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No hay una, sino dos casas de trogloditas, una al lado de otra, la primera para usar como habitación y la segunda para servir, me imagino, de henil, de establo y de pocilga. Están hechas con habilidad, con un saledizo en mampostería de alrededor de un metro y un techo en colgadizo que se empalma con la abertura de la gruta y que incluye una chimenea. Para el establo han dejado los ladrillos a la vista, pero para la casa, los han revocado con bastante cuidado. Han hecho una abertura en la pared de la planta baja para una puerta-ventana y una ventana, y en el primer piso, otras dos aberturas. Todas estas tienen vidrios y están flanqueadas de macizos postigos que todavía guardan rastros de pintura rojo oscuro. El conjunto, aunque hecho con poco gasto, no es miserable.

Por encima del colgadizo y de un cuarto del techo, hay aún unos quince metros de acantilado. Y su parte superior, abultada en redondo, domina la casa, protegiéndola de la lluvia y hasta dándole un aire de intimidad. Pero al mismo tiempo, ese voladizo es bastante horrible. Uno espera verlo resquebrajarse, agrietarse y aplastarse delante de la habitación. Sin embargo, probablemente hace milenios que conserva así su peligroso equilibrio. Y el Wahrwoorde, al instalarse ahí debió pensar que lo conservaría aun durante el breve período de una vida humana.

La disposición del conjunto es idéntica a la de nuestra Maternidad (salvo que yo no he hecho saledizo) y es esta disposición la que, el día del acontecimiento, ha salvado la vida de los trogloditas.

No veo ninguna otra instalación, aparte de, en el recinto, una casita que parece un amasadero.

Se me hace consciente una presencia y una mirada. Parada en el umbral de la habitación, una voluminosa vieja, vestida con un blusón negro bastante sucio, nos observa con cara de supersticioso asombro… Me pregunto si será esa la madre de mi enemigo, me adelanto y le digo molesto:

– Adivinas lo que ha pasado, y que no es por gusto que estoy aquí.

Inclina la cabeza sin contestar en seguida y también lo noto, sin tristeza. Es de poca estatura, con una cara hinchada, mejillas que cuelgan, un cuello tan largo y tan flácido que prolonga la barbilla sin ninguna saliencia hasta su enorme pechera, la que se bambolea al más mínimo movimiento como dos bolsas de avena sobre el lomo de un burro. Dentro de esta grasa viven unos ojos negros bastante lindos y sobre la frente un poco baja, se encrespa por todos lados una cabellera irreprimible, tupida, espesa, rizada y del más puro blanco.

– Ha debido de suceder como me imagino, puesto que te veo -dice con serenidad.

Ni la más mínima emoción y, cosa extraña, el acento de aquí y hasta el giro de la frase.

– Créeme que lo siento, pero no tenía opción. Era tu hijo o yo.

Me da una respuesta del todo inesperada.

– Entra pues -dice, dejando el umbral-, que tomarás algo con nosotros.

Y agrega en dialecto con un suspiro y levantando los hombros:

– Gracias a Dios, no era mi hijo.

La miro.

– ¿Pero hablas dialecto?

– Pero si soy de aquí -dice en dialecto.

Se yergue con un sobresalto altanero, que imprime un considerable bamboleo a las bolsas de avena de las que ya hablé, como diciendo: "no soy una salvaje yo".

– He nacido en La Roque -prosigue-. ¿Conoces al Falvine de La Roque?

– ¿El zapatero que había amaestrado un cuervo?

– Es mi hermano -dice la Falvine con un aire de inmensa respetabilidad-. Entra pues, muchacho, estás en tu casa.

Incluso en una Falvina, hermana del honorable zapatero originario de La Roque, no confío del todo. Pongo el arma en la mano, engrano un cargador en la carabina y cerrando la culata, introduzco la bala en el cañón. Hecho esto, en lugar de pasar primero, empujo a la Falvina delante de mí dentro de la casa so pretexto de cordialidad. Tengo la sensación, cuando toco su espalda, de que mi mano se hunde en manteca.

