Nueva presión sobre mi bíceps. Hago un discreto movimiento para liberarlo del apretón de esta vikinga, pero sin siquiera darse cuenta, lo juraría, afianza sus falanges sobre mi músculo.
– Lo que me ha permitido sobrevivir -retoma ella- y tomar conocimiento de una muy extraña dictadura teocrática.
Por fin, al menos, que no se deja aterrorizar por los oídos de Fabrelâtre. Sin embargo, por ahí se arrastran esos pesados cernícalos, a menos de cinco metros de nosotros, pero nuestra vikinga no les acuerda ni una mirada.
– Observe -prosigue con voz fuerte e impostada- que soy católica (tercera presión sobre mi brazo). Pero como un eclesiástico de esta índole, a la verdad, no he visto con frecuencia. ¿Y qué decir de la pasividad de nuestros conciudadanos? ¡Lo aceptan todo! ¡Es como para creer que les han retirado sus atributos viriles!
De esos atributos en cambio, ella debe haber recibido su parte, a pesar de su sexo. Porque ahí está, bien plantada dentro de sus pantalones, la mandíbula cuadrada emergiendo de su pulóver de cuello alto, con sus ojos azules relampagueantes. Y desafía el poder en voz alta en plena calle principal de La Roque.
– Menos uno -dice-: Marcel. ¡Ese sí que es un hombre!
¿Le palpará también los bíceps a Marcel? Podría hacerlo. Tendría con qué. Marcel, con más de sesenta años es todo músculos, y hay algunas mujeres (no solamente solteras) a quienes todavía les gusta frotarse a ellos.
– Señor Comte -prosigue con su voz de tribuno- le digo bravo. Bravo por la inmediata distribución de los víveres (presión sobre el brazo), única posibilidad para nosotros de tener nuestra parte. Y bravo también por haberse opuesto al SS local (nueva presión). No estaba levantada, si no fuera por eso lo hubiera apoyado.
Se inclina de golpe hacia mí. Digo se inclina porque me da la impresión de sobrepasarme en estatura unos 3 o 4 centímetros y me dice al oído:
– Si algún día usted intenta algo contra este triste señor, yo lo ayudaré, señor Comte.
Me ha dicho: yo lo ayudaré, en voz baja, pero con mucha energía.
Se levanta y dándose cuenta que Fabrelâtre está casi detrás de ella, suelta mi brazo, se da vuelta bruscamente y lo empuja con el hombro, lo que hace tambalear a ese gran cirio.
– ¡Aire! ¡Aire! -dice Judith con su vozarrón y un amplio movimiento de brazos-. ¡Diablos! ¡Hay espacio en La Roque!
– Disculpe, señora -dice Fabrelâtre débilmente.
Ella ni lo mira. Me tiende su ancha mano, se la estrecho y me voy, con el bíceps dolorido. Estoy contento de haber descubierto esa aliada.
Bajo hasta la carreta. La carga se ha hecho muy rápido y llega a su fin. Cra, que había ido a picotear las migas hasta bajo los pies de Lanouaille, se pasea con un aire doctoral sobre la amplia espalda de Malabar. Cuando me acerco, lanza un graznido amable, viene a posarse sobre mi hombro y me hace arrumacos. Thomas, rojo y tenso, con ojos inquietos, mira continuamente del lado de la zapatería, me lleva aparte y me dice:
– Qué pasa, ¿por qué Cati nos ha dejado?
Yo admiro al pasar ese "nos".
– Evelina tiene un ataque de asma y Cati se queda a su lado.
– ¿Es absolutamente necesario?
– ¡Desde luego que es necesario! -dije con tono molesto-. ¡Es muy doloroso un ataque de asma! Uno necesita ser reconfortado.
Baja los ojos confuso, luego levantándolos de golpe, parece tomar impulso y me dice con una voz sin timbre:
– Dime, ¿verías algún inconveniente en que Cati venga a vivir a Malevil con su hermana y su abuela?
Lo miro. El "con su hermana y su abuela", a mi entender, es aún más lindo que el "nos".
– Yo vería un muy gran inconveniente -digo con gravedad.
– ¿Cuál?
– Sucede que Fulbert prohíbe toda emigración de La Roque y se opondría seguramente a su partida. Habría que raptarla.
– ¿Y entonces? -dice con voz vibrante.
