– No es sólo Francia -dijo Thomas de golpe-. Europa entera. El mundo. Si no, hubiéramos podido captar otras estaciones.
En ese momento, vuelvo a ver a Thomas en la bodega, con el transistor de Momo en la mano, paseando sin fin la aguja sobre el cuadrante de las estaciones. En esta ocasión, su rigor matemático le había salvado la vida. Sin ese inexplicable silencio de las estaciones, hubiera salido.
– Con todo -dije yo-. Supón que haya una pantalla entre el rayo térmico y tú. Una montaña, o un acantilado, como en Malevil.
– Sí, localmente.
Ese "localmente", en la mente de Thomas, significaba una restricción. Yo no lo tomé así. Me confirmó lo que ya estaba pensando. Era muy probable que en Francia hubiera otros puntos salvados y aquí y allá otros grupos de sobrevivientes. Inexplicablemente sentí que me invadía una cálida esperanza. Digo inexplicablemente, puesto que el hombre acababa de demostrar que no merecía sobrevivir, ni que fuera tranquilizador el encontrarse con él.
– Me voy a acostar -dijo Meyssonnier.
Apenas hacía veinte minutos que estaba ahí y no había dicho tres palabras. Vino a vernos para ahuyentar su soledad, pero a su soledad la llevaba consigo. Lo había seguido a nuestra pieza y ahora la volvería a llevar a la suya.
– Buenas noches -dije.
– Buenas noches -dijo Thomas.
Meyssonnier no contestó. Oí el chirrido de la puerta que se cerraba. Al cabo de un cuarto de hora, me levanté y fui a golpear a la suya.
– Thomas duerme -dije, mintiendo-. ¿No te molesto?
– No, no -dijo con voz apagada.
Avancé a tientas hasta el escritorio de caña que había instalado para Birgitta. Dije para poblar el silencio:
– No se ve ni medio.
Y extrañamente Meyssonnier dijo con su misma voz átona:
– Me pregunto si mañana llegará el día.
Encontré el silloncito de caña de Birgitta, y a su contacto recordé. La última vez que me había sentado en él, Birgitta estaba de pie, desnuda entre mis piernas, y yo la acariciaba. No sé si fue de resultas de ese recuerdo, pero en lugar de no sentarme, me quedé parado con las dos manos apoyadas en el respaldo.
– ¿No te aburres solo aquí, Meyssonnier? ¿No quieres que te instale en la misma pieza que Colin y Peyssou?
– No gracias -dijo con su misma voz débil y triste-. Para escuchar a Peyssou hablar de los suyos sin parar. Gracias. Ya tengo bastante con lo que tengo en la cabeza.
Esperé, pero nada llegó. Yo ya lo sabía, no diría nada. Ni una palabra. Ni sobre Matilde, ni sobre sus dos chicos. Y así, de golpe, sus nombres me volvieron: Francis y Gerardo. Seis años y cuatro años.
– Como quieras -dije.
– Gracias, eres muy amable de todos modos, Emanuel -y tan fuerte era la costumbre de la cortesía, que para pronunciar la fórmula acostumbrada, volvió a retomar durante algunos segundos su voz normal.
– Y bueno, me voy.
– No te echo -dijo con el mismo tono-. Estás en tu casa.
– Tú también -dije rápidamente-. Malevil es de todos nosotros.
Pero sobre eso no hizo comentarios.
– Bueno, hasta mañana.
– Después de todo -su voz se apagaba de nuevo-. A los cuarenta años, no se es muy viejo.
Me quedé silencioso, pero no siguió.
– ¿Muy viejo para qué? -dije al cabo de un momento.
– Y bueno, si sobrevivimos, treinta años delante de nosotros, por lo menos. Y nada, nada.
– ¿Quieres decir sin mujer?
– No solamente.
Quería decir, en realidad, "sin hijo", pero no consiguió pronunciar esa palabra.
– Vamos, te dejo.
Tanteé para encontrar su mano y se la apreté. Apenas respondió a mi presión.
Lo que él sentía, yo lo sufría casi físicamente por una suerte de contagio y era tan atroz que me sentí aliviado cuando hube vuelto a mi pieza. Pero con lo que me encontré ahí fue casi peor. Todavía con un grado más de reserva y de pudor.
