– Yo, de todas maneras -dijo Thomas con voz uniforme-, si me quedo solo, ningún problema, el torreón y ¡hop!
Me disgustó que hubiera dicho eso en el estado de depresión en que estaban todos.
– Y bueno, ya ves, muchacho -dijo la Menou- yo no pienso como tú. Yo si tuviera que quedarme sola en Malevil, no me iría mientras hubiera animales que cuidar.
– Es verdad -dijo Peyssou-, los animales.
Le agradecí que hubiera dicho eso en seguida y con ese tono.
– Los animales -dijo el pequeño Colin con una amarga vivacidad en contraste con la especie de alegría revoloteante y brincadora que antes ponía en sus palabras- se las arreglarían muy bien sin ti. Oh, no ahora, por supuesto, que todo está quemado y perdido, pero cuando el pasto crezca otra vez, a la Adelaida y a Princesa les podrás abrir la puerta, siempre encontrarán con qué.
– Además -dijo la Menou- los animales también son una compañía. Miren, me acuerdo cuando la Paulina se quedó sola en su granja, cuando su marido se había caído del remolcador por culpa de una hemorragia cerebral y que a su hijo se lo habían matado en la guerra de Argelia. Ella me decía, no lo creerás, Menou, pero a mis animales les hablo todo el día.
– La Paulina era vieja -dijo Peyssou- y cuanto más viejo se es, más ganas de vivir se tiene. No me doy cuenta por qué.
– Ya lo verás cuando llegues -dijo la Menou.
– No he dicho eso por ti -dijo el gran Peyssou, siempre cuidadoso de no lastimar a nadie- y de todos modos no puedes comparar. La Paulina casi ni se movía. Y tú siempre trotas, trotas.
– ¡Y sí! ¡Troto! Y troto tan bien que un día me encontraré en el cementerio. Pero cállate pues, gran tonto -agregó dirigiéndose a Momo- que siempre hablamos pero no para mañana.
– A mí -dijo Meyssonnier- hay algo que me llama la atención y después de que la Adelaida y la Princesa tuvieron sus crías, he pensado a menudo. Dentro de cincuenta años ni un hombre más sobre la tierra, pero las vacas y los cerdos siguen pululando.
– Es verdad -dijo Peyssou, apoyando sus dos potentes antebrazos sobre sus rodillas separadas e inclinándose hacia el fuego-. Yo también lo he pensado. Y te digo, Meyssonnier, no es una idea que soporto: Malejac con los bosques, las praderas, las vacas y ni un hombre adentro.
Se extendió un silencio y todos los rostros estaban vueltos hacia las llamas con un triste estupor, como si se pudiera imaginar el futuro tal cual lo había descrito Peyssou: Malejac con los bosques, las praderas, las vacas y ni un hombre adentro. Miraba a mis compañeros, y me veía en ellos. El hombre es la única especie animal que puede concebir la idea de su desaparición y la única a la que esta idea desespera. Qué extraña raza: tan empecinado en destruirse y tan empecinado en conservarse.
– De lo cual se deduce -dijo Peyssou como si concluyera una larga reflexión- que no basta con sobrevivir. Para que te interese también hace falta que continúe después de ti.
Cuando dijo eso, debió pensar en Yvette y en sus dos hijos, porque su cara se petrificó de golpe y se quedó inmóvil, con los antebrazos sobre sus rodillas, la boca todavía abierta, mirando el fuego, con los ojos perdidos.
– No está probado que seamos los solos sobrevivientes -dije yo al cabo de un momento-. Es el acantilado que se levanta entre el norte y nosotros lo que ha protegido a Malevil. Es posible que haya rincones, y aun no muy lejos de aquí, en donde la misma protección haya actuado.
Pero no quería hablarles de La Roque, no quería darles demasiadas esperanzas, de miedo a que luego se decepcionaran.
– De todos modos -dijo Meyssonnier- un sótano como Malevil no es frecuente.
Meneé la cabeza.
– No es únicamente el sótano, es el acantilado. Mira a los animales de la Maternidad, sin embargo han sobrevivido.
– La Maternidad -dijo Colin-, como gruta es muy profunda, y fíjate en el espesor de la piedra que hay arriba y en los costados. Y además, no se sabe si los animales no tienen más resistencia que nosotros.
