Era una respuesta ambigua, pero me contenté con ella. También yo pensaba que una lectura haría bien a mis compañeros. Durante el día estaban ocupados, pero la noche era un mal momento, el calor del hogar les faltaba. Había silencios apenas soportables, y durante esos silencios casi podía ver sus mentes girar sin fin en el vacío de su existencia. Y además, en la Biblia la vida de las tribus primitivas no dejaba de tener ahora semejanza con lo que la nuestra se había convertido. Estaba seguro de que les interesaría. También esperaba que sacarían fuerzas de la obstinación en vivir que los judíos habían demostrado.
Me trasporté con mi libro cerrado y mi taburete hacia la otra jamba de la chimenea para calentarme el lado izquierdo. La Menou echó unas ramitas al fuego para darme luz, abrí la Biblia en la primera página y comencé a leer el Génesis.
Mientras leía, me invadió una emoción mezclada de ironía. Era ese, no había duda, un magnífico poema. Cantaba la creación del mundo y yo, yo lo estaba recitando en un mundo destruido, a hombres que lo habían perdido todo.
NOTA DE THOMAS
Mientras ciertos detalles están todavía frescos en la mente del lector, quisiera señalar dos errores en el relato de Emanuel.
1. Creo que Emanuel, en la bodega, estuvo inconsciente varias veces, porque no dejé de estar constantemente a su lado y, sin embargo, la mayor parte del tiempo no me veía y no me contestaba cuando le dirigía la palabra. En todo caso, afirmo una cosa: no lo vi nunca metido en la tina de enjuagar botellas. Y aparte de mí, ninguna otra persona tampoco lo vio. Emanuel ha debido soñar esta situación en su delirio, incluso los subsiguientes remordimientos por su "egoísmo".
2.No fue Emanuel quien cerró la puerta de la bodega después de la aparición "terrorífica" de Germán. Fue Meyssonnier. En el estado semiconsciente en que se encontraba, Emanuel ha debido sustituirse a Meyssonnier de quien, cosa extraña, describe con total exactitud los movimientos como si fueran los suyos: especialmente la manera como Meyssonnier se arrastró a cuatro patas hasta la puerta, pero sin acercarse al cuerpo de Germán.
Quisiera agregar una observación:
Aunque ateo, no soy anticlerical, y si me mostré algo reticente cuando Emanuel durante la velada se puso a leer la Biblia, es porque esa ceremonia -no es quizá, la palabra exacta pero no encuentro otra- me parecía encaminarse un poco demasiado lejos en el sentido de lo que ya existía: el carácter casi religioso de la influencia que Emanuel ejerce sobre sus compañeros. Tanto más cuanto Emanuel lee el texto con su bella voz vibrante de emoción. Reconozco que Emanuel es un hombre de brillante imaginación y que su emoción es sobre todo literaria. Pero es eso justamente lo que encuentro peligroso: la confusión.
Decir, como lo hace Emanuel, que el Génesis es un "magnífico poema", es olvidarse un poco demasiado de todos los errores científicos que en él pululan.
VI
Esas primeras semanas después del acontecimiento me dejan una impresión de grisalla -en el exterior como en nuestras vidas-, de dolor sordo, de estancamiento, de horizonte cerrado, de ingratos esfuerzos. Porque trabajamos mucho, en tareas a menudo sin interés, pero que asumimos por disciplina, y también sin mucho amor por la vida tratamos de organizamos para sobrevivir.
Mientras que Meyssonnier y Colin terminan de poner a punto un arado al que se podrá enganchar a Amaranta, Thomas, Peyssou y yo, nos dedicamos a un trabajo menos urgente, pero a largo plazo igual de úticlass="underline" juntar, denominar y clasificar en un depósito todos los objetos metálicos,incluso los que, a primera vista, pudieran parecer insignificantes, pero que con motivo de no poderlos fabricar más, eran desde ese momento de inapreciable valor.
Empezando, por supuesto, por los útiles de la granja y los de los arreglos caseros. De estos no había tenido siempre demasiado cuidado, porque una pinza que se deja herrumbrar en el pasto o que se pierde era muy fácil hasta entonces reemplazarla. Pero desde ahora había que terminar de convencerse de que tales descuidos eran casi criminales.
