas. Ya no tendría de qué quejarme. Todo era silencio, salvo muy lejos, sólo perceptible cuando prestaba atención, una ininterrumpida seguidilla de crujidos y de silbidos.
– Negativo -dijo Thomas volviendo hacia mí con la cara cubierta de sudor.
Lo comprendí, pero no sé por qué su brevedad de palabra me molestó. Hubo un silencio, y como no se movía aparentando escuchar atentamente, continué con impaciencia:
– ¿Seguimos?
Thomas miró el cielo sin contestar.
– Y bueno, vamos -dije con una irritación que me costaba dominar. Creo que esta irritación era debida a la extrema fatiga, a la angustia y al calor. Escuchar a la gente, hablarle y hasta sólo mirarla, todo era penoso. Agregué:
– Tengo largavistas, voy a buscarlos.
En mi habitación, en el segundo piso del torreón, reinaba un calor abominable, pero todo, según me pareció, estaba intacto, salvo el plomo en el que los cuadraditos de la ventana estaban engastados y que en algunos sitios había chorreado por el vidrio hacia afuera. Mientras iba buscando mis largavistas sucesivamente por todos los cajones de la cómoda, Thomas descolgó el tubo del teléfono y llevándolo a su oído, bajó la horquilla varias veces. Con el sudor corriendo por mis mejillas, le eché una mirada perversa como si le reprochara el haberme dado un breve destello de esperanza con su tentativa.