A la mañana siguiente, a la madrugada, después de una muy mala noche, me despierta la campana del castillete de entrada sonando a vuelo. Es una gran campana de iglesia que compré en un remate y que hice colocar al lado del porche para permitir a los visitantes y a los turistas hacerse abrir. Pero su badajo hace un estrépito que se oye de tan lejos -hasta de La Roque, según me han dicho- que puse al lado de la puerta un timbre eléctrico, inútil hoy.
Me pregunto lo que habrá podido suceder, para que toquen tan fuerte y tanto tiempo. Salto de mi cama, me pongo el pantalón sobre el pijama, mis botas en los pies descalzos, y tomando mi carabina, seguido de Thomas que también se arma, bajo a los saltos por la escalera de caracol hasta la planta baja y, franqueando el puente levadizo, llego corriendo al primer recinto.
Todo el castillo está reunido allí, vestido de cualquier forma, delante de La Maternidad. Nada más que algo muy feliz: la Marquesa del Estanque acaba de dar a luz un ternero en un rincón del box y está en tren de depositar otro en el rincón opuesto. Encargado por su madre de darnos la noticia, Momo, delirante de entusiasmo, no ha encontrado nada más digno de la circunstancia que tocar la campana. Le pego un severo reto. Le recuerdo mis prohibiciones expresas y repetidas. Y dándome vuelta hacia la Falvina, la felicito por los dos terneros de su vaca, que por otra parte son terneras. La Falvina está que revienta de orgullo, más que si las hubiera hecho ella misma, y charlotea sin parar en el box con la Menou, listas inútilmente por supuesto para ayudar, puesto que la segunda ternera ya está ahí, redonda, babosa y enternecedora. Comentarios de Peyssou, Meyssonnier, Colin y Jacquet, dominados por lo estruendosa enumeración que hace Peyssou de todos los casos, raros pero memorables, en que vio, o supo, que una vaca había tenido mellizos. Estamos todos apoyados en el tabique de madera del box, la barbilla sobre el barandal, con Miette entre nosotros.
Está poco cubierta, con los cabellos enredados, tibia aún de sueño. Al verla, mi corazón golpea como un idiota. Bueno. Admiremos mejor las terneras. Son de color caoba, y para nada chicas, como se hubiera podido esperar.
– Que no se hubiera dicho -observa Peyssou- al ver la madre, que iba a parir dos, ya que no estaba más gorda que para uno.
– He conocido vacas que estaban mucho más gorda que ésta -confirma la Menou-. Y ya ves, ésta te hace dos, y dos lindas. Es como para preguntarse dónde se las metía.
– Ya puedes decir que tienes suerte -dice Peyssou a la Falvina (no sé por qué le hacemos honor a la Falvina por una vaca que, en realidad, pertenece ahora a Malevil, a no ser, quizá, porque tenemos empeño en compensarle el recibimiento de la Menou)-. Una vaca que tiene mellizos -sigue Peyssou con una cortés seriedad- me imagino que no tendrás ganas de venderla, Falvina. En cambio, si vendieras tus dos terneras de ocho días alcanzarías hasta los sesenta mil francos. Sin contar con toda la leche que te quedaría después. Vale oro una vaca como ésta. Además de que podría volver otra vez a hacerte dos.
– ¿Y esas terneras, a quién se las venderías, ahora, tonto? -dice Colin.
– Es por decir -agrega Peyssou con aire soñador, los ojos semicerrados. Debe soñar con un establo modelo en un mundo mejor, con usina de ordenamiento eléctrico y nada más que vacas especializadas en la producción de mellizos. Se olvida con eso de mirar a Miette. Es cierto que esta mañana, después de la votación de ayer a la noche, no la miramos más que furtivamente. Cada uno tiene miedo, delante del otro, de parecer adelantar demasiado sus peones.
Cuento: Princesa, Marquesa y las dos recién nacidas, que decidimos llamar Condesa y Baronesa para completar el Gotha. ¡Ah! me olvidaba de Negrita, menos aristocrática, pero en plena lactancia, y sin ternero. He aquí a Malevil en posesión de cinco vacas, un toro adulto y un becerro, Príncipe. Pero también vamos a guardar a éste, porque no podemos correr el riesgo de un macho único. Lado hípico, tenemos tres yeguas, Amaranta, Lindo Amor, su hija Malicia y el padrillo Malabar. No cuento los cerdos, demasiado numerosos ahora como para que podamos criarlos a todos. Cuando pienso en todos esos animales tengo una cálida sensación de seguridad, apenas atemperada por el temor de que los campos no consientan alimentarlos más y a nosotros tampoco. Es curioso como, desaparecido el dinero, las falsas necesidades han desaparecido con él. Como en los tiempos de la Biblia, pensamos en términos de alimento, de tierra, de rebaño y de conservación de la tribu. Miette, por ejemplo. No la miro para nada en la misma forma en que consideraba a Birgitta. Con Birgitta, como si la cosa fuera de suyo, disociaba la sexualidad de su fin, en tanto que a Miette, no la concibo más que fecunda.
