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Lo está, y furiosa además.

– Vamos, ven, Momo -dice con voz breve.

– Me boumalabé oneieu! -dice Momo a quien la conversación interesa.

¡Ah, ha elegido mal su momento el Momo, para desobedecer! La Menou pasa el candelero de la mano derecha a la mano izquierda, y con su diestra, pequeña y seca, le larga una bofetada al vuelo. Hecho esto, le da la espalda y él la sigue, subyugado. Una vez más me pregunto cómo ese gran bobo puede aún aceptar, a los cuarenta y nueve años, ser golpeado por su minúscula madre.

– Adiós, Peyssou -dice la Menou franqueando nuestro círculo-, adiós y duerme bien.

– Tú también -dice Peyssou, un poco molesto por esta cortesía selectiva.

Se aleja, con el Momo en su estela, y detrás de ella golpea la puerta con violencia, volviendo contra mí, a distancia, la agresividad de su madre para con él. Por otra parte, mañana me pondrá mala cara, y ella también. Medio siglo de vida no han cortado el cordón umbilical.

– Bueno -digo-, la Miette. Hablemos de la Miette. En El Estanque, mientras Jacquet y Thomas enterraban al Wahrwoorde, hubiera podido muy bien acostarme con Miette y volver aquí diciendo bueno, Miette es mía, es mi mujer, que nadie la toque.

Los miro. Ninguna reacción, por lo menos aparente.

– Y si no lo he hecho, no es para que cualquier otro lo haga. En otros términos, Miette no debe ser, según mi opinión, la propiedad exclusiva de nadie. En realidad, Miette no es para nada una propiedad. Miette se pertenece a ella misma. Miette tiene las relaciones que ella quiere con quien ella quiere y cuando ella quiere. ¿Están de acuerdo?

Un largo silencio. Nadie dice palabra y nadie me mira. La institución de la monogamia está tan implantada en ellos, y maneja en su ánimo tantos reflejos, recuerdos y sentimientos que no pueden aceptar, incluso ni concebir, un sistema que la excluya.

– Hay dos posibilidades -dice Thomas.

¡Ah! ¡Ese, ya me lo esperaba!

– O bien Miette elegirá a uno de nosotros con exclusión de los demás…

Lo interrumpo.

– Digo en seguida que no aceptaré esta situación, aun cuando fuera su beneficiario. Y si cualquiera de ustedes fuera el beneficiario, le negaría la exclusividad.

– ¿Me permites? No he terminado.

– Pero termina, Thomas -digo amablemente-. Te he interrumpido, pero no te impido hablar.

– Muchas gracias.

Sonrío a la redonda sin decir una palabra. Ese procedimiento me resultaba siempre en la época del Círculo, y compruebo que me sigue resultando: mi contradictor es desacreditado por mi paciencia y su propia susceptibilidad.

– Segundo término de la alternativa -dice Thomas, pero se ve que le he cortado un poco su impulso-. Miette se acuesta con todo el mundo y eso es completamente inmoral.

– ¿Inmoral? ¿Y por qué es inmoral?

– Es evidente -dice Thomas.

– No es para nada evidente. No voy a aceptar una idea de cura como una evidencia.

¡Atribuir a Thomas una "idea de cura"! Saboreo al pasar esta pequeña mala jugada. Pero sobre la cuestión en debate, tiene a su vez algo de tan seguro y de tan inseguro, este simpático Thomas.

– No es una idea de cura -dice Thomas con rabia, lo que lo desmerece-. No dirás lo contrario: una chica que se acuesta con todos es una puta.

– Error -digo yo-, Una puta es una chica que se acuesta por plata. Es la plata lo que hace que la cosa sea inmoral, no el número de compañeros. Mujeres que se acuestan con todo el mundo, encontrarás por todos lados. Hasta en Malejac nadie las desprecia.

Silencio. Pasa un ángel. Todos pensamos en la Adelaida. Menos Meyssonnier, de novio desde su más tierna edad, la Adelaida nos ha ayudado a todos a superar nuestra adolescencia. No tenemos para ella más que gratitud. Y estoy completamente seguro que el mismo Meyssonnier, por más virtuoso que sea, debe sentir algunas añoranzas.

