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– Pero por supuesto. Si hay cenizas radiactivas en la estratosfera, la lluvia va a arrastrarlas. Y eso sería una catástrofe, imagínate. El agua de nuestra toma de agua se contaminaría, el trigo que has sembrado también, y nosotros mismos si nos exponemos a la lluvia. El resultado, es la muerte, dentro de algunos meses, o algunos años. La muerte a pedacitos.

Lo miro, los labios secos. No me había dado cuenta de eso. Como todos en Malevil, deseaba la lluvia para que hiciera renacer la tierra. No pensé que podía, al contrario, dos meses más tarde, terminar la obra de la bomba.

Esta muerte lenta de retardo es abominable. En este instante, estoy transido de miedo. No creo en el diablo, pero si creyera, ¿cómo no pensar que el hombre es satánico?

– Tendríamos que reunimos todos -sigue Thomas con fiebre-. Y sobre todo, recomendar a la gente que no salga cuando empiece a llover.

– ¡Pero ya están reunidos en la sala grande para la misa!

– ¡Y bueno, vamos, rápido, antes de que empiece!

No es momento para la ironía y es apenas que me roza la idea de que, después de todo, Thomas va a asistir a la misa. Sale, lo oigo y en la escalera del primer piso, me doy cuenta que me he olvidado de Peyssou en la pieza al lado de la mía, con las escopetas. Subo solo a buscarlo, en dos palabras le explico la situación, y bajamos de cuatro en cuatro. En la planta baja, al atravesar el depósito llamo a Meyssonnier, pero no lo veo por ninguna parte, Thomas ha debido ya prevenirlo y llevárselo. Atravesamos el patio a todo lo que damos, llegamos a la gran sala, la puerta está abierta, entramos y Peyssou la cierra de un golpe detrás de mí.

Veo del primer vistazo que todo el mundo está ahí, pero en mi enloquecimiento, cuento y recuento, encuentro once personas ¡una de más!, y cuento por segunda vez antes de comprender que el onceno es Fulbert.

Thomas ya les ha avisado. Me miran, pálidos, sin una palabra. Fulbert está blanco, según lo que puedo distinguir de sus rasgos, porque está de espaldas a los dos ajimeces, nuestras sillas haciéndole frente, en dos filas, del otro lado de la mesa conventual. No sé quién tuvo la idea de encuadrar su pequeño altar portátil con dos enormes velones sacados de los apliques de la bodega, pero es más bien una buena idea, porque afuera oscurece de minuto en minuto y no deja pasar más que una luz macilenta de fin del mundo.

Hay una silla libre en la primera fila, al lado de Miette, pero justo en el momento en que la voy a tomar veo que a mi derecha tendré a Momo como vecino y el acostumbrado reflejo actúa, aun en la loca inquietud en que me encuentro. Cambio de rumbo en mi camino para colocarme en la segunda fila, al lado de Meyssonnier. Peyssou, que ha entrado detrás de mí, toma la silla que acabo de evitar.

Jamás misa alguna, creo, no habrá sido menos escuchada, a pesar de la bella voz de Fulbert y el responsorio de Jacquet, que le oficia de acólito. Porque todos tenemos los ojos fijos, no en el oficiante, sino en las ventanas detrás de él, con una mezcla de esperanza y de ansiedad. Y de golpe, el sudor chorrea por mi espalda, ¿y los animales? Nosotros por lo menos siempre tendremos vino. ¿Pero los animales? ¿Qué beberán si la toma de agua está contaminada? ¿En cuanto a la tierra, si es penetrada de cenizas radiactivas arrastradas a su superficie y en profundidad por la lluvia, quién puede decir cuándo se detendrá el progreso del veneno en la cosecha? Estoy asombrado de que Thomas no me haya comentado nunca sus temores. ¡En qué engañosa seguridad su silencio nos ha hecho vivir después del día J! Yo me decía que la única catástrofe natural que podría amenazarnos ahora, sería una interminable sequía que agotaría los ríos y pulverizaría la gleba. Pero nunca me había imaginado que la lluvia que habíamos esperado todos los días, día tras día, podría acarrearnos la muerte.

Miro a Meyssonnier porque acaba de dar vuelta la cabeza de mi lado, y lo que leo en sus ojos no es tanto angustia como una inmensa estupefacción. ¡Ah, lo comprendo muy bien! Para nosotros, campesinos, aunque a veces hemos llegado a protestar contra el mal tiempo, en ocasión por ejemplo de un mes de junio podrido que estropea los pastos, sabemos muy bien que la lluvia es una amiga, que nos hace vivir y que sin ella no tendríamos ni cosechas, ni frutos, ni prados, ni fuentes. Y ahora, tenemos que concebir lo inconcebible: que la lluvia puede matar a aquellos que alimenta.

Los ojos de Meyssonnier vuelven a la ventana, los míos también. No hubiera parecido posible, pero está aún más oscuro. La colina, del otro lado de los Rhunes, pelada, negra, con tres tocones de árbol que se elevan en la cumbre, parece un Gólgota cubierto por la oscuridad. Una luz macilenta, a ras de suelo, ilumina por detrás sus contornos, separados del cielo negro por una línea blanquecina. La misma colina es de un gris antracita, pero por encima el amontonamiento de las nubes es de color tinta, con unas estelas menos oscuras aquí y allá. El espectáculo cambia por momentos, cargado de amenazas. Estoy como hipnotizado por él. Cosa extraña, no rezo, no escucho a Fulbert, y sin embargo se establece en mi espíritu una especie de vínculo entre lo que miro y el canto de sus palabras. En ese instante, me olvido de que es Fulbert, su impostura y sus astucias, lo único que cuenta es su voz. A su misa, aunque no la escuche, ese falso sacerdote la dice muy bien, con seriedad, con emoción. No la escucho, pero sé lo que ella cuenta, la angustia de hace dos mil años, la misma que estamos ahora viviendo nosotros, con los ojos fijos en las ventanas.

