Выбрать главу

Le cedo con cortesía el sillón de mi escritorio, pero es una cortesía interesada, porque sentado en el canapé le doy la espalda a la luz y le oculto mi cara.

– Gracias por la camisa, Emanuel -dice con dignidad.

Termina de abotonar su cuello y de anudar su corbata de tejido gris y mientras, me mira con cara seria corrigiendo su seriedad con una sonrisa dulce. Es muy inteligente, Fulbert. Hasta sutil. Debe darse cuenta que hay algo que no anda, que sus planes están amenazados, que yo represento un peligro para éclass="underline" su mirada es como una larga antena que se pasea con circunspección por todo el contorno de mi persona.

– ¿Me permites que te haga algunas preguntas? -dice por fin.

– Habla.

– Me dijeron en La Roque que tú eras bastante tibio con respecto a la religión.

– Es verdad. Era bastante tibio.

– Y que llevabas una vida poco edificante.

Atempera su frase con una sonrisita, pero yo no contesto a esa sonrisa.

– ¿Qué entienden en La Roque por una vida poco edificante?

– Poco edificante del lado mujeres.

Reflexiono. No voy a dejar pasar esto. Tampoco quiero ni escándalo ni ruptura. Busco la réplica mínima.

– No ignoras, Fulbert, qué difícil es para un hombre vigoroso, como tú y como yo, pasarse sin mujer.

Diciendo esto, levanto la vista y lo miro. No rechista. Se queda completamente impasible. Demasiado, quizá. Porque en nombre de la "enfermedad que no perdona" y del "pie en la tumba", debería protestar contra el vigor que le atribuyo. Prueba que no es este el aspecto de mi frase el que lo ha afectado.

De golpe, sonríe.

– ¿No te molesta contestar a mis preguntas, Emanuel? No quisiera parecer como queriéndote confesar a pesar tuyo.

De nuevo no contesto a su sonrisa. Digo con una seriedad un poco fría:

– No me molesta.

Prosigue:

– ¿Cuándo te acercaste por última vez a la santa mesa?

– Tenía quince años.

– Se dice que estabas muy influenciado por tu tío protestante.

¡No me va a agarrar sin perro! Rechazo con fuerza la sospecha de herejía.

– Mi tío era protestante. Yo soy católico.

– Sin embargo, te habías vuelto muy tibio.

– Sí, así era.

– ¿No lo eres más?

– Tú debes saberlo.

Lo digo sin amenidad y los bellos ojos bizcos parpadean un poco.

– Emanuel -dice con su voz más profunda- si con eso quieres hacer alusión a tus lecturas, durante la velada, del Antiguo Testamento, tengo que decirte que aun reconociendo la pureza de tus intenciones, no creo que esas lecturas sean muy buenas para tus compañeros.

– Fueron ellos quienes me lo pidieron.

– No lo ignoro -dijo con mal talante.

No digo nada, ni siquiera pido una explicación. Por otra parte, la explicación ya la conozco.

– Tengo la intención -retoma Fulbert- de formar un vicario en La Roque y con tu permiso, nombrarlo en Malevil.

Lo miro fingiendo estupor.

– Pero, vamos, Fulbert. ¿Cómo puedes ordenar a un sacerdote, si no eres obispo?

Baja los ojos con humildad.

– En tiempos normales no, por supuesto, no puedo. Pero las circunstancias no son normales. Y hace falta con todo que la Iglesia continúe. ¿Qué pasaría si yo me muriera mañana? ¿Sin sucesor?

Esto es de una impudicia tal que decido de inmediato reaccionar. Le sonrío.

– Por supuesto -digo siempre sonriendo-. Por supuesto. Comprendo muy bien que en la hora actual no es cuestión de ir a seguir los cursos en el Seminario Mayor de Cahors, con o sin Serrurier.

Ahí, se traiciona. Aunque su cara sigue inmóvil, sus ojos, durante medio segundo han fulgurado. Bastante terrorífico, Fulbert. Porque en esa breve mirada he sentido una violencia y un odio apenas contenidos. He sentido también que no era cobarde. Y que un desafío más desembozado lo encontraría listo a la respuesta.