– ¿No anda eso? -dijo Thomas a media voz, y le agradecí su interés por Meyssonnier.
– Te imaginas.
– Sí. -Y agregó:- Tenía a mis sobrinos en el XIV.
Y también, lo sabía, dos hermanas y sus padres. Todos en París.
Agregué:
– Meyssonnier tenía dos chicos. Los adoraba.
– ¿Y su mujer?
– Menos. Le hacía escenas por culpa de su política. Le parecía que eso le hacía perder clientes.
– ¿Y era verdad?
– Sí, era verdad. En Malejac el pobre Meyssonnier tenía que pelear en dos frentes. Contra el alcalde y el clan clerical. Y en su casa, contra su mujer.
– Ya veo -dijo Thomas.
Pero dijo eso con una voz un poco seca e irritada, como si no tuviera sufrimiento disponible para consagrar a Meyssonnier. En realidad, únicamente yo podía tenerlo disponible, y también la Menou, ya que no había perdido parientes. Yo no contaba a mis hermanas como parientes.
Mientras Thomas se callaba en la oscuridad, yo intentaba utilizar mi insomnio para retomar un poco de esperanza. Pensaba en La Roque. Y pensaba en ella porque La Roque, pequeño burgo distante de nosotros unos quince kilómetros, era una antigua plaza fuerte construida en el flanco de la colina y protegida al norte, como Malevil, por un acantilado. Esta mañana, en lo alto del torreón no había visto nada de ese lado, pero La Roque de todas maneras se podía divisar desde Malevil sólo cuando había una excelente visibilidad. En cuanto a intentar llegar a La Roque a pie para salir de dudas, no sería posible antes de mucho tiempo, a juzgar por lo que habían tardado Thomas y los compañeros en franquear el kilómetro y medio que nos separaba de Malejac.
– El subterráneo o las playas de estacionamiento subterráneas -dijo Thomas de pronto.
En su voz, en la de Meyssonnier y, probablemente, también en la mía, lo que predominaba no era el dolor sino un asombro triste. Y yo, lo que sentía además de este estupor era un embotamiento algodonoso. Pensaba en el vacío, con una infinita lentitud. No conseguía coordinar. Necesité unos cuantos segundos para comprender lo que Thomas había querido decir.
– ¿Conoces la playa de estacionamiento de los Campos Elíseos? -prosiguió Thomas, con la misma voz débil pero mejor articulada.
– Sí.
– Ínfimas posibilidades. La gente que se encontraba en el Metro o en la playa, sí, muy posible que se hayan salvado. En el momento. ¿Pero después?
– ¿Cómo, después?
– Como las ratas, eso. Corriendo de una salida a la otra, y encontrándolas todas bloqueadas por los escombros.
– Quizá no todas -dije yo.
De nuevo, el silencio, y cuanto más duraba más me daba la extraña impresión de que se intensificaba la oscuridad en donde estábamos zambullidos. Al cabo de un momento fui tomando conciencia de que Thomas, al pesar las posibilidades de supervivencia de un puñado de parisienses, pensaba en su familia, y repetí:
– Quizá no todas.
– Supongamos. Pero eso no hace más que diferir el problema. En el campo, ustedes viven en una autarquía. Tienen de todo: chacinados, granos, conservas en abundancia, dulces, miel, toneles de aceite y hasta sal para salar el heno. ¿Pero en París?
– En París existen los grandes almacenes de alimentos.
– Aplastados o quemados -dijo Thomas con una súbita severidad, como si estuviera resuelto a negarse toda esperanza.
Me callé. Sí, tenía razón. Aplastados, quemados, o saqueados. Saqueados por las hordas de los sobrevivientes que se matan entre ellos. Y de golpe tuve presente en la mente, en una súbita visión, el horror de las grandes concentraciones urbanas aniquiladas. Toneladas de cemento desmoronado. Kilómetros de inmuebles destruidos. Un caos en el que no se reconoce nada, ni siquiera una calle. Hasta el caminar se ha vuelto imposible por los montones de escombros. El desierto, el silencio, el olor a quemado. Y bajo los inmuebles derrumbados, cadáveres por millones.