– Y bueno, ya ves -dije yo-, me parecería que nuestra resistencia moral es mejor.
– En mi opinión -dijo Thomas-, han sufrido menos. El golpe de calor en la Maternidad debió de ser más brutal pero más corto. El aire se enfrió más rápido. No se produjo ese efecto de horno que tuvimos en la bodega.
Y agregó mirándome:
– Pero soy de tu opinión. Debe de haber sobrevivientes un poco por todos lados. Incluso en las ciudades.
Se calló de golpe y apretó sus labios uno contra el otro como para impedirse decir más.
– Y bueno, ves, yo no lo creo -dijo Meyssonnier sacudiendo la cabeza.
Colin levantó de nuevo las cejas y Peyssou se encogió de hombros. En el fondo, se habían instalado en la desgracia y no querían oír hablar de nada más, como si tuvieran en el fondo de la desesperación una suerte de seguridad que no querían arriesgar.
Hubo un larguísimo silencio. Miré mi reloj: apenas las nueve. Todavía el fuego estaba muy lejos de haber consumido su ración de leña. Lástima perder todo ese calor e irse a acostar tan temprano en las glaciales habitaciones. Volví a mi lectura, pero no por mucho tiempo.
– ¿Y qué lees pues, mi pobre Emanuel? -preguntó la Menou.
Pobre era un término afectivo, no quería decir que me tenía lástima.
– El Antiguo Testamento.
Agregué:
– La Historia Sagrada si prefieres.
Porque estaba seguro de que la Menou no conocía de la Biblia más que la versión resumida y edulcorada que le habían dado en el catecismo.
– Ah, sí, ahora reconozco el libro, tu tío lo tenía con frecuencia entre sus manos.
– ¿Cómo -dijo Meyssonnier-, lees eso, tú?
– Se lo prometí al tío -contesté brevemente.
Agregué:
– Y además me parece interesante.
– ¡Eh, pero Meyssonnier -dijo Peyssou con algo que se asemejaba a su antigua sonrisa- te olvidas que siempre eras el primero en el catecismo!
– Un traga, el Meyssonnier -dijo Peyssou con un breve relámpago de alegría-. Te recitaba todo eso como el libro.
Siguió:
– Yo recuerdo sobre todo al chico y a sus hermanos que lo habían vendido como esclavo. De lo que se deduce -prosiguió después de un momento de reflexión- que es siempre en la familia donde te hacen las peores porquerías.
Se hizo un silencio.
– ¿Y si nos leyeras en voz alta? -dijo la Menou.
– ¿En voz alta?
– Y sí -dijo Peyssou-, que a mí me gustaría mucho escuchar todas esas historias, que ya ni las recuerdo.
– El tío de Emanuel -dijo la Menou- siempre tan amable el pobre, había veces en que me leía algunos pasajes de su libro durante la velada.
– Emanuel, no te hagas rogar -dijo Colin.
– Vamos -dijo Peyssou.
– Pero a lo mejor los aburre -dije yo evitando mirar a Thomas.
– Pero no, pero no -dijo la Menou- y será mejor que no decir cualquier cosa o quedarse cada uno con la cabeza andando.
Y agregó:
– Sobre todo ahora que no hay más televisión.
– Tienes mucha razón -dijo Peyssou.
Yo miraba alternadamente a Meyssonnier y a Thomas, pero ni el uno ni el otro me devolvieron la mirada.
– Me parece bien, si todo el mundo está de acuerdo -dije yo al cabo de un momento.
Y como esos dos seguían callados y mirando las llamas, dije:
– ¿Meyssonnier?
No se esperaba un ataque tan directo. Irguió el torso y apoyó la espalda contra el respaldo de su silla.
– Yo -dijo con dignidad- soy materialista, pero desde el momento que no se me obliga a creer en Dios, no me aburre escuchar la historia del pueblo judío.
– ¿Thomas?
Tranquilo con las dos manos en los bolsillos, las piernas estiradas delante de él, Thomas tenía fijos los ojos en la punta de sus zapatos.
– Desde el momento en que lees la Biblia en voz baja -dijo en un tono neutro- ¿por qué no la leerías en voz alta?