– No ignoras -prosigue con una calma perfecta- que en la Iglesia primitiva los obispos eran elegidos por la asamblea de los fieles. Con la autoridad de ese precedente, podría pues muy bien presentar mi candidato a los sufragios de los fieles de La Roque.

– De Malevil -digo con tono seco-. De Malevil, puesto que tendría que oficiar en Malevil.

No hace caso de mi interrupción. Prefiere volver a un terreno más sólido.

– Noto -prosigue con tono serio- que no has venido a confesarte. ¿Acaso eres hostil, por principio, a la confesión?

¡La trampa de la herejía, de nuevo!

– Pero de ningún modo -digo con énfasis-. Más bien es porque personalmente la confesión no me ayuda.

– ¿No te ayuda? -exclama con un aire de escándalo admirablemente representado.

– No.

Como sigo callado, sigue con tono más suave:

– Explícate, por favor.

– Y bueno, aun cuando me sean absueltos mis pecados, continúo reprochándomelos.

Por otra parte, es verdad. Es verdad que tengo ese tipo de conciencia desgraciada que se resiste a los lavados. Todavía recuerdo el hecho preciso, hace quince años, que me hizo palpar la inutilidad, en lo que a mí concierne, de la confesión. Una acción muy cruel, aunque infantil, de la que el remordimiento persiste, apenas atenuado, veinte años más tarde.

Mientras pienso así, oigo a Fulbert recitar frases de su profesión. Las recita, me parece, con mucho ardor. Cuando un laico se pone a imitar a los sacerdotes es más sacerdote que todos los sacerdotes del mundo.

Fulbert ha debido darse cuenta de que no lo escuchaba más que a medias, porque se interrumpe abruptamente.

– Total -dice- no te quieres confesar.

– No.

– En ese caso, no sé si podré admitirte a comulgar como lo deseas.

– ¿Por qué?

– No ignoras -dice con un pequeño latigazo en su voz dulce- que hay que estar en estado de gracia para recibir la comunión.

– Ah, vamos -digo- me parece que ahí, exageras un poco. No pocos sacerdotes en Francia, antes del día del acontecimiento, vinculaban ya la comunión con la confesión.

– ¡Y estaban en un error! -dice Fulbert con tono cortante.

Sus labios se fruncen, sus ojos relampaguean. Estoy impresionado. Este impostor es también, cosa extraña, un fanático. Un integrista de estilo fascistoide.

Interpreta mal mi silencio y sigue empujando el carro.

– No me pidas lo imposible, Emanuel. ¿Cómo podría darte la comunión, si no estás en estado de gracia?

– Y bueno, en ese caso -digo mirándolo en los ojos- vamos a pedir a Dios que tenga a bien ponernos en él. A mí, después de todos estos años en que he vivido alejado de los sacramentos y a ti, después de la noche que acabas de pasar en Malevil.

Es el golpe más fuerte que le puedo dar sin llegar a una abierta ruptura. Pero Fulbert debe tener un colosal aplomo, porque no rechista, no dice nada. Hasta parece que no hubiera entendido. En un sentido, ese silencio lo acusa, porque debería, si quisiera aparecer inocente, pedirme explicaciones sobre lo que quiero significar con su "noche en Malevil".

– Rezaremos, Emanuel -dice al cabo de un momento con voz profunda-. Siempre tenemos necesidad de rezar. Y yo rezaré muy especialmente para que aceptes recibir en Malevil al padre que voy a enviarte.

– Eso no depende únicamente de mí -digo con vivacidad-, sino de todos nosotros. Las decisiones son tomadas por mayoría de votos, y cuando estoy en minoría, lo acepto.

– Lo sé, lo sé -dice poniéndose de pie. Y mirando su reloj, agrega:- es tiempo de que piense en mi misa.

Me levanto también y le informo de la contrapartida que pedimos para dar una vaca a La Roque. Cuando menciono las escopetas, lanza una ojeada a la panoplia de armas que Meyssonnier ha instalado en mi pieza, parece asombrado de encontrarla vacía, pero no dice nada. En cambio, pone mala cara cuando le hablo de los caballos.