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Al día siguiente se decide sacrificar a Príncipe, el becerro. En Malevil tenemos ya a Hércules, el toro del Estanque. En La Roque igualmente tienen un toro. Conservar a Príncipe ya no tiene ningún sentido, y puesto que vamos a dar a la Negrita a La Roque, y que por otra parte Marquesa alimenta a sus mellizas, nos hace falta la leche de Princesa.

El "sacrificio" -tal es el término hipócrita que se emplea en las revistas especializadas para el asesinato de un animal- fue algo horroroso. Porque desde el momento en que le sacamos a Príncipe, Princesa se puso a mugir como para arrancarnos el corazón. Miette, que había acariciado a Príncipe hasta el último minuto, se sentó en las baldosas y lloró a lágrima viva. Lo que por lo menos tuvo un efecto feliz, porque este género de "sacrificio", hasta entonces, excitaba a Momo al más alto grado y le hacía pegar unos gritos salvajes durante todo el tiempo que duraba la vergonzosa operación. Al ver a Miette bañada en llanto, Momo se calló, trató de consolarla y al no conseguirlo se sentó a su lado y se puso a llorar con ella.

Príncipe tenía ya más de dos meses y cuando Jacquet lo hubo despedazado, se decidió darle la mitad a las gentes de La Roque y pedirles en cambio azúcar y jabón. También se llevaron dos hogazas y manteca, pero a título de regalos. Y también dos perforadoras para sacar los troncos de los árboles que, el día del acontecimiento, habían debido caer al través del camino.

Salimos al alba, el miércoles, en la carreta tirada por Malabar, yo, con el corazón apretado por quitar Malevil, aunque fuera por un día. Colin contento de volver a ver su negocio, Thomas contento de cambiar de panorama. Los tres armados, con la escopeta en bandolera.

Los del Estanque rebosan de alegría de volver a ver a Cati y a su tío Marcel. Miette, con los cabellos lavados el día anterior, y vestida con un vestidito floreado por el que la felicitamos todos (grandes gestos para agradecernos). Jacquet, afeitado y peinado.

Y la Falvina trémula de júbilo, porque al placer de volver a ver a su hermano se agrega el de escapar por algunas horas a las tareas domésticas y a la tiranía de la Menou.

Esa felicidad es demasiado grande para ella: apenas hemos dejado Malevil que ya se puso, como dice Colin, a hablar a mares. Comprendemos el origen de su euforia y nadie tiene alma como para retarla. Preferimos, al encontrar el primer árbol, bajar los cuatro de la carreta, seguidos por Miette, y no volver a subir a ella, salvo en las bajadas, dejando que Jacquet soporte solo su verborragia. De todos modos, no es cuestión de ir al trote. La Negrita está atada detrás de la carreta y sigue como puede. Necesitamos más de tres horas para franquear los quince kilómetros que nos separan de La Roque. Durante todo ese tiempo, Falvina sin que nadie la escuche, no para. Una o dos veces escucho para comprender el mecanismo del flujo. No tiene nada de misterioso: una cosa trae la otra, por un simple juego de asociación de ideas. La conversación de Falvina se devana como un rosario. O mejor dicho, como un papel higiénico. Se tira de un extremo y se larga el rollo.

Llegamos delante de la puerta sur de La Roque a las ocho.

Y nos encontramos con el pequeño batiente recortado en la puerta. No tengo más que empujarlo para penetrar en el interior, correr los cerrojos y abrir los dos batientes. Estoy en la plaza, y nadie en la proximidad. Llamo. Nadie responde. Es cierto que la puerta da a la parte baja de la ciudad y dado que ésta está quemada y en ruinas, no tiene nada de extraño que no esté habitada. Pero que la puerta no esté vigilada ni incluso cerrada, es algo que dice mucho sobre la inconsciencia de Fulbert.