Nada de sospechoso. Suelo de cemento, emparchado en algunos lugares, paredes del fondo y de los costados conformadas por la roca blanca-gris de la gruta. La han dejado tal cual, sin buscar aplanar su relieve y sus irregularidades. Ni trazas de humedad. En el techo, las vigas y el suelo del otro piso, al que debe dar acceso esa puertita del ángulo del saledizo de mampostería. En la fachada, una ventana, la puerta-ventana y la chimenea. En el interior, los ladrillos no han sido revocados y dejan ver aún la rebarba de la argamasa que los une. Amable fuego en el atrio. Bajo la ventana, una estantería con botas. Un gran armario Luis XV, rústico, al que abro murmurando por fórmula, ¿permites? A la derecha ropa blanca, vajilla a la izquierda. En el centro de la pieza, una gran "mesa de granja" como dicen los parisienses, pero ellos, las flanqueaban con bancos por lo pintoresco, mientras que nosotros preferimos las sillas por lo cómodo. Cuento siete sillas de paja, pero cuatro solamente alrededor de la mesa. Las otras están de adorno. No sé si esto tiene interés, pero lo anoto. Me dirijo a la extremidad de la mesa, imagino que es ahí donde el padre debía presidir y me siento, con la carabina entre las piernas, de espaldas al fondo de la gruta. Domino así la vista de las dos puertas. Hago seña a Thomas de sentarse a mi derecha para que su cuerpo no me tape las dos entradas, y Jacquet, de motu proprio, se sienta con humildad en la otra punta de la mesa, de espaldas a la luz.

Cuando saco de mi bolsillo el paquetito de jamón que la Menou me ha dado antes de irme, la Falvina se siente ofendida y se pone a zumbar a mi alrededor. ¡Que voy a comer sobre un plato y no sobre la mesa! ¡Que me va a hacer freír un huevo para comer con lo demás! ¡Que tengo que aceptar una gota de vino! Acepto todo, menos el vino del que tengo mis sospechas que es malo y en cambio pido leche, que ella me vierte en abundancia en un bol floreado acompañándola con un chorro de palabras; que justamente han vendido el ternero antes del día del acontecimiento, que no saben qué hacer con la leche, que están inundados, y que incluso haciendo la manteca, aún tienen para el chancho.

Los ojos casi se me salen de las órbitas cuando la veo poner sobre la mesa una hogaza y manteca.

– ¡Pan! ¡Tienen pan!

– Pero nuestro pan -dice la Falvina- siempre lo hemos hecho en El Estanque, porque el Wahrwoorde, siempre original, sembraba suficiente trigo como para que nos durara todo el año, y más también. Hasta había que hacer la harina en el molino a rueda, ya que no hay electricidad en El Estanque, y para la manteca, lo mismo, en la mantequera a mano. No quería comprar nada, el Wahrwoorde.

Calzando la hogaza en el cajón del extremo de la mesa y cortando rebanadas para todos como el padre había debido hacerlo en vida, medito sobre esas informaciones. En suma, ese hosco Wahrwoorde quería vivir en su rincón, de sus recursos, con autarquía. Hasta el amor extraconyugal por lo mismo no salía de la familia.

– En cuanto a ese asunto -dice con pudor- no hay ninguna duda. Pero la pobre Cati, por empezar, lo provocaba. Y después, por otro lado, tampoco era su hija. Como tampoco lo es la Miette. Son hijas de mi hija Raimunda.

Al oír nombrar a Miette, me parece que Jacquet, en la otra punta de la mesa, levanta la cabeza y mira a la Falvina con aprensión. Pero esa mirada es cosa de un segundo y desaparece tan rápido que casi dudo de haberla interceptado.

Apenas pruebo el pan. Quiero esperar el huevo prometido. Sin embargo, el gusto de la rebanada de pan campesino bien enmantecada (salan su manteca, en El Estanque, y no con la escasez con que se acostumbra por aquí) me parece deliciosa y un poco melancólica también, de tal modo evoca la vida de antes.

– ¿Y quién cuece el pan aquí? -digo como para testimoniar mi gratitud.

– Hasta estos últimos tiempos -dice la Falvina suspirando- era el Luis. Pero después de su muerte, es el Jacquet.