– ¿Cómo, y entonces? ¿Quieres arriesgar una ruptura con Fulbert por una chica?
– Quizá no sea necesario llegar a eso.
– ¡Oh sí! Fulbert, figúrate, se pirra por esta chica. Le ha pedido que vaya a servirlo al castillo.
Thomas palideció.
– Razón de más.
– ¿Razón de más por qué?
– Para sustraerla de ese individuo.
– Pero vamos a ver, Thomas, eres extraordinario, no has pedido la opinión de la Cati. Puede ser que le guste el Fulbert.
– Seguro que no.
– Y después -dije- a Cati, en el fondo, no la conocemos. No hace una hora que la hemos encontrado.
– Es muy bien.
– ¿Quieres decir moralmente?
– Sí, desde luego.
– ¡Ah! si esa es tu opinión, cambia todo. De una manera general, tengo confianza en tu objetividad.
Subrayo con la voz: objetividad. Trabajo de más. Ya en tiempos normales, Thomas es impermeable al sentido del humor. Con más razón ahora.
– ¿Entonces, es sí? -dice con ansiedad-. ¿La llevamos?
Yo lo miro, esta vez, muy seriamente.
– Me vas a prometer una cosa, Thomas. No tomar ninguna iniciativa en este asunto.
Vacila, pero algo en mi tono y mis ojos lo hace reflexionar, porque dice:
– Te lo prometo.
Doy vuelta la espalda, hago volar a Cra que me resulta muy pesado en el hombro y remonto la calle principal. En el fondo, el gran portal verde oscuro acaba de abrirse y las conversaciones, de golpe, se paran. El primero en franquear el umbral es Armand, trompudo y callado. Después viene alguien bien especial, a quien no conozco, pero que de acuerdo con la descripción de Marcelo imagino que es Gazel. Y por último aparece Fulbert.
Es un buen comediante. No se contenta con aparecer. Hace su entrada. Dejando a Gazel el cuidado de cerrar la puerta detrás de él, se inmoviliza, paseando la mirada sobre la multitud con aire paternal. Viste el mismo completo antracita, la camisa que yo le he "cedido", corbata tejida gris, y lleva al pecho su cruz pectoral, de la cual sostiene la extremidad entre el pulgar y el índice de la mano izquierda, como para extraer de ella su inspiración. El sol hace brillar su casco de cabellos negros y marca su máscara ascética iluminada por sus bellos ojos bizcos. No saca pecho, Fulbert al contrario, deja su cuerpo un poco como detrás de su cabeza, para marcar bien el poco caso que hace de sí mismo. Los ojos fijos sobre los larroqueses, tiene un aire benigno, paciente, listo para el martirio.
En cuanto me ve, yendo hacia él, y abriéndome paso ante la pequeña multitud, sale de su inmovilidad y se adelanta hacia mí, con las manos tendidas al extremo de sus brazos con un aire alegre y fraternal.
– Bienvenido a La Roque, Emanuel -me dice con su bella voz grave tomando mi mano en su diestra y apoyando encima por añadidura su mano izquierda como para aprisionar un tesoro-. ¡Qué alegría de verte! Desde luego, no hay ningún problema -continúa dejando con pena mis falanges-. Ya que Colin no es larroqués, no hay ni qué decir que los decretos de La Roque no se aplican a él. Puede, entonces, mudar su negocio.
Esto lo dijo muy rápido y con un tono negligente, como si el problema no se hubiera presentado nunca.
– Aquí está la vaca -empalma con un tono maravillado dándose vuelta hacia ella y levantando el brazo como si la fuese a bendecir-. ¿No es acaso un milagro que el buen Dios haya creado un animal que, a partir del heno y del pasto, pueda hacer leche? ¿Cómo se llama?
– La Negrita.
– La Negrita nos dará sin embargo leche blanca -prosiguió con una risita eclesiástica, que sólo Fabrelâtre y Gazel contestaron-. Pero veo también a tus amigos, Emanuel. Buen día, Colin. Buen día, Thomas. Buen día, Jacquet, -dijo con bondad pero sin adelantarse ni estrecharles la mano, mostrando así que pone cierta distancia entre el maestro y sus compañeros. Para Miette y Falvina se conforma con un movimiento de cabeza-. Sé también, Emanuel, que nos has hecho hermosos regalos -dijo, dirigiendo hacia mí sus ojos húmedos de bondad-. ¡Pan, carne, manteca!