La Roque es un pequeño burgo encaramado, adosado a un acantilado, completamente cerrado por murallas en su parte baja y coronado en su cima por un castillo. Hay una buena docena de burgos de ese estilo en Francia, antes muy gustados por los turistas; pero La Roque es uno de los más homogéneos, porque todas las casas son antiguas, ninguna ha sido estropeada, y las murallas son continuas, con dos lindas puertas flanqueadas de torres redondas, una al sur -la que acabamos de cruzar- y la otra al oeste, abriendo sobre la carretera secundaria que lleva a la capital del departamento.

Cuando se entra por la puerta sur, se presenta ante uno un dédalo de estrechas callecitas, luego se desemboca sobre la calle mayor. Es apenas más ancha que las otras, pero la llaman así en razón de los negocios que la flanquean. Esta calle mayor tiene otro nombre: el atajo.

Sus negocios son muy lindos porque cuando sonó la hora de la modernización, Monumentos Públicos prohibió que se tocara a los medios puntos de las aberturas. El resto es de aparentes piedras doradas con unas junturas muy discretas, los techos de piedras chatas, y las partes reconstruidas lo han sido en tejas de pizarra nuevas, claras y cálidas, zigzagueando en medio de las manchas gris-negro de las tejas de pizarra antiguas. Las grandes baldosas desparejas tienen como las casas cuatrocientos años y están magníficamente pulidas por los hombres que han visto pasar.

Esta calle mayor sube de manera muy empinada hasta el portal del castillo, exornado, monumental, pero sin castillete de entrada, sin matacanes, sin troneras, porque esas "defensas" en la época tardía en que fue construido habían pasado de moda. Incluso la puerta fue pintada de verde oscuro por los Lormiaux, lo que a primera vista llama la atención porque todos los postigos en La Roque están pintados de rojo oscuro como lo exige la tradición. También el castillo es de muros corridos contra los cuales se apoyan en colgadizo casas que tienen su misma edad, y es enteramente del siglo XVI, habiendo sido reconstruido sobre el emplazamiento de una fortaleza que se incendió. Delante de él, se extiende una pequeña explanada de cincuenta metros por treinta de donde se goza de una extensa vista -con tiempo claro, se ve hasta Malevil- y donde los Lormiaux han hecho acarrear enormes cantidades de mantillo para dotarse de un cuadro de césped inglés. Y detrás del castillo, el acantilado que lo domina y lo protege.

Al salir de las callecitas macadamizadas, los cascos de Malabar y las ruedas de la carreta hacen un lindo estruendo sobre las baldosas gibadas del atajo. Las cabezas comienzan a aparecer en las ventanas. Le digo a Jacquet que se detenga delante de Lanouaille, el carnicero, para descargar la mitad del ternero. Y apenas nos detenemos, la gente ya está en el umbral de sus puertas.

Los encuentro enflaquecidos, y sobre todo bastante molestos. Me esperaba una recepción exuberante. Y aunque los ojos se ponen a brillar cuando Jacquet carga sobre su espalda la mitad de Príncipe y la suspende, ayudado por Lanouaille, en un gancho, este brillo se apaga pronto. El mismo fenómeno se repite cuando exhibo las dos hogazas y la manteca y se lo doy a Lanouaille que lo recibe, me doy cuenta, con una cierta vacilación y con aire un poco asustado, mientras que los larroqueses, en círculo alrededor de nosotros, miran el pan con miradas intensas, cargadas de tristeza.

– ¿Nos das todo esto para nosotros? -me dice Marcel Falvine con tono abrupto y casi violento, desprendiéndose del abrazo de su hermana y de su sobrina nieta y adelantándose hacia mí, con su delantal de cuero bamboleándose a cada paso.

Estoy asombrado por la agresividad de su tono, y lo miro. Lo conozco desde hace mucho, pero la mayoría de las veces lo he visto en su negocio, con la horma entre sus rodillas, en tren de remendar zapatos. Es un hombre de unos sesenta años, casi calvo, con ojos muy negros, una gran nariz que ostenta una verruga sobre la narina izquierda. Pero lo que más me choca, es el contraste entre sus piernas, cortas y torcidas, y sus hercúleas espaldas.