Incluso con dos carretas, pusimos cuatro días en vaciar El Estanque. Los habitantes de la ciudad se quejan de sus mudanzas; no se imaginan lo que se puede llegar a acumular de cosas en una granja a lo largo de toda una vida, todas útiles y la mayoría de mucho bulto. Sin contar, por supuesto, los animales, el forraje y el grano.
Por fin, al quinto día se pudo retomar la labranza del pequeño terreno en los Rhunes, ocasión para nosotros de aplicar las nuevas consignas de seguridad. Jacquet aró, mientras uno de nosotros, por turno, montaba la guardia, armado con la carabina en la pequeña colina que domina los Rhunes por el oeste. Si el centinela veía uno o varios individuos sospechosos, la consigna era tirar al aire y no dejarse ver, lo que daría tiempo a Jacquet a que se refugiara en el castillo con el caballo y a nosotros mismos llegar a los lugares de refuerzo con las escopetas -tres, ahora, con la escopeta de Wahrwoorde, cuatro con la carabina.
Era bien poco. Pensé entonces en el arco de Wahrwoorde, que se había revelado como un arma tan peligrosa y tan precisa para un combate de cerca. Birgitta me había enseñado la teoría del tiro, mucho más delicada de lo que se creería a primera vista y, en medio del escepticismo general, comenzaba a ejercitarme en el camino que llevaba al primer recinto. Con un poco de asiduidad, obtuve resultados satisfactorios y poco a poco aumentaba mi distancia. A cuarenta metros, conseguí colocar, en mis días buenos, una flecha sobre tres en el blanco. No era Guillermo Tell, ni tampoco el Wahrwoorde, pero en el fondo era quizá mejor que lo que a la misma distancia podía hacer una escopeta que, a partir de los cincuenta metros, dispersa enormemente sus plomos. Estaba asombrado, también, de la fuerza de penetración de la flecha, que se incrustaba tan bien en el grueso blanco trenzado que a veces me hacían falta las dos manos para retirarla.
Ante estos resultados, el espíritu de competencia se despertó entre mis compañeros y el entrenamiento con el arco se convirtió en nuestro pasatiempo favorito. Muy pronto fui alcanzado y hasta superado por el pequeño Colin quien, a sesenta metros, metía sus tres flechas con regularidad en el blanco y comenzó incluso, poco a poco, a acercarlas al centro.
De nosotros cinco, de nosotros seis contando a Jacquet, a quien todavía no le era permitido tirar, Colin era con mucho el más pequeño y el menos robusto. Estábamos tan acostumbrados a su pequeñez que nos parecía como perteneciente a su esencia y lo llamábamos el pequeño Colin, incluso delante de él. No pensábamos que pudiera ofenderse, ya que nunca había protestado por esa denominación. Y ahí, de golpe, al ver la inmensa alegría que le dio su superioridad sobre nosotros, con el arco en la mano, me di cuenta que siempre había sufrido por su frágil estatura. Hasta el arco mismo era más grande que él. Pero cuando lo tomaba en mano, lo que le sucedía con frecuencia, porque comenzó a ejercitarse más que ninguno de nosotros, era un rey. A mediodía, después del almuerzo, lo veía sentado bajo una de los dos ajimecas de la sala grande, tragándose el pequeño manual de tiro al blanco que Birgitta me había comprado y que yo no había abierto nunca. Total, nuestro pequeño Colin se convirtió en nuestro gran arquero. Así lo empecé a llamar, notando de qué manera la palabra "gran", aun en el sentido figurado, le causaba placer. Convenció a Meyssonnier de que con su colaboración pusiera manos a la obra para hacer otros tres arcos. Según él, todos tenían que tener el suyo, y se pudieron escuchar sus lamentos por no tener su pequeña forja de La Roque (se ocupaba al mismo tiempo de cerrajería y plomería) para fabricarnos las puntas de las flechas. Yo alentaba todas esas iniciativas., porque pensaba que cuando más adelante ya no tuviéramos cartuchos, ni con qué fabricarlos, nuestras escopetas no nos servirían para nada, en un mundo donde la violencia, con toda probabilidad, no desaparecería por falta de armas de fuego.