Peyssou se puso muy contento de tener a Meyssonnier en su pieza, pero hubo que usar de mucha diplomacia para convencer a Colin de alojarse solo en la pieza de Birgitta. Lo que le hubiera gustado, me parece, era reemplazar a Thomas en la mía. Me hice el sordo. Mis compañeros me acusaban de mimar demasiado a Colin y de "pasarle todo". Sin embargo no era un mal negocio cambiando por Colin a un compañero de pieza como Thomas, tan tranquilo, tan discreto, tan prudente.
Además, ya bastante aislado estaba Thomas así: por su juventud, por su origen urbano, por sus costumbres de pensamiento, por su carácter, por su ignorancia del dialecto. Hubo que recomendar a la Menou y a Peyssou que no abusaran de su primera lengua -el francés no siendo para ellos más que la segunda- porque en la mesa, si empezaban una conversación en dialecto, todos, poco a poco, la seguíamos y Thomas, al cabo de un momento, se sentía extraño en nuestras vidas.
Hay que agregar también que Thomas desconcertaba a sus compañeros. Había en él tanto de tiesura como de rigor. Sus maneras eran frías. Hablaba breve y punzante. No era comunicativo. Y sobre todo al no tener humor ni sentido de lo cómico hasta un punto inimaginable, no se reía nunca. Su imperturbable seriedad, entre nosotros nada común, podía pasar por orgullo.
Incluso las más evidentes cualidades de Thomas tampoco hacían que lo apreciaran. Notaba que la Menou no lo admiraba nada (ella, que sin embargo tenía una debilidad por los hombres hermosos, por el cartero Boudenot, por ejemplo). Pero si Thomas era bello, no lo era a la usanza nuestra. La estatua griega y el perfil perfecto no son nuestros cánones. Poco nos importan unas napias grandes o una mandíbula pesada si, detrás, está el fuego de la vida. Nos gustan los muchachos grandotes, cuadrados, reidores, bromistas, un poco presumidos.
Además, Thomas era un "nuevo". No pertenecía al Círculo. Estaba excluido de nuestros recuerdos. Y como para compensar su aislamiento en Malevil me ocupaba bastante de él, por lo que los demás estaban celosos, sobre todo Colin, que le tiraba indirectas. Ahora bien, Thomas era totalmente incapaz de devolver la pelota en un ping-pong verbal. Pensaba con demasiada lentitud y seriedad. Las dejaba pasar. Su silencio era tomado como desprecio, y Colin, después de haberlo bombardeado de pullas, le guardaba rencor. También ahí tuve que intervenir, presionar a Colin y aceitar los engranajes.
La lectura de la Biblia prosiguió todas las noches, mucho menos monótona de lo que yo había temido, porque era interrumpida por ágiles intercambios de comentarios. Peyssou, por ejemplo, resultó muy afectado por la discriminación que Caín tuvo que sufrir por parte del Señor.
– ¿Te parece justo a ti? -me dijo-. Ahí tienes al muchacho que ha penado para hacer crecer las legumbres, y te layo y te riego y te escardo, que de todos modos es un poco más trabajoso que andar paseando sus ovejas, y el Señor ni le mira los regalos. ¿Y para el otro excéntrico, todo el trabajo que se tomó fue el de andar pegado al culo de sus ovejas, y para él, entonces son los favores?
– El Señor -dijo la Menou- ya debía figurarse que Caín iba a matar a Abel.
– Razón de más -dijo Colin- para no sembrar la cizaña entre hermanos con injusticias.
Meyssonnier se inclinó hacia el fuego, con los codos sobre las rodillas, y dijo con una secreta satisfacción:
– Dado que Él era omnisciente, debió prever el asesinato. Y si Él lo previó, ¿por qué no lo impidió?
Pero ese pérfido razonamiento no hizo mella en sus compañeros: era demasiado abstracto.
Cuanto más reflexionaba Peyssou, más se identificaba con Caín.
– De lo que se deduce -dijo- vayas a donde vayas, siempre tienes al mimado. Fíjate en el señor Le Coutellier en la escuela: Colin en la primera fila, al lado de la estufa. Y yo, en penitencia, en el fondo de la clase, con los brazos cruzados a la espalda. ¿Y qué había hecho? ¡Nada!