Instalé el depósito en la planta baja del torreón, en cajones que había fabricado para recibir las manzanas de un huerto hoy aniquilado. Puse los útiles más preciosos en cajas cerradas y con su aquiescencia, se nombró a Thomas, por unanimidad, el depositario. Lo que quería decir que desde ese momento no se podría sacar ningún útil sin que quedara registrado por escrito el prestatario y el momento del préstamo.
Terminada esta tarea, recordé que en un box libre del primer recinto había almacenado, durante la restauración de Malevil, viejos tablones erizados de clavos, que destinaba a las rápidas fogaratas, durante el invierno, en las chimeneas. ¡Proyecto sorprendente! Ahora se habían terminado de una vez por todas esos despilfarros. Ya nada era para tirar: ni un pedazo de papel, ni un envoltorio, ni una lata de conserva vacía, ni una botella de plástico, ni un trozo de cuerda o de piolín, ni un clavo torcido y herrumbrado. Los "baratillos" ya no tenían objeto.
Se sacaron del box los viejos listones de castaño; con martillo y tenaza se retiraron los clavos, tratando de no estropear las cabezas. Y después de haberlos enderezado uno por uno sobre una piedra chata, se los alineó, según su grosor, en una caja con compartimentos en el depósito. Con la sierra, para economizar la nafta de la máquina de tronzar, se cortaron las partes de las maderas podridas o estropeadas (únicos pedazos destinados ahora a la calefacción), se limpiaron las dos capas de yeso o de cemento que las recubrían, y se dispuso los tablones en pilas en el box, clasificados por tamaño y mantenidos por cuñas en una rigurosa horizontalidad, para que no se torcieran en el trascurso de los inviernos.
En previsión de las visitas de los turistas había hecho un buen acopio de velones gigantes. Me quedaban dos docenas en paquete, más cuatro casi intactos en sus apliques en la bodega y dos, mitad consumidos.
Se decidió usarlos con mucha parsimonia, y ya que todavía tenía dos barriles de aceite, Colin fabricó unas lámparas con la ayuda de latas de conservas cilíndricas. Pellizcó el borde de un lado de modo de formar un pico, para alojar allí la mecha, una simple hebra de un cabo de cáñamo, y con el soldador agregó a las cajas del lado opuesto al pico, unas pequeñas asas metálicas recortadas en la tapa. Fabricó tantas lámparas como habitaciones había por el momento en Malevil, es decir, cuatro. Cuando la velada había terminado, todos encendían su lámpara con una ramita ardiendo a fin de poder llegar a su cama en medio de la oscuridad y tener luz para acostarse. Se encargó a la Menou la distribución de aceite, ya que también era responsable del segundo barril, que debía servir para la cocina y que no se usaba por el momento.
Con la ayuda de un listón de techo que blanqueó y cepilló, Meyssonnier hizo una varilla graduada que nos permitió comprobar que el consumo del primer barril, al cabo de dos semanas, seguía siendo mínimo. Según los cálculos de Thomas, a ese ritmo, necesitaríamos seis años para dejarlo en seco. Después de lo cual tendríamos que buscar otra fuente de luz, puesto que era poco probable que algún nogal hubiera sobrevivido a la destrucción de la flora. Todavía me quedaban dos linternas eléctricas con dos pilas casi nuevas. Le entregué una a la Menou para el castillete de entrada y guardé la otra para el torreón, quedando bien claro que ni una ni otra debían utilizarse sino en caso de un acontecimiento imprevisto.
Thomas sugirió mejorar el confort del baño almacenando el estiércol de las tres yeguas sobre las baldosas de la plataforma al pie de la toma de agua. Bajo esas baldosas, y contorneándolas, corría la cañería de agua fría. Y Thomas estimaba que el estiércol liberaría al fermentar suficientes calorías como para calentarla. Al principio todos éramos muy escépticos, pero el experimento resultó. Y sin tener en cuenta la comodidad que nos brindó, eso era, en el estado primitivo en el que habíamos caído, un primer escalón, una primera victoria. El pequeño Colin juró que si pudiera ahora disponer de su negocio de La Roque, haría marchar de nuevo la calefacción según el mismo principio.