Thomas ha debido sentir que me apoyo en la fuerza de los recuerdos comunes, porque se calla. Y sigo, casi seguro ahora de haberme salido con la mía.

– No es una cuestión de moral, sino de adaptación a las circunstancias. En la India, Thomas, tienes una casta en donde cinco hermanos se asocian para casarse con una sola mujer. Los hermanos y la esposa única, forman una familia permanente, que cría a los hijos sin preguntarse de quién son. Hacen eso porque mantener cada uno una mujer estaría muy por encima de sus posibilidades. Pero si tienen ese tipo de organización debido a su extrema pobreza, a nosotros también nos ha sido impuesta, me parece, por la necesidad, siendo Miette, aquí, la única mujer en edad de procrear.

Silencio. Thomas, que se siente derrotado, creo, renuncia a discutir, y los demás no parecen muy dispuestos a hablar. Como de todos modos tienen que pronunciarse, los miro con aire interrogativo y digo:

– ¿Entonces?

– No me gustaría eso -dice Peyssou.

– ¿Qué, eso?

– Tu sistema, el de allá, en la India.

– No es cuestión de que te guste, es una necesidad.

– De todos modos -dice Peyssou- compartir una mujer entre varios, yo digo que no.

Un silencio.

– Pienso como él -dice Colin.

– Yo también -dice Meyssonnier.

– Yo también -dice Thomas con una sonrisa exasperante.

Miro el fuego. Me acaba de ocurrir algo increíble, ¡estoy en minoría! ¡Me han derrotado! Desde el momento que he tomado, si puedo decirlo, la cabeza de la dirección colegiada del Círculo, a los doce años, es la primera vez. Y aunque reconozca que es un sentimiento pueril, me siento muy mortificado. Al mismo tiempo, no quiero aparentarlo, y como si no hubiera pasado nada, retomar la palabra, proseguir, pasar al orden del día. Pero no lo consigo. Tengo la garganta apretada. Mi mente es un blanco total. No solamente estoy derrotado, sino que mi silencio me hace perder prestigio.

El que me salva, y ciertamente sin quererlo, es Thomas.

– Y bueno, ya ves -dice sin ninguna elegancia-. La monogamia gana.

Pero es verdad que hace un rato lo mortifiqué un poco. Se le debe haber quedado entre pecho y espalda lo de la "idea de cura".

La observación de Thomas es recibida con frialdad. Miro a mis compañeros. Están colorados, a disgusto y al menos tan molestos como yo por mi fracaso. Sobre todo, como me dirá más tarde Colin, después de un día en que nos habías ayudado tanto.

Su confusión me reconforta.

– Estoy listo -digo- a considerar la opinión de ustedes como un voto y a aceptarla. Pero tenemos que dejar bien en claro lo que este voto significa. ¿Quiere decir que se va a obligar a Miette a elegir una sola pareja y a conservarla?

– No -dice Meyssonnier-. De ningún modo. No se le obligará a nada. Pero si ella se aviene a un solo marido, no se va a hacer nada para separarla de él.

Bueno. Así estamos en claro. Y clara también, la diferencia estilística. Yo he dicho "pareja" y él ha dicho "marido". Me dan ganas de hacer notar al comunista Meyssonnier que tiene un concepto pequeño-burgués del matrimonio. Estoico, me abstengo. Miro a los otros tres.

– ¿Está bien así? Está bien así. Respetemos el himen. Nada de adulterio, aunque consentido. La moral convencional no ha muerto. A mi entender, ese respetable sistema no puede de ningún modo funcionar en una comunidad de seis hombres a quienes les ha tocado en suerte sólo una mujer. Pero no se puede tener razón contra todos. La posición de mis compañeros me parece bolchevique o insensata: quedar soltero hasta el fin de sus días, mejor que no tener una mujer para sí mismo. Es verdad que cada uno espera sin duda ser el elegido.

Me callo. Me inquieta el porvenir. Tengo miedo de las frustraciones, de los celos, incluso también de las ganas de matar. Y también, por qué no decirlo, siento ahora una aguda mortificación por no haber tomado a Miette en El Estanque cuando tuve la ocasión. No he sido muy bien recompensado por haber controlado mis "pasiones", como decía yo en los tiempos del Círculo.