– Exageras, vamos -dijo Colin con su sonrisa ascendente-. Le Coutellier te ponía en penitencia porque te tocabas lo que yo sé a través del bolsillo.
Nos reímos de ese grato recuerdo.
– ¡Hasta era por eso -precisó Colin- que te hacía cruzar los brazos detrás de la espalda!
– De todos modos -dijo Peyssou- eso te hace malo, a la fuerza, ser siempre el pobre tipo. Ahí tienes al bravo de Caín que hace crecer las zanahorias y que se las lleva al Señor. ¡Bah, ni siquiera una mirada! Eso te demuestra muy bien -agregó con amargura-, que el Poder, en esa época, ya no se interesaba en la agricultura.
Aunque el Poder ahora había desaparecido, esta observación suscitó la aprobación general. Entonces se hizo el silencio y pude continuar mi lectura. Pero cuando llegué al momento en que Caín conoció a su mujer y tuvo de ella un hijo llamado Enoch, la Menou me interrumpió:
– ¿Y de dónde sale ésa? -dijo con tono incisivo.
Estaba sentada en el atrio a mi espalda, Momo frente a ella, casi dormido.
Di vuelta la cabeza por encima del hombro.
– ¿Quién, ésa?
– La mujer de Caín.
Nos miramos, perplejos.
– Puede que el Señor -dijo Colin- hubiera fabricado en otra parte otro Adán y otra Eva.
– ¡No, no! -dijo Meyssonnier, siempre respetuoso de las reglas -si lo hubiera hecho, el libro lo diría.
– ¿Era su hermana, entonces? -dijo Colin.
– ¿La hermana de quién? -dijo Peyssou inclinándose para mirarlo a la cara.
– La hermana de Caín.
Peyssou miró a Colin y se calló.
– No había más remedio -dijo la Menou.
– De todos modos… -dijo Peyssou.
Pequeño silencio. A ellos, que les gustaba la picardía, es curioso cómo el incesto los dejaba reticentes. Justamente, quizá porque en el campo…
Retomé la lectura, pero no llegué lejos.
– Enoch -dijo Peyssou de golpe- es un nombre judío. -Y agregó con aire importante e informado-, conocí a un tipo en el regimiento que se llamaba Enoch, era judío.
– No tiene nada de asombroso -dijo Colin.
– ¿Y por qué no es asombroso? -dijo Peyssou inclinándose de nuevo hacia adelante para mirarlo.
– En vista de que los padres de Enoch eran judíos.
– ¿Eran judíos? -dijo Peyssou abriendo muy grande los ojos, con las dos manos bien abiertas sobre sus rodillas.
– Y los abuelos también.
– ¡Cómo! -dijo Peyssou-. ¿Adán y Eva eran judíos?
– ¿Y cómo no?
Peyssou se quedó con la boca abierta, y durante un buen rato inmóvil, con los ojos fijos en Colin.
– Pero nosotros también -dijo por fin- descendemos de Adán y Eva.
– ¿Entonces nosotros también somos judíos?
– Y… -dijo Colin, con flema.
Peyssou se respaldó en la silla.
– Y bueno, ves, nunca lo hubiera creído.
Rumió esa revelación y debió encontrar otra prueba de que era víctima de un nuevo atropello, porque al cabo de un momento dijo indignado:
– ¿Entonces, por qué los judíos se creen más judíos que nosotros?
Todos se rieron, menos Thomas. Al verlo con la boca cerrada, los brazos cruzados, la barbilla sobre el pecho, las piernas estiradas, rectas delante de él, parecería poco interesado en esas conversaciones y menos todavía en la lectura que las suscitaba. Creo que iría a acostarse en seguida después de comer si no necesitara, como todos nosotros, un poco de calor humano después de la jornada de trabajo.
Que hasta nos riéramos en el curso de esas veladas fue lo que por empezar me pareció asombroso. Pero recordaba lo que mi tío me contaba de esas noches en el destacamento en Alemania, cuando estaba prisionero. En Prusia oriental no te vayas a creer que nos quedábamos en círculos alrededor de la estufa para lloriquear, Emanuel, todo lo contrario. Asombrábamos a los Schleuhs por nuestra alegría. Se contaban cuentos, se cantaba, se reía. Pero en el fondo, comprendes, Emanuel, eso no quería decir nada, era una alegría de colegio de monjas. Había un vacío detrás. Y los amigos, de todos modos no podían reemplazar eso.