De tal modo las nubes están negras y bajas, que estoy seguro ahora que la lluvia va a estallar. Los minutos que la preceden son interminables. ¡Se toma su tiempo! Y me convierte en tal tortura esperar que casi deseo que la lluvia ya esté allí, que termine con nosotros y que el contador de Thomas nos anuncie nuestra condena a muerte. Le echo un vistazo a Meyssonnier sentado a mi lado, veo su manzana de Adán subir en su delgado cuello. Está tragando saliva. Como su silla está un poco más atrás con respecto a la mía, distingo a Thomas de perfil, que separa con trabajo sus labios pegados uno contra el otro, y los humedece con la lengua. Estoy seguro que no soy el único que siente el sudor mojar mis costados y la palma de mis manos. Todos estamos en eso. Si tuviera el olfato fino sentiría ese olor de traspiración y de miedo que emana de esos once cuerpos inmóviles.

Sigo teniendo en el oído la misa de Fulbert, el sonido, no las palabras, porque ni siquiera trato de pescarlas. Pero discierno ahora en la bella voz grave de nuestro huésped una fisura, un temblor. Y bueno, tenemos pues algo en común, Fulbert y yo. Tengo ganas de decírselo. Que todas esas tensiones y esos odios ya no sirven para nada, que la lluvia que llega va a reconciliarnos, sabemos muy bien cómo.

Sin embargo, cuando estalla, esa que nosotros esperamos, es como una descarga eléctrica, nos sobresaltamos y el silencio que le sigue se hace más profundo. La voz de Fulbert pierde algo de su suavidad, es ronca y cascada, pero sin embargo persiste. A Fulbert no le falta ni coraje, ni tampoco, me parece a mí, fe. Más tarde, me va a rozar la idea de que su impostura nace, quizá, de una vocación frustrada. Pero por el momento, mi cabeza está vacía, escucho. La lluvia golpea con tal furor contra los vidrios, con un crepitar tan furioso y tan fuerte que por momentos cubre la voz de Fulbert y con todo, por más tenue que ahora me parezca., no la pierdo del todo, me agarro a ella, es un hilo que aferró en la oscuridad. Porque está oscuro, más oscuro que nunca, aunque las dos ventanas estén blancas de lluvia. La gran sala no está iluminada más que por los dos velones cuyas llamas tiemblan también con el viento que pasa por debajo de las puertas y las ventanas. La sombra de Fulbert parece inmensa sobre la pared. Un poco de luz brilla en las hojas de las espadas y de las alabardas que la guarnecen, todo es lúgubre y tengo la impresión de que estamos escondidos, los once, en una catacumba, huyendo de la muerte de encima y de alrededor de nosotros.

Hay una calma momentánea en la lluvia, luego un primer relámpago ilumina las dos ventanas, la tormenta rueda al este detrás de la colina que tenemos en frente. Conozco muy bien las tempestades de nuestro rincón, son terroríficas. Desde mi infancia las temo. Aprendí, al crecer, no a vencer sino a disimular el miedo que me inspiran. Hoy, ese miedo agrega al otro su conmoción física, apenas puedo reprimir el temblor de las manos mientras miro los zigzags del rayo iluminar los tres tocones de árboles en la cumbre de la colina y espero el estruendo que va a seguir. Al mismo tiempo, el viento empieza a soplar como un demente. Es el viento del este. Lo reconozco en el aullido que da al engolfarse en la bóveda a medias destruida en donde quería hacer mi escritorio y en la manera cómo sacude interminablemente puertas y ventanas y silva en las cavidades del acantilado. La lluvia redobla con rabia y el viento la tira como en millares de lanzas contra los vidrios. Da la impresión de que va a reventarlos de un momento a otro. Fulbert, que los tiene detrás de él, debe de tener la misma sensación, porque lo veo meter el cuello entre los hombros y tender la espalda como si el huracán fuera a abatirse sobre él. Con todo, entre dos aullidos inhumanos, oigo siempre su voz.

Meto las dos manos en los bolsillos y pongo rígida la nuca. Los relámpagos se suceden con una crueldad metódica. La tormenta no rueda más, estalla. Se diría que Malevil se ha convertido en un blanco que los relámpagos encuadran con una precisa malignidad como tiros de artillería antes de aniquilarlo de un golpe al final. No se ve ya sobre el negro del cielo los zigzags blancos, flechas rotas, rúbricas, sino en las ventanas, con intermitencia, un espejeo helado, deslumbrante, seguido de un golpeteo muy fuerte y muy seco como un obús que estalla. Apenas si el oído puede soportar ese volumen de ruido. Dan ganas de correr, de huir, de esconderse. Entre dos estallidos, en las ínfimas treguas de la tempestad, la voz de Fulbert, tan tenue ahora y tan temblorosa que parece vacilar como las llamas de los velones, es mi único punto de contacto. Oigo también un gemido sordo, y me cuesta un momento entender inclinándome hacia adelante que es Momo el que gime así, con su enorme cabeza hirsuta apoyada sobre el frágil pecho de la Menou y protegido por los dos brazos esqueléticos de su madre.